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jueves, 12 de diciembre de 2013

Las toallitas y yo: Volver a lo natural, un medio y un destino a la vez.

Cuando un cambio que parece pequeño, despierta muchas consciencias en simultáneo, contagiándose de otras y contagiando a muchas más.

por Flora Mitocondria
@FlorMito

Para recorrer el camino que nos acerca a una visión consciente de nuestra menstruación, existen –no azarosamente– numerosas alternativas.
El primer paso, importantísimo en mi recorrido, fue el hacerme cargo de mis cambios hormonales, ‘cortándole’ ese poder que antes supo estar en manos de los laboratorios. El cambio fue explosivo, en muchos de los sentidos posibles. Incluso los momentos más duros, de dolor físico y emocional, fueron productivos y positivos: mi cuerpo se estaba limpiando y sanando a sí mismo. Yo me estaba responsabilizando y concientizando en su limpieza y sanación. También empezaba a deducir que esa tarea estaba recién comenzando. Lejos de abrumarme, eso me entusiasmaba.
No pasó demasiado tiempo hasta que conocí las toallitas de tela, aunque el concepto no era tan extraño para mí. Habiendo sido un bebé en plena hiperinflación, en una época en la que todavía no llegaban a su auge los descartables; debo haber sido de las últimas generaciones de miles de bebés usuarios de combo tela-bombacha de goma. Aquel recuerdo volvía aún más natural y lógico el cambio en que estaba deviniendo.

Investigando las opciones accesibles en el punto del mundo donde estoy, una bocanada de información fresca me recibió. Después de varias semanas de averiguaciones, con mucha ilusión –tanta que mi menstruación se demoró un poco, como esperándolas- y en forma de autoregalo, me acerqué a una dietética de la ciudad y conseguí mis primeras toallas. La primera impresión fue más que grata y renovadora. Más allá de ser un producto, la dedicación y compromiso puesto en las toallas se veía a las claras. También el tono más amigable y de contención se transmitían, a diferencia de los packs descartables que asocian lo natural con lo “indeseado”, dándo una razón a la artificialidad de su producción, al mismo tiempo que se esconden los efectos adversos que estos tienen en el cuerpo de las usuarias. Acá me hablaban de un reencuentro con la naturaleza, con el hecho de la menstruación como un proceso que siendo natural, no tenía por qué conflictuar al entorno, contaminándolo y contaminando nuestros cuerpos. Estaba emprendiendo un camino y entendiendo el proceso desde una persperctiva más positiva y conciliadora, y que con el tiempo, también eliminaría los rasgos negativos que han sido asociados y que ayudan a la estigmatización y al posicionamiento de la sangre menstruante dentro de la columna de los “tabúes”.
No pretendo hacer propaganda del producto diciendo esto, sino poner atención y dar cuenta del cambio que significan. Es imposible mantener una postura de menstruación consciente sabiendo que cada mujer arroja a la Pachamama 12.000 toallitas descartables, en todo su ciclo fértil que tardarán 400 años en degradarse. Con las toallas de tela, el cambio de panorama es inmediato y se percibe inmediatamente. La secuencia cargada de pudor, vergüenza y en algunos casos, asco hacia la propia sangre; en el momento del cambio y desecho; se transforma en otra cosa:
Se produce un reencuentro con el ciclo y con todo lo que acontece interior y exteriomente en torno a él. La tarea del lavado, del previo remojo para después convidar a las plantas y devolver así, algo de lo que nos dan todo el tiempo; la búsqueda de consejos en pares para los cuidados que exigen las telas, en fin. Se establece un vínculo con las toallas, entendiéndolas como una representación palpable del cambio global que decidí hacer. Ya no se trata de arrojar basura sin mirar atrás, sino de tener en cada ciclo una nueva oportunidad para repasar el modo en que se vive cotidianamente y cómo se puede vivir mejor, compartiendo, devolviendo y considerando a nuestro entorno como lo que es, parte y sustento fundamental de la vida.

