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sábado, 1 de febrero de 2014

CHRISTIANE NORTHRUP Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer Una guía para la salud física y emocional.

Compartimos un fragmento del principio de este libro, escrito por una médica ginecóloga que descubrió el poder del cuerpo de las mujeres a partir de su propia experiencia y que a raíz de eso se comprometió y fue más allá; logrando dar cuenta de las falencias que la medicina tradicional ejerce, sometiendo a mujeres todos los días, a través de sus prácticas. Dejamos aquí esta primer parte como un señuelo hacia el libro completo. De forma introductoria, CHRISTIANE NORTHRUP caracteriza las herencias culturales que el <> produce y reproduce, en detrimento de la mujer.


El mito patriarcal y el sistema adictivo

La conciencia crea el cuerpo. Nuestro cuerpo está hecho de sistemas energéticos dinámicos influidos por la dieta, las relaciones, la herencia y la cultura, y la interacción entre todos estos factores y actividades. No estamos ni siquiera próximos a entender cómo interaccionan entre sí nuestros sistemas corporales y mucho menos cómo interaccionan con los de otras personas. Sin embargo, a lo largo de veinte años de ejercicio de la medicina, se me ha hecho evidente que no puede producirse curación para las mujeres mientras no hagamos un análisis crítico y cambiemos algunas de las creencias y suposiciones culturales que inconscientemente todas heredamos e interiorizamos. No podemos esperar recuperar nuestra sabiduría corporal y nuestra capacidad innata para crear salud sin comprender primero la influencia de nuestra sociedad en lo que pensamos de nuestro cuerpo y en nuestra manera de cuidarlo.

Nuestra herencia cultural

Durante los cinco últimos milenios, la civilización occidental ha descansado sobre la mitología del patriarcado, la autoridad de los hombres y los padres. Si, como dice Jamake Highwater, «todas las creencias y actividades humanas nacen de una mitología subyacente», entonces es fácil deducir que si nuestra cultura está totalmente «regida por el padre», nuestra visión del cuerpo femenino e incluso nuestro sis- tema médico también siguen leyes de orientación masculina. Sin embargo el patriarcado es sólo uno de los muchos sistemas de organización social posibles.
Incluso así, no seremos capaces de crear otro tipo de organización social mientras no nos sanemos dentro de la cultura en que estamos. He estado incontables veces en la sala de partos cuando nace una niña, y la mujer que la ha dado a luz mira a su marido y le dice: «Lo siento, cariño». ¡Le pide disculpas porque el bebé no es un varón! Es terrible presenciar cómo se rechaza a sí misma la madre al pedir disculpas por el producto de sus nueve meses de gestación y el laborioso parto. Sin embargo, cuando nació mi segunda hija, me horroricé al oír surgir en mi cerebro esas mismas palabras de disculpa a mi marido, provenientes del inconsciente colectivo de la raza humana. No las dije en voz alta, pero aparecieron en mi cabeza, con absoluta espontaneidad. Entonces comprendí qué antiguo es y qué arraigado está este rechazo de lo femenino tanto en los hombres como en las mujeres.
Nuestra cultura da a las niñas el mensaje de que su cuerpo, su vida y su feminidad exigen pedir disculpas. ¿Has notado con qué frecuencia pedimos disculpas las mujeres? Hace poco iba yo por la calle cuando un hombre chocó con una mujer que iba caminando tranquilamente e hizo que se le cayera un paquete al suelo. Pues fue ella quien se deshizo en disculpas. En algún recóndito lugar de nuestro interior llevamos una disculpa por el hecho mismo de existir. Anne Wilson Schaef escribe: «El pecado original de nacer mujer no se redime por las obras». Por muchos títulos que obtengamos en la universidad, por muchos premios que recibamos, en cierto modo nunca damos la talla. Si hemos de pedir disculpas por nuestra existencia desde el día en que nacemos, podemos suponer que el sistema médico de nuestra sociedad nos va a negar la sabiduría de nuestro cuerpo de «segunda clase». En esencia, el patriarcado proclama a voz en grito el mensaje de que el cuerpo femenino es inferior y debe ser dominado, controlado.
Nuestra cultura niega habitualmente lo insidiosos y omnipresentes que son los problemas relacionados con el sexo. En el ejercicio de mi trabajo, descubrí que el abuso sexual contra las mujeres es epidémico, ya sea sutil o descarado. Y he visto cómo ese abuso prepara el camino para la enfermedad en el cuerpo femenino. Consideremos los siguientes datos: un estudio realizado por la doctora Gloria Bachmann estima que un 38 por ciento de las mujeres adultas de Estados Unidos sufrieron abusos sexua- les en la infancia. Dado que es corriente no denunciar estos abusos, sólo entre un 20 y un 50 por ciento de estos incidentes llegan a conocimiento de las autoridades, de modo que el porcentaje podría ser mayor. Una de cada tres mujeres residentes en Estados Unidos tienen posibilidades de ser violadas alguna vez en su vida, y el 50 por ciento de las mujeres casadas son golpeadas al menos una vez en su vida conyugal. La investigación de la doctora Leah Dickstein ha documentado que el maltrato conyugal es la causa de uno de cada dos intentos de suicidio entre las mujeres negras, y uno de cada cuatro entre las blancas. Estudios realizados por Lori Hesse, del Instituto World Watch, señalan que, en todo el mundo, mueren cuatro veces más niñas que niños de desnutrición porque el alimento se da de preferencia a los niños. En China, se calcula que cada dos semanas 440.000 niñas son abandonadas o entregadas en adopción. Según el informe de las Naciones Unidas sobre la situación de la mujer, las mujeres hacen dos tercios del traba- jo del mundo por salarios equivalentes a un décimo de los salarios mundiales, y poseen menos de un centésimo de las propiedades del mundo. Un destacado estudio sobre la discriminación sexual en las escuelas, realizado por la Asociación de Mujeres Universitarias de Estados Unidos, confirmó un anterior informe que decía que, comparados con las chicas, los chicos tienen cinco veces más probabilidades de que los profesores les presten atención, y ocho veces más probabilidades de que se les haga participar en la clase.

El patriarcado produce adicción

La manera judeocristiana de ver el mundo que inspira la civilización occidental considera que el cuerpo y la sexualidad femeninos, representados en la persona de Eva, son los responsables de la caída de la humanidad. Durante miles de años las mujeres han sido golpeadas, maltratadas, violadas, quemadas en hogueras y culpadas de todo tipo de males simplemente por ser mujeres. En esta era de cambios rápidos, nos olvidamos de que las mujeres no obtuvimos el derecho al voto hasta 1920.
En 1949, en su libro El segundo sexo, Simone de Beauvoir escribió: «El hombre goza de la gran ven- taja de tener a un dios que respalda las leyes que escribe. Y puesto que el hombre ejerce una autoridad soberana sobre las mujeres, es particularmente afortunado que esta autoridad se la haya otorgado el Ser Su- premo. Para los judíos, mahometanos y cristianos, entre otros, el hombre es el amo por derecho divino; el temor de Dios reprimirá por lo tanto cualquier impulso hacia la revuelta entre las pisoteadas mujeres». La creencia de que los hombres están destinados a mandar sobre las mujeres está muy arraigada en muchas tradiciones occidentales.
La organización patriarcal de nuestra sociedad exige que las mujeres, sus ciudadanas de segunda clase, no hagan caso de sus esperanzas y sueños, o se aparten de ellos, por deferencia hacia los hombres y las exigencias de su familia. Esta obstrucción o negación de nuestras necesidades de autoexpresión y autorrealización nos causa un enorme sufrimiento emocional. Para no conectar con ese sufrimiento, corrientemente las mujeres hemos recurrido a substancias adictivas y hemos desarrollado comportamientos adictivos que han tenido por consecuencia un interminable ciclo de malos tratos que nosotras mismas hemos contribuido a per- petuar. Al ser maltratadas o maltratarnos a nosotras mismas, nos enfermamos. Cuando nos enfermamos, somos tratadas por un sistema médico patriarcal que denigra nuestro cuerpo. Muchas no recibimos una buena atención médica o ni siquiera la misma atención médica que reciben los hombres por las mismas enfermedades. Con mucha frecuencia empeoramos o contraemos problemas de salud crónicos, para los cuales el sistema médico no tiene respuestas ni tratamientos. Este es el ciclo que caracteriza nuestra atención médica actual. Y cada vez somos más las mujeres que descubrimos que esforzarnos por «triunfar como un hombre» también pone en peligro nuestro cuerpo.
Anne Wilson Schaef escribe que «cualquier cosa se puede usar de modo adictivo, ya sea una substancia (como el alcohol) o un proceso (como el trabajo). Esto se debe a que la finalidad o función de una adicción es poner un amortiguador entre nosotras mismas y nuestra percepción de nuestros sentimientos. Una adicción nos sirve para insensibilizarnos, para desentendemos de lo que sabemos y de lo que sentimos». Lo bueno es que cuando reconocemos y dejamos salir nuestro sufrimiento emocional, nos conectamos inmediatamente con nuestros sentimientos, los cuales pueden actuar de sistema orientador o guía interior. Está claro que necesitamos un nuevo tipo de actitud y sabiduría médicas que nos ayude a ponernos en contacto con nuestro dolor interior como primer paso hacia la sanación.
Ver esa conexión entre la adicción y el patriarcado ha sido esencial en mi comprensión de los comportamientos que se ocultan tras los principales problemas de salud de las mujeres. Lamentablemente, la palabra «patriarcado» suele ir acompañada de acusaciones a los hombres, pero la acusación es uno de los comporta- mientos claves que mantienen a las personas atascadas en sistemas que las dañan. Ni las mujeres ni los hombres ni la sociedad en su conjunto pueden avanzar y sanar mientras un sexo culpe al otro. Tenemos que deci- dirnos a avanzar y dejar atrás las acusaciones. Tanto los hombres como las mujeres perpetuamos el sistema en que vivimos con nuestros comportamientos adictivos cotidianos. Dando el nombre de «sistema adictivo» al patriarcado, Schaef ha hecho un progreso importantísimo en nuestra comprensión de los problemas de la sociedad. Demuestra que el modo como funciona nuestra sociedad es perjudicial tanto para los hombres como para las mujeres y que ambos sexos participamos plenamente en este sistema. Le estoy muy agradecida por sus penetrantes percepciones, las cuales comento a lo largo de todo este libro. Dar el nombre de «sistema adictivo» al patriarcado y ver los modos en que este sistema es perjudicial tanto para los hombres como para las mujeres no disminuye de ninguna manera la importancia del feminismo ni sus perspectivas. Caí en la cuenta de que esas perspectivas han hecho importantes aportaciones al pensamiento médico cuando, justo después de acabar mi periodo de prácticas como residente, encontré la siguiente entrada en el índice de la edición de 1980 del venerable libro de texto Williams Obstetrics: «Machismo, cantidades variables de, pp. 1-1102», es decir, todo el libro. ¿Qué corrector o encargado de realizar el índice insertó esa entrada en protesta anónima? Probablemente nunca lo sabremos.
Me gusta la definición de feminismo que da Sonia Johnson, porque contiene una visión de sanación: «Feminismo es la expresión hablada de las antiquísimas cultura y filosofía marginales basadas en valores que el patriarcado ha etiquetado de “femeninos”, pero que son necesarios para toda la humanidad. Entre los principios y valores del feminismo que más se diferencian de los del patriarcado están la igualdad universal, la solución no violenta de los problemas y la colaboración con la naturaleza, entre nosotros y con las demás especies».


Creencias fundamentales del sistema adictivo

Te animo a hacer un intento por comprender de qué modo participas en la sociedad adictiva. Cuando tomes más conciencia de tu papel en este bucle de interacciones, mejorará tu salud como persona y nuestra salud como sociedad. Comprueba si te suenan ciertas las siguientes descripciones de nuestras actitudes culturales con respecto a la mujer y la salud, descripciones que podrían servirte para ser más consciente de tu cuerpo y de tus problemas de salud.