Entre las muchas reflexiones producto de este cambio en mi vida, también surgieron cuestionamientos en cuanto a la llegada efectiva que esta alternativa tenía: ¿Por qué no aparecen en televisión publicidades de las toallas o protectores de tela, como una opción al monopolio del descartable?
Aunque la pregunta sea un tanto retórica, tampoco es que se trate de cambiar una industria por otra, ya que los procesos de producción no tienen punto de comparación entre sí. Simplemente, que se visibilice con información fehaciente, una alternativa diferente, para que efectivamente tengamos la posibilidad de elegir entre distintas opciones, no sólo entre “distintas” marcas comerciales.
Investigando aún más, encontré mucha información libre y a disposición de todas. Las mismas personas que producen las toallas de tela, comparten los patrones de confección. Esto es una perspectiva totalmente diferente. Ya no estamos atadas a un producto en particular. Podemos tomar el compromiso y la gratificante tarea de poner manos a la obra y crear nuestras propias herramientas para que respondan como cada una quiera, a cada necesidad y preferencia.
Esta filosofía de compartir los saberes y las “armas” puede ser un punto de partida muy fuerte en el camino de recobrar la unión y el compañerismo entre las mujeres. La idea de unirse en grupos, de pasar la palabra, de elegir colores alegres y tomar la tela entre las manos para comenzar a darle forma, entre todas y con un mismo objetivo. La conformación de un sencillo taller de confección, además puede ser la base sobre la que empiecen a surgir aquellas otras cuestiones que nos atañen como mujeres y como personas en el mundo, la sororidad se hará presente y reforzará cada vez más a esos grupos y a cada mujer individualmente. El compartir ideas y acciones concretas en un espacio común son fundamentales para extender el cambio más allá de nuestras realidades. Partiendo desde ahí, las posibilidades se amplían inimaginablemente.
Comprender y responsabilizarse en una nueva tarea que amplía los modos de vida que cada una lleva o intenta llevar adelante, creyendo en que conforman tratos más saludables y no violentos con la naturaleza y con una misma, que es parte de ese mundo natural.

jueves, 7 de noviembre de 2013

¿De qué hablamos cuando hablamos de feminismo?

por Flora Mitocondria


En el afán de intentar delimitar universos, tal vez sea mejor buscar entre los grises, las respuestas a nuestras propias preguntas.