Primera creencia: La enfermedad es el enemigo
Los sistemas adictivos han sido correctamente definidos como sociedades que están preparándose para la guerra o recuperándose de ella. Estas sociedades elevan los valores de la destrucción y la violencia por encima de los valores del sustento y la paz. Sólo tenemos que mirar lo que gasta nuestra sociedad en armamentos y defensa para ver dónde están sus valores, dado que la cantidad de dinero que gasta una sociedad en algo es una medida del valor que tiene ese algo en esa sociedad. El dinero que se destina a armas por minuto podría alimentar a dos mil niños desnutridos durante un año, y el precio de un carro de combate militar podría pro- porcionar aulas para treinta mil alumnos.
En consecuencia, el sistema médico establecido explica nuestro cuerpo no como un sistema diseñado homeostáticamente para tender a la salud, sino más bien como una zona en guerra. Abundan las metáforas militares en el lenguage médico occidental. La enfermedad o el tumor es «el enemigo» que hay que eliminar a toda costa. Rara vez, o nunca, se la considera un mensajero que intenta llamar nuestra atención. Incluso el sistema inmunitario, cuya función es mantenernos en equilibrio, se explica [en inglés] con terminología mili- tar, con sus linfocitos T «destructores» [en inglés, killer, que matan]. No hace mucho en nuestro centro, en una discusión en grupo sobre un tumor, uno de los radiólogos dijo: «Las municiones que hemos disparado sobre esa zona [la pelvis en este caso] no han logrado limpiarla de la enfermedad».
Creo que la predilección médica moderna por los medicamentos y la cirugía para tratar la enfermedad forma parte del enfoque agresivo patriarcal, o adictivo, de la enfermedad. Aquello que es natural y no tóxico se considera inferior a la «artillería pesada» de los fármacos, la quimioterapia y la radioterapia. Se hace caso omiso de los métodos de tratamiento naturales no farmacológicos que producen beneficios bien estudia- dos y documentados, como el toque terapéutico, por ejemplo. Se denigran los tratamientos que ofrecen cuidados complementarios; tampoco se presta atención a los estudios que demuestran su valor. Un ejemplo clásico de estudio descartado, y hay muchos, es uno sobre los efectos de la oración. Este estudio se realizó verdaderamente con el método de doble ciego: ni los médicos, ni las enfermeras ni los enfermos sabían por quié- nes se estaba orando. Pero el resultado fue que los enfermos de una unidad coronaria de cuidados intensivos por quienes estaba orando un grupo de personas que no sabían por quiénes oraban, quedaron con menos probabilidades de sufrir un infarto, de necesitar resucitación cardiopulmonar o respiración artificial (intubación endotraqueal), de sufrir de infección o neumonía y de necesitar medicamentos diuréticos que los en- fermos de la unidad por quienes no se oró.
Si un medicamento demuestra tener un efecto tan increíble, se consideraría no ético no usarlo. Dados los beneficios y la total ausencia de efectos secundarios de la oración, a un verdadero científico le fascinarían esos resultados y desearía estudiar aún más sus efectos. Sin embargo, cuando el doctor Bernie Siegel puso este artículo en el tablero de anuncios de la sala de médicos de su hospital, a las pocas horas ya un colega había escrito en la primera página: «CHORRADAS».
El sistema adictivo subordina el cuerpo al cerebro y a los dictados de la razón. Con frecuencia nos enseña a no hacer caso del cansancio, del hambre, de la incomodidad o de nuestra necesidad de cuidados y cariño. Nos condiciona a considerar el cuerpo un adversario, sobre todo cuando nos da mensajes que no quere- mos oír. Nuestra cultura suele tratar de matar al cuerpo como mensajero junto con el mensaje que trae. Sin embargo, el cuerpo es el mejor sistema sanitario que poseemos, si sabemos escucharlo.

Segunda creencia: La ciencia médica es omnipotente
Se nos ha enseñado que nuestro sistema de cuidado de la enfermedad nos ha de conservar sanos. Estamos condicionados socialmente a acudir a los médicos cuando estamos preocupados por nuestro cuerpo y nuestra salud. Se nos ha inculcado el mito de los dioses médicos, que los médicos saben más que nosotros sobre nuestro cuerpo, que el experto tiene la cura. No es de extrañar que cuando les pido a las mujeres que me digan lo que les pasa a su cuerpo me respondan: «Eso dígamelo usted, que es la médica». Para algunas mujeres los médicos son figuras de autoridad, junto con su marido y los sacerdotes. Ahora bien, cada mujer sabe más de sí misma que cualquier otra persona.
La ambivalencia de la mujer hacia su cuerpo y su propio juicio la perjudica psíquicamente. No hace mucho me decía una mujer: «No confío en los médicos; no me gusta la medicina. Sin embargo, me obsesionan y estoy siempre examinándome a ver qué me funciona mal. Voy a muchos médicos en busca de respuestas, y después me enfado cuando lo único que me ofrecen son fármacos y cirugía». Otras mujeres rechazan las alternativas cuando se las ofrecen, porque están convencidas de que sólo los fármacos o la cirugía las podrán ayudar. Sea como fuere, la mayoría de las mujeres están entrenadas para buscar las respuestas fuera de ellas, porque vivimos en una sociedad en la cual los supuestos expertos desafían y subordinan nuestro juicio, una sociedad en la cual no se respeta, no se alienta e incluso no se reconoce nuestra capacidad para sanar o estar sanas sin una ayuda externa constante.
En mi calidad de médica, se me formó para ser paternalista, la experta sabelotodo externa. La gente, a su vez, está condicionada a creer que los médicos son los modelos de comportamiento sano. Mis pacientes siempre temen, por ejemplo, que yo las voy a reprender porque han pasado un año sin hacerse una citología, algo que yo también he hecho de vez en cuando. Según informes de la Universidad de California, el 50 por ciento de los médicos no tienen médico de cabecera, algo que todos los médicos recomiendan a sus pacientes. El 20 por ciento de los médicos no hacen ningún tipo de ejercicio, sólo el 7 por ciento creen que beben «demasiado» alcohol, y el 50 por ciento de las médicas ni siquiera se hacen el autoexamen mensual de las mamas. Sin embargo, la gente entrega regularmente el control de su salud a esos modelos de vida no sana.
La propia medicina tiene un enfoque muy patológico. Los científicos rara vez estudian a las personas sanas, y cuando personas que sufren alguna enfermedad crónica o mortal se recuperan completamente, desafiando los pronósticos médicos estadísticos, los profesionales de la salud suelen creer que sus diagnósticos debieron de estar equivocados, en lugar de investigar por qué esas personas se han recuperado tan bien. En la Facultad de Medicina yo practicaba con personas enfermas o muertas. Se me formó en lo que podía ir mal. Se me enseñó a prever todo lo que podría ir mal y a estar preparada para ello. En mi especialidad de obstetricia y ginecología, se me enseñó que el proceso normal del parto es un «diagnóstico retrospectivo», y que por cualquier motivo al azar, puede convertirse en un desastre, en cualquier momento y sin aviso. Cuando los médicos no ponemos en tela de juicio estas enseñanzas, el miedo y la tensión que llevamos a la sala de partos aumenta la ansiedad de la parturienta, lo cual produce cambios hormonales en su cuerpo que, si no se interrumpen, propician un torrente de hechos fisiológicos que conducen a un elevado índice de partos disfuncionales y con cesárea.
Nuestra cultura y su sistema médico adictivo creen que la tecnología y los exámenes nos van a salvar, que es posible controlar y cuantificar todas las variables, y que si tenemos más datos de más estudios podremos mejorar nuestra salud, curar las enfermedades y vivir eternamente felices. Para los estadounidenses y sus médicos, hacer más equivale a mejorar el servicio médico. También creemos que podemos «comprar» una respuesta con el suficiente dinero. Tampoco en este caso confiamos en nuestra guía interior ni en nuestra capacidad de sanar.
Los médicos piden muchos análisis y exámenes porque temen no estar seguros. Se les enseña a comportarse como si fuera intolerable no estar seguros. Cuanta más información tienen, más confiados se sienten de la validez de sus diagnósticos, aun cuando su confianza en la información no esté justificada. Los pacientes, por su parte, se sienten igual de incómodos con la incertidumbre de sus médicos. Desean saber las cosas de un modo absoluto. Por ejemplo, cuando mis pacientes me preguntan acerca del herpes genital, quieren saber: «¿Cómo lo cogí?», «¿Cómo sé si no se lo voy a contagiar a alguien?». Es absolutamente imposible con- testar a estas preguntas con una certeza absoluta.

Tercera creencia: El cuerpo femenino es anormal
Dado que ser hombre se considera la norma en el sistema adictivo, la mayoría de las mujeres interiorizan la idea de que hay algo que está fundamentalmente «mal» en su cuerpo. Se las induce a creer que deben con- trolar muchos aspectos de su cuerpo y que sus olores y formas naturales son inaceptables. La sociedad ha condicionado a las mujeres a pensar que su cuerpo es esencialmente sucio, que requiere una constante vigilancia de su limpieza y su «frescura», para no «ofender». Por naturaleza, las mujeres tenemos más grasa corporal que los hombres. Además, dada la mejor alimentación en las últimas décadas, en la actualidad somos también más voluminosas que nuestras madres y abuelas. Sin embargo, las modelos de alta costura, que representan nuestro ideal cultural, pesan un 17 por ciento menos que la mujer estadounidense normal. No es de extrañar entonces que la anorexia nerviosa y la bulimia sean diez veces más corrientes entre las mujeres que entre los hombres y que vayan en aumento.
Esta denigración del cuerpo femenino ha sido la causa de que muchas mujeres tengan miedo de su cuerpo y sus procesos naturales o sientan repugnancia por ellos. Muchas, por ejemplo, jamás se tocan los pechos ni quieren saber lo que sienten en ellos, porque tienen miedo de lo que podrían descubrir. Es posible que se sientan culpables si los tocan, equiparando eso con la masturbación, ya que los pechos son eróticos para los hombres, lo cual es otra señal de cuán completamente hemos cedido nuestro cuerpo a los hombres.
Tanto entre los profesionales de la salud como entre las propias mujeres se ha convertido en norma habitual considerar enfermedades que precisan tratamiento médico incluso funciones corporales tan naturales como la menstruación, la menopausia y el parto. Da la impresión de que la actitud de que nuestro cuerpo es un accidente a la espera de ocurrir se interioriza a una edad muy temprana, y esto dispone el escenario para la relación futura de la mujer con su cuerpo. Dado lo que se nos enseña, no es extraño que la mayoría nos sinta- mos mal preparadas para relacionarnos con —y confiar en— nosotras mismas. Nos han «medicalizado» el cuerpo desde antes de que naciéramos.
Nuestra cultura teme todos los procesos naturales: nacer, morir, sanar, vivir. Diariamente se nos en- seña a tener miedo. Cuando mi hija mayor tenía siete años, estaba un día en el jardín con su padre podando unos arbustos. De pronto comenzó a llorar y entró corriendo en casa con el dedo ensangrentado. Se había hecho un corte con el filo de una hoja del arbusto. Cuando yo tranquilamente le puse el dedo bajo un chorro de agua fría y vi que la heridita era muy pequeña, ella me miró y me dijo lo que yo considero un principio de sanación importantísimo: «Sólo cuando me asusté comenzó a dolerme».
Dado que nuestra cultura venera la ciencia y cree que es «objetiva», pensamos que todo lo que lleva la etiqueta de «científico» tiene que ser cierto. Creemos que la ciencia nos va a salvar. Pero la ciencia, tal como se practica en la actualidad, es un edificio construido con todos los prejuicios del sistema adictivo en general. En realidad no existe el «dato totalmente objetivo»; el sesgo cultural determina qué estudios merecen continuarse y cuáles se han de dejan de lado. Nadie es inmune a esta conducta; todos tenemos nuestras vacas sagradas. Una vez, en un congreso médico, uno de los ponentes dijo: «La mente humana es un órgano diseñado especialmente para crear anticuerpos contra las nuevas ideas».
Muchos de los procedimientos que se realizan rutinariamente en el cuerpo femenino en particular no se basan en absoluto en datos científicos, sino que tienen su raíz en los prejuicios contra la sabiduría y el po- der curativo innatos del cuerpo. Muchos de estos procedimientos tienen su origen en opiniones emocionales sobre las mujeres, provenientes de generaciones anteriores. Ejemplo de esto son las episiotomías que se practican rutinariamente en el parto (el corte del tejido situado entre la vagina y el recto, que supuestamente da más espacio para la cabeza del bebé). Estudios recientes han demostrado que la episiotomía aumenta la he- morragia, el dolor y el riesgo de lesiones perdurables en el suelo pelviano, algo que las comadronas llevan años diciendo. La episiotomía se ha practicado y continúa practicándose en el parto simplemente porque los tocólogos que lo hacen están seguros de que «protege» de lesiones el suelo pelviano. Sólo hace muy poco que se ha comenzado a poner en duda la conveniencia de este procedimiento, cuando los estudios han demostrado que no es útil y que incluso puede ser dañino.