En un primer intento, quise arrojar algo de luz hacia la cuestión del feminismo en cuanto movimiento. Mientras escribo, siguen surgiendo más y más preguntas que temo, continuarán resonando al finalizar este artículo y tal vez, también en quién lo lea.
Buscando una direccionalidad de la cuestión, un punto por el que partir y tal vez encontrar una mínima respuesta; visité al diccionario. El Diccionario Ilustrado de la Lengua indica a  la voz feminismo como “Doctrina social que concede a la mujer igual capacidad y los mismos derechos que a los hombres.” Por lo menos reducida me sonó aquella definición e inmediatamente me nació otro interrogante: ¿Quién escribe éste y todos los diccionarios, que todos tomamos por verdad absoluta y clarificadora porque “mata burros”? Sea quien fuere, está de acuerdo en “conceder” (como quien le tira un hueso de sobra a un perro) que las mujeres podemos y debemos ser tan buenas como los hombres. Esta concepción suena tan retrógrada como aquellos sospechosos estudios de la Segunda Guerra, que aseguraban que las mujeres ahora sí eran emocionalmente estables como para ser obreras fabriles. Así, es como aquello que tan abstractamente llamamos patriarcado se manifestó y manifiesta en las sociedades: Las mujeres, como mucho, aspirarán a ser hombres.
Sacudiéndome la sensación asqueante que me produjo aquel libraco clasificatorio, continúo. A pesar de tener muy en consideración que el término feminismo fue probablemente acuñado primero por las mujeres, tendré que decir que no estoy de acuerdo en la etiqueta. Ni en ésta ni en ninguna. Por supuesto, valoro profundamente toda la teoría feminista y/o de género que ha surgido y surge a lo largo de la historia. También me propongo a conocer más al respecto, a leer, ver y adentrarme más en las diferentes ópticas de mujeres y hombres feministas. Esto me parece muy importante, porque creo que es parte fundamental de la toma de conciencia real, de la situación de las mujeres y hombres que hasta el día de hoy vivimos bajo las normas patriarcales.  Yo misma intento valerme de la intuición a la hora de buscar e investigar qué leer, qué audiovisuales ver, qué informaciones conocer y cómo procesar todo eso para nutrir mi entendimiento personal. Sin embargo, las etiquetas no me placen. La etiqueta feminismo o feminista parece que ayudara más a la división que a una conciencia comunitaria. Y por más de que haya sido  concebido por mujeres, tengo una fuerte sospecha sobre ésta y todas las etiquetas que hayan surgido dentro de un sistema que tiene por talento discriminar los aspectos para poder relegarlos más fácilmente. No me interesa llevar tal o cual insignia pegada en la frente, mucho menos si es fruto de una clasificación sistemática hacia todas las cosas y que contribuye a que ciertos individuos asocien el feminismo con el hembrismo, como contra del machismo; o que directamente tilden de feminazis a las malvadas mujeres que quitan trabajo a los hombres y los rechazan sexualmente al mismo tiempo.
Es claro que no puedo ayudar a definir algo que no me interesa que tenga definición. Más allá del respeto inmenso que tengo hacia todo aquel que se enorgullezca de decirse feminista, creo que el camino puede ir por otro lado. No necesitamos de una definición para saber lo que sentimos después de ver unas cuantas publicidades de desodorante de hombre, o cuando nos dicen que ya podemos casarnos al constatar que podemos cocinar. Repito, mi más sincera admiración hacia quien decidió concienzudamente definirse como feminista, porque si tengo que decir qué creo que es el feminismo, en parte creo que es libertad. Libertad de elegir pararse tras una concepción en la que sea crea firmemente, tanto como tener conciencia plena de cómo actúa la sociedad en la que debemos vivir y poder dar cuenta de todas aquellas cosas que por alguna razón nos son naturales, pero sólo porque no han sido cuestionadas desde su raíz.
Esto último me parece importante y sobre todo lo dirijo a aquellas que por alguna causa, creen que el feminismo tiene una escala jerárquica en la que unas tienen más derecho que otras de decirse feministas. Esto no es una carrera ni una competencia. Y considero que primar ese aspecto meritorio, juega totalmente en contra de esa conciencia femenina que se busca alcanzar todo el tiempo; y que en realidad, contribuye más a aquel saber arraigado fuertemente de que las mujeres no pueden unirse, porque simplemente son competencia feroz. Para mí, eso también es feminismo. Es muy necesario reencontrarnos con nuestra naturaleza femenina individual, para luego, en conjunto conseguir fortalecernos. Y ese es justamente uno de los estigmas que se han perpetuado en la sociedad, ya que para el sistema es mucho más fácil doblegar a un grupo intentando separarlo o que jamás se conforme.
Casi sin darme cuenta entre en definiciones. No busco la verdad absoluta, porque creo que ya hemos concluido en que no existe tal. Sólo busco cuestionarme y que usted que lee esto, también se cuestione o busque aquello que haga ruido en su realidad. ¿Es feminismo sospechar de por qué toda la información histórica en forma de libros, textos, películas, etc; que desde la infancia nos instalan, son en su inmensa mayoría escritas, pensadas y creadas por hombres?
¿Es feminismo objetar contra la amplísima diferencia de los salarios entre hombres y mujeres ante idénticas condiciones de trabajo?
¿Es feminismo cuestionar por qué hace falta que haya un hombre para armar un mueble o arreglar un aparato?
¿Es feminismo dar cuenta de la estigmatización que sufrió una persona por sentirse una mujer encerrada en un cuerpo de hombre, y todas las burlas y discriminaciones que tuvo que soportar en el ámbito de un pequeño pueblo (como en el que crecí)?
¿Es feminismo tomar conciencia sobre el propio cuerpo, sobre las técnicas de mercado que quieren “facilitarnos las cosas” haciendo que arrojemos miles de desechos en toda nuestra vida fértil; y actuar en consecuencia hacia una dirección más amable con la naturaleza entera?
¿Es feminismo cortar con los hilos de los que pendemos y con los que la sociedad quiere sujetarnos para que obremos a su placer y beneficio? ¿Es feminismo tomar posesión cada una de su cuerpo?

Las preguntas pueden continuar por miles y ojalá asi sea. Porque más allá de las definiciones, es necesario buscar la conciencia, abrir los ojos, los oídos, la cabeza y el corazón; y analizar cómo y en función de qué se dispone todo en nuestra realidad. De este modo, no habrá camino correcto ni incorrecto, mucho menos tabla de méritos. Pero estaremos alerta a todas aquellas cosas de las que podemos prescindir y veremos más claramente, aquellas otras que pueden acercarnos a una vida más plena, armoniosa y despejada de lo innecesario y nocivo; como mujeres, como hombres, como niñas y niños, como sociedad. Y así osaremos buscar lo radiante de la vida, brillar y ver la felicidad y el goce del baile, de la lucha con alegría. Como Emma Goldman tal dijo o tal vez no, no importa realmente, lo que importa es su efecto: “Una revolución sin baile no es una revolución en absoluto.”