miércoles, 2 de enero de 2013

El aborto por la Dra. Christiane Northrup



Para muchas mujeres, el aborto es un “asunto inconcluso” y como tal se merece un análisis completo. Si viviéramos en una cultura que valorara la autonomía de la mujer, en la que hombres y mujeres practicaran un control de la natalidad cooperativo, el aborto sería un asunto discutible. Si a las mujeres occidentales se las obligara a abortar, como se hace actualmente en China, el aborto tendría aquí un sentido diferente del que tiene ahora.[1]
El aborto pone fin intencionadamente a una vida en potencia. Pero no permitir el aborto mata en potencia a dos vidas. El vínculo entre madre e hijo es el más íntimo de toda la experiencia humana, En esta relación humana, la más primaria de todas, debe haber amor, una buena acogida y receptividad en abundancia. Obligar a una mujer a parir y criar un hijo en contra de su voluntad es por lo tanto un acto de violencia. Constriñe y degrada el vínculo madre-hijo y siembra las semillas del odio, no las del amor. ¿Puede haber una peor entrada en el Universo que obligar a un niño a habitar en un cuerpo que le es hostil? Una vida es demasiado valiosa para inhibir su pleno desarrollo y sus posibilidades obligando a una mujer a parirla en contra de su voluntad. Sabemos que los primeros años de vida de criminales y delincuentes suelen estar plagados de pobreza y desesperación, por lo cual incluso podría ser peligroso traer al mundo un ser que no es deseado. (En su famosísimo libro Freakonomics –Ediciones B, Barcelona, 2006-, Steven Levitt y Stephen Dubner teorizan que la disminución de crímenes en las últimas décadas se puede remontar a la legalización del aborto.) En el horizonte se ve el espectro de más y más mujeres atrapadas en embarazos no deseados mientras la capacidad reproductora de la mujer sea tratada como un trueque político.
Todo el mundo sabe esto en mayor o menor grado, incluso aquellos que públicamente niegan a la mujer el derecho a controlar su fertilidad. Cuando hacía mis prácticas como residente en Boston, no era infrecuente que viniera a verme una chica católica embarazada a la que llevaban sus padres. Éstos me decían: “No somos partidarios del aborto, pero si nuestra hija tiene este hijo, arruinará su vida. ¿Puede hacer algo?”.
Una cosa que he aprendido a lo largo de los años e que no existe así la llamada “libertad sexual”. Creo que por eso siempre me ha desagradado la expresión “aborto a petición”. Habiendo trabajado muchos años en el ámbito de la reproducción de la mujer, veo que el actual debate sobre el aborto es un síntoma del problema mucho más profundo del que he hablado en los primero capítulos: mientras las mujeres continúen entendiendo mal la manera de satisfacer sus necesidades eróticas, mientras continúen sacrificando su cuerpo por el placer sexual de los hombres, no iremos a ninguna parte. Y mientras el aborto sea considerado únicamente un “problema de la mujer”, tampoco.
Realicé abortos durante muchos años, y siempre seré una defensora del derecho de la mujer a decidir sobre su reproducción. Pero he llegado a comprender lo complejo que es el tema del aborto y que no hay soluciones fáciles.
El aborto siempre es un tema espinoso, porque obliga a cada mujer a afrontar sus más profundos sentimientos acerca de la capacidad de los hombres de fecundar a las mujeres y de la capacidad de las mujeres de retener o rechazar el resultado de esa fecundación. El aborto golpea en el corazón de las creencias de la sociedad acerca del papel de las mujeres. ¿Está la sociedad a favor de la participación plena de la mujer en la economía? ¿Cuál es el papel que nos corresponde desempeñar en el hogar y en la sociedad? “El aborto ilustra el control político de lo personal y lo fisiológico –escribe la historiadora Carroll Smith-Rosenberg-. Tiende un puente entre lo inmensamente individual y lo ampliamente político. En todos los planos, hablar de aborto es hablar de poder.”[2]
Cuando practicaba abortos, siempre me sentía como si estuviera sentada en medio de un campo minado. A veces me enfurecía cuando hacía abortar por cuarta vez a una mujer que sencillamente no usaba ningún método anticonceptivo. Otras veces practicaba abortos a mujeres que en realidad no lo deseaban pero pensaban que no tenían otra alternativa. Claro que embarazos no intencionados ocurren en mujeres que usan religiosamente un método anticonceptivo, y éste no impidió el embarazo.
La expresión “aborto a petición” da a entender que la mujer no tiene por qué responsabilizarse de su comportamiento sexual ni de sus consecuencias. Supone que está bien tener relaciones sexuales con quienquiera que se desee, cuándo se desee y sin tener que afrontar las consecuencias, tal y como lo han hecho los hombres durante siglos. Muchas mujeres que se han hecho repetidos abortos me han dicho que después han llegado a comprender que sus relaciones sexuales con los hombres eran una forma de abuso contra sí mismas, el resultado del odio contra sí mismas y de su poca autoestima. La expresión “aborto a petición” supone que las relaciones sexuales en cierto modo pueden y deben separarse  de los demás aspectos de nuestra vida, como el de la necesidad de ser amadas, abrazadas o respetadas. Supone que la misma conducta que encontramos repugnante en los hombres (tener relaciones sexuales sin preocuparse por las consecuencias) está bien para las mujeres. ¿Por qué desean las mujeres imitar a (algunos) hombres en el terreno sexual? Deberíamos resistirnos a cualquier contacto sexual con hombres que no respetan también nuestra alma y nuestro yo más íntimo. Al comienzo del siglo XXI, muchas mujeres están reconsiderando su programación sexual. El primer paso en este proceso es tener claro cuál es esa programación.
Cuando una mujer decide hacerse un aborto, en nombre de sí misma y de su propia vida, nada contra una corriente de 5.000 años de condicionamientos, de ideas y programas sociales propugnados por iglesias y otras instituciones dominadas por hombres, que dicen que la principal finalidad de l mujer es tener hijos y servir a sus hijos y a su marido. Permitir que las mujeres elijan el rumbo de su vida va muy en contra de una idea muy antigua y arraigada.
En los veinte últimos años, en que el número de mujeres que luchan contra esa idea ha aumentado enormemente, las fuerzas políticas y sociales que desean mantenernos en “nuestro lugar” han elevado sus voces y se han hecho más destructivas. Un siglo y medio de retórica destinada a hacernos sentir culpables y avergonzadas en torno al aborto por preferir el autodesarrollo por encima de la maternidad, hace poco sorprendente que el aborto no sea un tema fácil sobre el cual las mujeres podamos hablar libremente. Sin embargo, si todas las mujeres que se han hecho un aborto, o aunque fuera la tercera parte de ellas, estuvieran dispuestas a hablar de su experiencia, no con vergüenza sino con sinceridad respecto a lo que eran entonces, lo que sabían, lo que han aprendido y lo que son y saben ahora, todo este asunto sanaría con mucha mayor rapidez.
Desde la primera edición de este libro me han escrito muchas mujeres para agradecerme que haya tratado este tema. Y me han escrito diciendo cómo su buena disposición a decir la verdad sobre su experiencia del aborto las ha sanado. Kris Bercov, terapeuta que ofrece orientación para superar un aborto, ha escrito un conmovedor librito titulado The Good Mother: An Abortion Parable (La buena madre: Parábola sobre el aborto). Cuando me envió un ejemplar me escribió: “La experiencia del aborto tiene una enorme capacidad para herir o sanar, depende de cómo se lleve e interprete. Como bien sabes, son muchísimas las mujeres que pasan por esta experiencia inconscientemente, dejando a su cuerpo la difícil (y a veces peligrosa) tarea de comunicar sus sentimientos no resueltos.” Este libro de Kris es específicamente revolucionario porque ayuda a las mujeres a buscar a tientas su camino a través de la experiencia, y así sanarla. Se ha usado eficazmente en varias clínicas de abortos.
El clima cultural de cualquier época histórica tiene profundo efectos sobre el bienestar emocional y físico en general de las personas de esa época. Se calcula que en la década de 1840, la mitad de todos los embarazos acababan en aborto. Actualmente, a medida que aumenta el poder de las mujeres, también aumenta la retórica antiabortista. Aunque  a ninguna cultura le ha sido desconocido el aborto, las investigaciones de Carroll Smith-Rosenberg documentan que éste se convierte en un problema político sólo cuando hay “alteraciones importantes en el equilibrio de poder entre hombres y mujeres, y en el de los hombres como cabeza de familia sobre sus tradicionales dependientes.” Durante estos periodos, estos cambios se reflejan en leyes concernientes al derecho de las mujeres a controlar su fertilidad.