sábado, 1 de diciembre de 2012

Una nueva filosofía de la luna

(…)


La luna y los ritmos lunares han llamado la atención de un médico y biólogo italiano, V.. Capparelli, que ha publicado dos grandes tomos, L’ordine dei tempi e delle forme in natura sobre los ciclos hebdomadarios en el mundo orgánico y en la patología humana. Capparelli ha recogido un número considerable de hechos extraídos del campo de la botánica, zoología, embriología y patología, que apuntan hacia un ritmo lunar hebdomadario que controla la vida orgánica. El crecimiento de los tejidos vegetales y animales, los ciclos fisiológicos de la vida del hombre, el aspecto cíclico de los procesos mórbidos (la “crisis hipocrática”, la importancia de ciertos días en el desarrollo de las enfermedades: tres días y medio después de la infección, siete días, catorce días, etc.), todos estos fenómenos están controlados por un ritmo cósmico, por una periodicidad lunar. El insignificante e inerte astro tendría, pues, una influencia inimaginable sobre toda la vida orgánica de la tierra. Aunque no se tratase más que de la unidad que los ritmos lunares confieren a un considerable número de fenómenos, de niveles y de zonas distintas, su importancia sería evidente. Pero estudios recientes de etnografía y de morfología cultural, entre los que destacan en primer lugar los estudios de Carl Hentze, han subrayado otro tipo de influencia lunar: su papel fundamental en las primeras síntesis mentales humanas.

Sabemos que incluso ahora los primitivos continúan midiendo el tiempo con la luna. En las lenguas indogermánicas, la palabra que designa la “luna” es la más antigua de todas las palabras del vocabulario astral. La raíz me, que en sánscrito se ha transformado en mami, “yo mido”, demuestra una vez más que la luna servía para medir el orden del tiempo. Los antiguos alemanes, según el testimonio de Tácito, dividían las estaciones en función de ciertas noches. Los ejemplos se pueden multiplicar indefinidamente. Pero la influencia de la luna sobre la conciencia humana tiene que ser buscada en otra parte. Sobre todo en el hecho de que el fenómeno lunar ha servido de unidad de medida, o más exactamente, de puente entre varios niveles de realidad.

Es fácil comprender por qué el hombre primitivo, le moins civilisé, otrogaba más importancia a la luna (por lo menos, en un cierto estadio sobre la cultura) que al sol. El sol es un astro con el que el hombre no tiene ninguna correspondencia: es eternamente igual a sí mismo, sin ningún “devenir”. La luna, en cambio, es un astro que crece, decrece y desaparece: un astro cuya vida se somete a las mismas leyes del devenir, del nacimiento y la muerte. La “vida” de la luna le es más cercana al hombre que la gloria majestuosa del sol. Y con la aparición de la agricultura, al principio del Neolítico, el hombre empieza a conectar los ritmos lunares con la fertilidad de la tierra. La luna trae las lluvias, es la fuente de la fertilidad universal. Ahora se articulan los primeros símbolos cósmicos, las verdaderas síntesis mentales que unen entre sí varios niveles: la Luna, la Mujer, la Tierra, la fertilidad. El hombre empieza a tener una “concepción” unitaria del cosmos: su intuición abarca el Todo, pero no un Todo abstracto, adquirido dialécticamente, sino un Todo vivo, dramático, rítmico. Sobre esta intuición central se fundamenta la magia, que había aparecido en el Paleolítico. Porque si existe un nacimiento y una muerte, si existe fertilidad (luna, lluvia, mujer) y “desaparición” (noches sin luna, sequía, esterilidad), también tienen que existir objetos y áreas “bendecidas” o “maldecidas”. El dualismo: bien y mal, luz y oscuridad, que los iraníes elevarán a la categoría de comprensión mística y metafísica, tiene sus raíces en antiquísimas creencias lunares. La luz y la oscuridad, el Mundo de arriba y el Mundo de abajo, la idea de vida y muerte, se expresan, en todas las civilizaciones prehistóricas circunpacíficas, a través de símbolos lunares.