Northrup, C. Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer. Urano.



[1] Conocí a una ginecóloga de China, quien me contó que había realizado 20.000 abortos. En China sólo se permite un hijo por pareja, y a veces ni siquiera uno. El aborto se practica corrientemente como control de la natalidad. Si una pareja tiene más de un hijo, los padres podrían perder un empleo o sufrir otras sanciones. En consecuencia, las parejas chinas eligen abortar los fetos femeninos, y ahora toda una generación de varones jóvenes no tienen mujeres suficientes de su edad para formar pareja, hecho que, aunque trágico, parece ser un cruel tipo de justicia.
[2] Carroll Smith-Rosenberg, Disorderly Conduct: Visions of Gender in Victorian America, Oxford University Press, Nueva York, 1986.

martes, 20 de noviembre de 2012

Nuestra fertilidad


Tomar el asunto en nuestras manos
Siempre he pensado que las mujeres de la antigüedad tenían que conocer la manera de controlar su fertilidad mediante métodos que se han perdido en la noche de los tiempos. En medicina china hay 24 puntos de acupuntura o  digitopresión que se llaman Puntos Prohibidos. Cuando Jeanne Blum, terapeuta holística que trabaja con digitopresión, comenzó a investigar estos puntos, descubrió que se los llamaba “prohibidos” justamente por su capacidad para poner fin a un embarazo. Pero además descubrió que si las mujeres aprendían cuáles eran esos puntos y cómo estimularlos manualmente en el momento oportuno, podían controlar también sus ciclos a voluntad. Así pues, el sistema de los Puntos Prohibidos puede, con la práctica, emplearse como una forma de control de la natalidad o para acabar con un embarazo en su primera fase. Aunque no he logrado encontrar estudios que documenten el uso de estos puntos de esta manera, el continuo trabajo de Jeanne Blum con muchas clientas y las experiencias que le han relatado mujeres que han puesto en práctica lo que dice en su libro son testimonio de la efectividad de este sistema si se aplica correctamente. Los puntos y las instrucciones completas de este sistema para utilizarlo bien se encuentran en su libro Woman Heal Thyself: An Ancient Healing System for Contemporary Women (Charles Tuttle, 1996). Estos mismo puntos se pueden estimular para aliviar y sanar el síndrome premenstrual, la endometriosis, la dismenorrea y otros problemas menstruales.

Concepción y anticoncepción conscientes
Si las mujeres deseamos mejorar nuestra posición personal y profesional en el mundo, no tenemos otra opción que responsabilizarnos de nuestras creaciones y recuperar nuestro poder. Esto es particularmente cierto cuando se trata de tener hijos. Las mujeres hemos llegado a un momento de nuestra historia planetaria en que debemos aprender a procrear a partir de una decisión consciente, no simplemente para llenar un vacío interior ni para retener a un hombre. Estos motivos para concebir son restos de una programación tribal inconsciente que ya no nos beneficia.(…)
A las mujeres que están considerando la posibilidad de concebir les recomiendo que dediquen un tiempo a meditar y a orar junto con su pareja en busca de orientación respecto a la perspectiva de tener un hijo. Las mujeres tibetanas tradicionales siempre dedican un tiempo a la oración y la meditación antes de concebir. No todas son muy evolucionadas. Cuando la mujer eleva sus vibraciones mediante la oración y la meditación conscientes, hace más probable que conciba un alma de mentalidad similar. Esto se puede hacer incluso en el caso de considerar la posibilidad de ser madre soltera por inseminación de un donante. Lo importante es que la mujer vea su cuerpo como un canal para un nuevo espíritu y se rinda a la experiencia, que esté receptiva a todo lo que ésta tiene para enseñarle. (Si estás considerando la posibilidad de ser madre soltera, te recomiendo el libro Single Mothers by Choice [Times Books, 1994], de Jane Mates, asistenta social; para más información sobre la maternidad como solteras, visita www.singlemothers.org)
Todos los métodos anticonceptivos existentes en la actualidad tienen su lugar: píldoras, dispositivos intrauterinos, diafragmas, condones y el resto (…). Desgraciadamente, muchos médicos no presentan con objetividad los métodos de control de la natalidad. Cuando estaba estudiando y durante mis prácticas como residente, existía la tendencia de imponer los anticonceptivos orales como el método óptimo, y a restar importancia a la fiabilidad del diafragma y los condones. Esto no ha cambiado en más de treinta años, lo cual no es de extrañar, dada nuestra actitud cultural de controlar el cuerpo femenino. La píldora (y ahora el parche) es fácil de recetar, fácil de tomar (o usar), muy fiable y muy cómoda. Podemos usarla para manipular el ciclo menstrual, y evitar así las reglas totalmente o los fines de semana. En resumen, encaja en nuestro ideal cultural. La píldora anticonceptiva es el medicamento que más se ha estudiado en la historia. Por desgracia, dado que se fabrica con hormonas no bioidénticas, tiene más efectos secundarios de los que debería.
Muchos otros métodos anticonceptivos requieren más educación acerca del cuerpo y una participación más activa de la que exige la píldora. Esos métodos no encajan en la agenda normal de un médico muy ocupado. Muchos médicos piensan que las mujeres no querrán usar los métodos barrera como el diafragma, los preservativos y la espuma anticonceptiva porque han visto demasiados “fracasos”. Esto es cierto de algunas mujeres, pero no de todas. Los informes demuestran que en las mujeres que son usuarias ideales (que usan el método correctamente cada vez), los métodos barrera, e incluso el de “percepción de la fecundidad” (planificación familiar natural) pueden ser eficaces en un 95 a 98 por ciento.
Es importante distinguir entre el fracaso del método anticonceptivo y el fracaso de la mujer de usarlo correctamente. Muchas mujeres están socialmente condicionadas a  estar disponibles para el acto sexual sin involucrar a su pareja en la responsabilidad de la anticoncepción. Muchas mujeres están relacionadas con hombres que no colaboran en la anticoncepción y que piensan que eso es responsabilidad de la mujer. Aunque me gustaría decir que no vale la pena tener relaciones sexuales con esos hombres, sé que eso no siempre es posible, sobre todo en las situaciones tan corrientes en que hay problemas de violencia doméstica; evidentemente, para las mujeres que están en esta situación es mejor usar un método anticonceptivo que no requiera la colaboración masculina. Entre estos métodos están las píldoras, el parche, NuvaRing, el DIU, Depo-Provera, la ligadura de trompas y el preservativo femenino Reality. Los métodos que requieren una participación consciente de la pareja, como los condones, sencillamente no son apropiados para estas mujeres. De hecho, cuando el Departamento de Salud Pública de Filadelfia ofreció un rustido de métodos anticonceptivos a un grupo de mujeres de ingresos bajos, en su mayoría eligieron el preservativo femenino porque este método les daba más control sobre el riesgo de embarazo e infección a que habrían estado expuestas de no usarlo.
Para elegir el método anticonceptivo apropiado, la mujer debe decidir sinceramente en qué lugar está en su propia vida, y cuánta responsabilidad está dispuesta a asumir en su fecundidad. Algunas mujeres ni siquiera quieren pensar en llegar a conocer sus fases de ovulación ni observar su mucosidad cervical, y mucho menos están dispuestas a insertarse un diafragma antes de cada acto sexual. Eso es válido, y con frecuencia les va bien con la píldora u otro método “automático”. Otras mujeres prefieren métodos barrera, como el diafragma, y yo animo a usar esos métodos también, pero sólo a aquellas mujeres que se comprometen a usarlos conscientemente. He trabajado repetidamente con mujeres que se han hecho tres o cuatro abortos por no usar los llamados anticonceptivos “no naturales”; la píldora habría sido una mejor opción para esas mujeres, dado su comportamiento sexual; pero ellas se negaban a poner algo “no natural” en su cuerpo. Yo digo que no hay nada natural en el aborto, cuando la mujer no usa conscientemente su método anticonceptivo “natural”. Estas mujeres, si bien son conscientes respecto de los alimentos y al medio ambiente, suelen sufrir la división entre la mente y el cuerpo que todos hemos heredado: piensan que estar disponible sexualmente sin pedir a su pareja que comparta la responsabilidad forma parte de ser una mujer deseable. Esto es una lástima, dado particularmente que hay tantas maneras de expresarse sexualmente sin el riesgo de embarazos no intencionados (…). Recomiendo a todas las mujeres que hagan el mayor esfuerzo posible por poner en primer lugar sus necesidades sexuales y de fertilidad en toda relación. Hacerlo requiere valor y apoyo.