Tales simbolismos, de expresión tanto iconográfica como mítica, constituyen hoy en día los más preciosos documentos para la investigación de las migraciones de los pueblos paleoasiáticos de América. Apoyándose sobre la frecuencia de algunos tipos iconográficos y de las concepciones religiosas correspondientes, Hentze pudo demostrar la existencia de relaciones entre las culturas de América precolombina (cultura San Agustín, Chavín, etc.) y la cultura de la China arcaica. Ciertamente, la lengua simbólica y pictográfica se presta con mayor facilidad a un estudio comparativo. Siguiendo la frecuencia iconográfica de la “divinidad lunar que llora” (concepción mítica y religiosa expresada a través de líneas verticales, que surcan el rostro del ídolo), Hentze logra establecer de forma irrefutable las relaciones concretas, históricas, entre todas las culturas circunpacíficas. “Al hablar de los cultos lunares primitivos de Asia y de su herencia transmitida a estratos culturales distantes en el tiempo, podríamos comprender también la aparición, por medio de inmigraciones de paleoasiáticos, en la América precolombina de fenómenos muy parecidos a los que podemos observar en Asia, así como la repartición circumpacífica de ciertos mitos lunares. El método de trabajo de Hentze ha conducido a resultados casi definitivos en un problema tan espinoso como el de las relaciones entre Asia y América.

La similitud entre la fertilidad de la tierra y la fertilidad de la mujer, descubierta por las culturas agrícolas neolíticas, también se expresa a través de ritmos y números lunares. La luna crece durante nueve noches, permanece durante nueve noches como luna llena y decrece durante otras nueve noches, quedando invisible otras tres; nueve meses dura la fase prenatal. La luna es el primer muerto (el americanista E. Seler escribió hace tiempo: “Der Mond ist der erste Gestorbene”), y en este sentido fue asimilada al primer hombre mortal. La idea de la desaparición de la luna (de la luz) es representada iconográficamente como una serpiente tragándose un conejo (animal lunar). Quizá no sea inoportuno recordar, siguiendo a Strygowski, que Hentze ha demostrado que las interpretaciones de ciertas “escenas artísticas” chinas estaban totalmente equivocadas: lo que, a primera vista, parece una creación de la “imaginación del pintor”, no es más que un antiquísimo motivo iconográfico, en armonía con unas ideas culturales muy consolidadas (la lucha entre la oscuridad y la luz, el bien y el mal).

Si las primeras intuiciones cósmicas de la Mujer, la fertilidad y el agua se relacionan con la luna, lo mismo sucede con la muerte. La luna muere, permanece durante tres días en la oscuridad y después resucita. Los granos también se entierran, quedan algún tiempo debajo de la tierra (noche, oscuridad, matriz) y sólo después surge una nueva planta. El hombre muere, es enterrado, algunas veces su alma se va a la luna, pero también él resucita, así como han “resucitado” la luna y la vegetación. En ciertos rituales de iniciación primitiva estudiados por Peter Schmidt, el neófito tiene que salir de la tumba, imitando la reaparición de la luna después de haber estado escondida durante tres días. El simbolismo funerario es, en este sentido, muy preciso. Una estudiosa sueva, Hanna Rydh, demostró en 1929 que los vasos funerarios se caracterizan por una decoración específica, a veces muy distinta de la ornamentación de los vasos de uso profano. En el arte funerario, el símbolo juega un papel primordial. Hecho bastante comprensible, pues todo lo que tiene que ver con la vida del más allá y la muerte, tiene que poseer una significación, una eficacia mágica. El hombre muerto es asimilado como el “ancestro”, que muchas veces es un animal lunar, y tiene que volver a la gran unidad de la que se había desprendido. Ciertos símbolos, como por ejemplo, la espiral, tienen vastísimas significaciones, pero su origen está siempre en algún parecido con la luna. La espiral, que se remonta hasta el Paleolítico, encuentra la justificación de su valor astral-simbólico en la analogía del caracol y la luna (como el caracol, la luna aparece y desaparece, sale o retrocede) o del caracol y la vulva (elemento lunar).

El signo de la luna es múltiple: el pez, la rueda dividida en cuatro, una línea quebrada (el agua que corre), la esvástica (la más antigua esvástica es la de Susa, en Mesopotamia, milenios IV-III a.C), etc. El signo del “peine”, tan frecuente en todas las cerámicas funerarias, representa las nubes; en consecuencia, también es un símbolo lunar. Otras representaciones iconográficas lunares como los cuernos, las volutas o las espirales han tenido un posible origen común en los cuernos del ganado mayor, también animales lunares (conocemos las relaciones entre las culturas agrícolas y la Gran Diosa, los ritos orgiásticos, donde los bovinos cumplen un importante papel, como el chivo en Tracia).

La riqueza del simbolismo lunar supera con creces cualquier imaginación. El papel desempeñado por las primeras intuiciones de la unidad cósmica en el desarrollo ulterior de la mente humana es considerable. Bajo el signo de la luna se han llevado a cabo síntesis mentales de una grandiosa amplitud y, a su lado, los intentos de los presocráticos por “unificar el mundo” parecen humildes ensayos. El nacimiento, la fecundidad, la muerte: la luna, el agua, la mujer; el crecimiento de la luna, el crecimiento de la vegetación, el crecimiento del hombre; la muerte como palingenesia, la muerte como un momento dentro del ritmo cósmico, la muerte como descanso (la vuelta a la oscuridad, a la tierra, a lo prenatal); la oscuridad, la infelicidad, la sequía, el “mal”; la luz, la lluvia (la luz difusa del rayo que trae la lluvia es parecida a la luz lunar), la abundancia vegetal, el “bien”; el mundo de abajo y el mundo de arriba, la resurrección, etc.: he aquí algunos ejemplos de la serie de síntesis mentales creada alrededor de la luna. Sin embargo, tenemos que insistir sobre su carácter sintético, unitario. La conciencia que los ha plasmado tenía una intuición verdaderamente unitaria del Cosmos, sin tener que pasar de peldaño en peldaño y de emblema en emblema como hacemos nosotros cuando desciframos estos símbolos primordiales.

Y si se puede hablar de una filosofía de los presocráticos, que intentaba descubrir los elementos de la unidad del Cosmos, también podríamos hablar de una “filosofía” de la luna, del papel que ha desempeñado la luna en la creación de las primeras síntesis mentales, en la expresión simbólica de la unidad cósmica. Detrás de estos símbolos desciframos un enorme esfuerzo de conocimiento. ¿Acaso no es conocimiento este esfuerzo por encontrar lo elementos de unidad de la vida y del Cosmos?¿No se vislumbra aquí la voluntad de plasmar el mundo, de unificarlo de forma mágica, viva, humana? ¿Acaso los orígenes del idealismo mágico no se hallan en este intento de reconstruir el mundo para comprenderlo y dominarlo?

(1936)

  Eliade, Mircea. Una nueva filosofía de la luna. Trotta.

martes, 16 de octubre de 2012

Obra "Monólogos de la Vagina"

Monólogos de la Vagina es una obra escrita por la feminista estadounidense Eve Ensler y que se ha vuelto el epicentro de un movimiento sin fines de lucro, que lucha en contra de la violencia doméstica.
Escrita después de entrevistar a más de 200 mujeres acerca del sexo ,las relaciones amorosas y la violencia doméstica; esta es una obra creada como crítica social llena de humor y sinceridad.
Todo un llamado a la reflexión.
Aquí, compartimos los videos de la obra.




Parte 1 - Presentación




Parte 2 - Sobre el vello en la vagina




Parte 3 - Sobre una entrevista a una mujer de la tercera edad




Parte 4 - Sobre mirar las vaginas y conocerse




Parte 5 - Si tu vagina se vistiera, ¿qué se pondría?




Parte 6 - Sobre cómo llamarla




Parte 7 - Si tu vagina hablara, ¿qué diría?




Parte 8 - Relato de una mujer abusada




Parte 9 - Reflexión sobre mujeres violadas y refugiadas de guerra




Parte 10 - Vaginas invadidas




Parte 11 - Entrevista a prostituta de mujeres




Parte 12 - Monólogo sobre el nacimiento






Videos de Malena Pichot "Cualca"

Esta serie de videos tratan desde el humor temas variados y en su mayoría, relacionados con la mujer. Abarcando desde los estereotipos, la discriminación, la violencia y la banalización de ciertos temas, este grupo de comediantes - "protagonizados" por Malena Pichot (La Loca de Mierda) -tocan estos temas, agregandole un tono de humor para, en algunos casos, pasar más facilmente ciertos tragos difíciles de digerir. Especialmente, recomendamos "Violencia Obstétrica" que retrata perfectamente situaciones que muchas mujeres tienen que vivir en hospitales y demás centros de "asistencia" médica.


La Loca de Mierda - Boludas que Menstrúan




Cualca - Violencia Obstétrica



Cualca - Tránsito lento




Cualca - Revistas Femeninas




Cualca - Artistas Nacionales


Bien pudiera ser


Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido
no fuera más que aquello que nunca pudo ser,
no fuera más que algo vedado y reprimido
de familia en familia, de mujer en mujer.