Northrup, C. Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer. Una guía para la salud física y emocional. Urano.

lunes, 12 de noviembre de 2012

El sistema energético femenino



Comprender que los pensamientos y emociones afectan al funcionamiento de la energía en el cuerpo femenino nos sirve para descifrar el lenguaje único de nuestro cuerpo individual. La localización de una enfermedad, es decir, dónde se produce, tiene un significado psíquico y emocional. Pautas mentales y emocionales concretas están relacionadas con lugares específicos del cuerpo. Los pensamientos, emociones y comportamientos se reflejan o quedan estampados simultáneamente en el cerebro, la médula espinal, los diversos órganos, la sangre, el tejido linfático (inmunitario) y el campo electromagnético que rodea todas estas zonas. Entender las diferentes formas dinámicas de energía que nuestro cuerpo origina y en las cuales actúa, va a servirnos para valorar cómo se manifiestan en el cuerpo individual las energías positivas o negativas.

El continuo materia-energía

El sistema vibratorio del cuerpo va cambiando siempre, y la posibilidad de sanar o de enfermar está presente en todo momento. Las células precancerosas, por ejemplo, se producen con regularidad; pero sólo forman cánceres invasores cuando se deterioran los controles internos. La energía mental y emocional entra y sale de forma física con regularidad, oscilando en el continuo formado por energía y materia, partículas y ondas. (…) Dicho muy sencillamente, la energía mental puede volverse física en el cuerpo.
Cuando tenemos un estrés emocional constante no resuelto en un determinado aspecto de la vida, este estrés se registra en nuestras vibraciones como una perturbación que puede manifestarse en forma de enfermedad física. He aquí como ocurre: cuando estamos obsesionadas por alguien o por algo, o seguimos aferradas a pensamientos o comportamientos autodestructivos, el cuerpo pierde energía vital. Cuando nos obsesionamos, obstruimos la energía (chi, ki, prana o qi) en un proceso negativo que la desvía de nuestras células, con lo cual se interrumpen los procesos celulares vitales. (…)
Percibir el cuerpo como un campo energético que pierde energía nos es útil para entender y comenzar el proceso de curación. (…)
Muchas veces no somos conscientes de esas pérdidas de energía. Pero si continúan sin ser sanadas, la consecuencia suele ser el malestar corporal. Los síntomas corporales pueden servirnos para llevar la atención a esa zona de modo que pueda comenzar la curación. (…)

La energía de la Tierra
Las filosofías orientales tradicionales describen la profunda interacción entre la energía de la Tierra y la del cuerpo físico humano, y la fuerte conexión entre la energía femenina y la atracción natural de la Tierra. Entender que la naturaleza de la mujer, con sus flujos y sus reflujos, es positiva y poderosa, nos da la oportunidad de sanar y vivir en forma equilibrada y sana.
Según algunas creencias orientales, el cuerpo de las mujeres difiere del de los hombres en que la energía de la Tierra sube por nuestro cuerpo y lo penetra. Esta energía femenina “atrae hacia adentro”, es una fuerza centrípeta, y es irresistible. Es tan poderosa, que si se vive en un ambiente familiar, la mayoría de los miembros de la familia giran alrededor de la persona que tiene la mayor energía centrípeta (generalmente la madre), y cuando ya no está la notan agudamente. Los hijos se guardan sus quejas para contárselas a su madre al final del día si ella no ha estado en casa. Mis hijas siempre necesitaban saber en qué parte de la casa estaba. Si salía de una habitación, antes de que pasara un minuto me llamaban: “Mamá, ¿dónde estás?”. Cuando eran más pequeñas siempre tenían que estar conmigo en la misma habitación. No pude darme un baño sola hasta que la mayor tenía alrededor de nueve años. En cambio, cuando las niñas eran pequeñas, mi ex marido tenique estar ausente mucho más tiempo que yo para que ellas lo notaran. Esa energía centrípeta de la mujer está en funcionamiento cuando se pone al bebé al pecho, y cuando acepta el pene en su vagina (si es heterosexual) y su óvulo envía señales químicas a los espermatozoides para que naden hacia él. Esta potente energía está presente no sólo en nuestra biología sino también en el corazón y la mente, en forma de nuestros sueños y deseos únicos. Cuando la mujer encuentra el valor para expresar esos deseos, a sí misma y a otras personas, no tarda en descubrir que su irresistible energía centrípeta la ayuda a hacerlos realidad.
Michio Kushi, el maestro de macrobiótica que fue el primero en ilustrar y escribir sobre esta forma de energía para lectores occidentales, señala que la fuerza centrípeta de la Tierra que sube por los pies está presenta también en los hombres, así como la fuerza del cielo, que baja y entra en el cuerpo por la cabeza (fuerza centrífuga), está también presente en las mujeres. Lo que difiere es el grado en que está presente cada energía. En general, en las mujeres hay más energía de la Tierra que sube. Me han dicho que las mujeres del pueblo navajo usan faldas porque eso aumenta el acceso del cuerpo a esa energía de la Tierra a través del círculo que forma la falda (véase figura 1). La tradición lakota sostiene que la energía de la mujeres durante la menstruación (llamada periodo lunar) baja en espiral en sentido inverso a las manecillas del reloj, y entra en la Tierra. (Debido a eso las mujeres que están menstruando no participan en las ceremonias de sauna, porque su energía está reñida con la energía en espiral hacia arriba de la ceremonia.)
La energía centrípeta es una fuerza conectora que influye en todas las personas que nos rodean, porque las mujeres tendemos a ser el centro de la vida familiar, las que asumimos la responsabilidad psicológica del bienestar de los demás miembros de la familia. Por lo tanto, cuando una mujer mejora su vida, generalmente toda la familia se beneficia (tenga hijos o no). Ella marca el tono. El bienestar de la familia y el de la sociedad dependen de que las mujeres sanemos y nos mantengamos sanas. Parte de la creación de salud es entender el poder de la energía femenina y sus implicaciones. La salud de los seres queridos de una mujer está directamente ligada a su salud personal. Por lo tanto, nos debemos a nosotras mismas primero tomarnos el tiempo que necesitamos para sanar, para estar sanas, felices y completas. No se puede apagar la sed de otra persona si se tiene el vaso vacío.