Dicen que en los solares de mi gente, medido
estaba todo aquello que se debía hacer ...
Dicen que silenciosas las mujeres han sido
de mi casa materna ... Ah, bien pudiera ser ...

A veces en mi madre apuntaron antojos
de liberarse, pero se le subió a los ojos
una honda amargura, y en la sombra lloró.

Y todo eso mordiente, vencido, mutilado
Todo eso que se hallaba en su alma encerrado,
pienso que sin quererlo lo he libertado yo.


lunes, 15 de octubre de 2012

Mujeres, en plural


XXVII ENCUENTRO NACIONAL DE MUJERES



El lunes, mientras en Misiones miles de mujeres acordaban volver a encontrarse el año que viene en San Juan para seguir debatiendo y defendiendo sus derechos, en la ciudad de Buenos Aires se empezaba a fraguar una vulneración de esos mismos derechos contra una mujer en particular a quien se le negó la mínima reparación de interrumpir un embarazo producto de una violación. Contrastes aparentes que se resuelven cada vez que una mujer dice basta, cada vez que muchas mujeres lo dicen al mismo tiempo y son capaces de poner el grito en el cielo, de tomarlo por asalto.

Por Luciana Peker


Desde Posadas
Son muchas. Muchas. Las calles se llenan de voces femeninas que hablan, debaten, ríen, discuten. Los talleres le dan la voz a cada una de ellas y cada una tiene la palabra que suele estar silenciada. Se cansan mientras caminan bajo el calor de Posadas. Son jóvenes y se quedan en bikini mientras escuchan una radio abierta. Son las osadas que se refrescan bajo el agua que cae en catarata en las plazas. Son las que comen juntas bajo una sombrilla o las que comen caminando para no perderse nada. Son, fundamentalmente, las que se encuentran. En el XXVII Encuentro Nacional de Mujeres, en Posadas, donde alrededor de 25 mil participantes debatieron y se expresaron contra la violencia, los femicidios, el turismo sexual, las violaciones correctivas a lesbianas, los agrotóxicos, la trata de mujeres y la necesidad de legalizar el aborto legal, seguro y gratuito. Pero además de intercambiar, expresarse, marchar y dejar su huella en Misiones y decidir seguir marchando el año que viene, en el XXVIII Encuentro en San Juan, las mujeres se vieron la cara y volvieron transformadas. Por eso, en ese arco iris de ganas, edades, cuerpos, identidades y orígenes Las/12 aprovechó para pecar con la pregunta original: ¿Qué es ser mujer?, y no intentar obtener una respuesta sino muchas.
“Es un privilegio que Dios me dio con la capacidad de dar vida, que es algo que los hombres no tienen”, define Julia Antúnez. Tiene 38 años y cinco hijos. Está en Misiones y viene de cerquita, Corrientes capital. Disfruta del Encuentro, de ese recreo de la crianza que reivindica, y dice que ser mujer es mejor cuando se es entre muchas. “Si podemos estar juntas mejor”, dice ella, que vive de un microemprendimiento de viveros y también recibe la asignación universal. Julia está muy cerca de Susana Gamba, que tiene 63 años, es presidenta de la Fundación Agenda de las Mujeres y una larga trayectoria dedicada al feminismo. Ella sabe dónde está parada, pero también busca, busca una respuesta que no quiere terminar de encontrar: “No existe una respuesta porque hay millones de modos de ser mujeres. No hay una esencia. Estamos atravesadas por la clase, la cultura, la educación. Hace muchos años, cuando empecé en el feminismo, hubiera creído en estereotipos. Pero no debemos denostar sino potenciar la sensibilidad, la creatividad y la ternura”.
Es la primera vez que viene. Josefina tiene 23 años y comparte el enorme campamento del Anfiteatro Manuel Antonio Ramírez como una aventura. Ser mujer, para ella, que llegó a Misiones desde Punta Indio, “es una construcción que se desarrolla con los sentimientos que una tiene”. “Oh, la, la”, se ríe de la pregunta, por volver al ABC del feminismo, Nina Brugo con el boletín impecable sin una falta desde 1986, cuando los encuentros arrancaron en Buenos Aires. Ahora tiene 69, es presidenta de la Comisión de la Mujer de la Asociación de Abogados porteña e integrante de Buenos Aires para Todos. Ella proclama: “Ser mujer es ser más de la mitad de la humanidad que fue avasallada históricamente por la cultura patriarcal y que, gracias a las feministas, hemos logrado una revolución pacífica. Pero tenemos muchos derechos por conquistar y mucho por batallar”.