Northrup, C. Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer. Urano.

domingo, 30 de septiembre de 2012

La fase folicular y lútea



El propio ciclo menstrual refleja el modo en que la conciencia se convierte en materia y el pensamiento crea la realidad. En el plano estrictamente físico, durante el período comprendido entre la menstruación y la ovulación (llamado <<fase folicular>>), se desarrolla y crece un óvulo, mientras en el interior de la pared del útero también comienzan a formarse colecciones circulares de células del sistema inmunitario llamadas <<agregados linfoides>>. En el plano más amplio de las ideas y la creatividad, esta primera mitad del ciclo es también una muy buena época para iniciar nuevos proyectos. Una investigadora amiga mía me dice que durante esta parte de su ciclo tiene la máxima energía para poner en práctica ideas para nuevos experimentos. La ovulación, que ocurre a mitad del ciclo, viene acompañada por un brusco aumento de la hormona foliculoestimulante (HF) y la hormona luteinizante (HL). El aumento del nivel de estrógeno que lo acompaña se ha relacionado con un aumento de la actividad del hemisferio derecho (capacidad visual y espacial, como la de dibujar un cubo o entender un mapa). Pero esto podría ser contrarrestado por la simultánea cima en la producción de testosterona, que aumenta la capacidad visual-espacial y también la libido. La ovulación representa la creatividad en su grado máximo; la base biológica de esto podría ser la oleada de HF y HL que la acompaña y el consiguiente aumento de la producción hormonal. Las semanas siguientes a la ovulación conducen a la menstruación; este es un periodo de evaluación y reflexión, en que se contempla lo que se ha creado y los aspectos negativos o difíciles de nuestra vida que necesitamos cambiar o modificar. Mi amiga investigadora observa que durante esta parte de su ciclo prefiere hacer tareas rutinarias que no requieran mucha participación de otras personas ni pensamiento expansivo por su parte.
Nuestro ciclo creativo biológico y psíquico va paralelo a las fases de la Luna; en estudios recientes se ha descubierto que el sistema inmunitario del tracto reproductor también es cíclico: llega a su punto máximo durante la ovulación y después mengua. Desde épocas muy antiguas, algunas culturas han llamado <<lunares>> a los períodos menstruales. Cuando las mujeres viven en ambientes naturales, su ovulación tiende a ocurrir durante la Luna llena, y la regla y el periodo de reflexión durante la fase oscura de la Luna. Hay datos científicos que sugieren que los ciclos biológicos, así como los ritmos de los sueños y las emociones, están regulados por la Luna y las mareas, y también por los planetas. Concretamente, la Luna y las mareas interaccionan con el campo electromagnético de  nuestro cuerpo, influyendo por consiguiente en nuestros procesos fisiológicos internos. La propia Luna tiene una fase en que está cubierta por la oscuridad, y después, a partir de la Luna nueva, lentamente se nos vuelve a hacer visible y va creciendo hasta llenarse. 
 
Las mujeres también pasamos por un periodo de oscuridad cada mes, periodo en que nuestra fuerza vital parece desaparecer (fases premenstrual y menstrual). No tenemos por qué tener miedo ni pensar que estamos enfermas si nos menguan la energía y el ánimo durante unos cuantos días cada mes. En muchas partes de India es perfectamente aceptable que las mujeres aminoren su ritmo de trabajo y descansen más durante la menstruación. He llegado a comprender que todo tipo de enfermedades relacionadas con el estrés disminuirían muchísimo si sencillamente siguiéramos la sabiduría de nuestro cuerpo una vez al mes. Demetra George escribe entonces, en la oscuridad de la Luna, cuando <<la vida se limpia, revitaliza y se transforma en su desarrollo evolutivo en espiral hacia la sintonía con su naturaleza esencial>>. Hay estudios que demuestran que muchas mujeres comienzan su periodo menstrual durante la fase oscura de la Luna (Luna nueva) y empiezan a sangrar entre las cuatro y las seis de la mañana, la parte más oscura del día. Muchas mujeres, entre ellas yo, hemos observado que el primero o los dos primeros días de la regla sentimos el deseo de ordenar la casa o el lugar de trabajo, hacer limpieza de los armarios y de nuestra vida. La limpieza biológica natural va acompañada de una limpieza psíquica.
 
Si no quedamos biológicamente embarazadas durante la ovulación, pasamos a la segunda mitad del ciclo, la fase lútea, es decir, la que va desde la ovulación hasta el comienzo de la menstruación. Durante esta fase, de modo natural nos retiramos de la actividad exterior y nos dedicamos más a la reflexión. Nos volvemos más hacia el interior, preparándonos para desarrollar o dar nacimiento a algo que procede de lo más profundo. La sociedad no se muestra tan entusiasta por esta fase como por la fase folicular. Así pues, juzgamos <<malas e improductivas>> la energía, las emociones y a introversión premenstruales.
Dado que por lo general nuestra cultura sólo valora lo que podamos entender