Vanesa Valle tiene 33 años y está desocupada. Es parte del movimiento de mujeres sanjuaninas y de la Coordinadora Provincial de Desocupados de la Corriente Clasista y Combativa. Sabe que ser mujer es algo que se va de los márgenes de los discursos: “Es una lucha constante del día a día porque sufrimos la discriminación en todos los ámbitos, pero pudimos ocupar muchos lugares que antes estaban negados a la mujer”.
De Jujuy llegó Sofía Ruiz Díaz, empleada y estudiante de comunicación social: “Es lo que hago día a día, desde que me levanto hasta que me acuesto, tratando de ver mis verdaderas raíces de los pueblos originarios, ser estudiante y trabajadora”, describe. Esta, también, fue su primera vez. Y le gustó dejar de nombrarse ella para pasar a ser nosotras. “Este primer encuentro me llevó a valorarme colectivamente”, reivindica.
Tiene una vincha violeta y un piercing, apenas 19 años y en la marea femenina que hace selva en la ciudad de Posadas no resalta. O mejor dicho, acá, cuando la geografía las agrupa, nadie es rara. Marina Salas viene de Tucumán y alerta: “No sé qué es exactamente ser mujer pero sí que se nos imponen ciertos roles como ser sumisas y tranquilas, y ser mujer no es lo que se alerta o lo que se impone”.
La temperatura arrasa. La piel no puede permanecer indiferente. Ni al clima ni al bullicio del final de fiesta. Noelia Linares viene de La Pampa y acá no sólo vio calles con lomadas profundas y el final de la costanera al río, sino también la multiplicación de una rabiosa alegría. Ella es comerciante y productora independiente de ropa y la pregunta la responde con alegría: “Ser mujer es lo mejor que te puede pasar en la vida porque tenemos posibilidades que los hombres no tienen. Podemos ser madres y somos más luchadoras. De hecho, ser mujer es una lucha constante: en el trabajo, en la casa, en todos lados”.
Del otro lado de las definiciones, Bettina Castaño se anima: “No soy mujer”. No es a lo único que se anima. Ella es profesora de discapacitados visuales e integrante de la Red Nosotras en el Mundo. “Yo soy otra cosa. Me identifico como lesbiana. Esa es mi identidad. No todas las tortas somos chongas y jugamos al fútbol. Yo sigo habitando la A pero desde otros lugares: me formateo el pelo y la ropa para visibilizarme. En otro momento no va a ser importante nombrarse lesbiana, pero ahora le otorga importancia política a la palabra porque lo que no se nombra no existe”, remarca.
“La connotación de mujer, como me han educado, como lo que se supone que es ser mujer, es una frontera que te limita y te mantiene estática. Nunca me sentí muy cómoda con la clasificación de ser mujer. Son maneras que el Estado construye para ejercer control social. En lo que me he sentido mujer es en que hemos sido oprimidas, pero las identidades son propias. No tienen un solo nombre”, desclasifica Elena Pollan González, española de 28.
Al lado de ella, en la ronda de espera para el viaje de vuelta, está Emilce Farias, de la Red Nosotras por el Mundo, sin hijos y sin querer tenerlos. Ella —la que cargó equipos y transmitió bajo el sol todo el encuentro por la radio en Internet de la Red, la que convidó aceitunas regaladas por su papá y la que compró aerosoles para dejar signadas sus consignas—, ella dice que se define más como feminista que como mujer. Ella elige: “Me identifico más con ser feminista como una transformación permanente que con ser mujer. Así sé que puedo mutar”.
Augusta Caballero es docente jubilada y se ríe ante la pregunta. “Ahhh”, se sorprende. “Mmm”, duda. Pero después arremete con seguridad: “Ser mujer es para mí el brazo y la pierna derecha de la sociedad y sobre quien descansa la responsabilidad de ser esposa, de ser mamá, de la educación y de todo lo que hace a la construcción del porvenir de una nación, porque la mujer es la que administra todo a pesar de que se la tiene en cuenta como de segunda categoría y vive una doble opresión por su género y su clase. Por eso, en estos encuentros a una se le abre la mente y se da cuenta de lo importante que es como ser humano. Nos vamos con mucho más de lo que trajimos. Este Encuentro es una revolución cultural”.

Fuente: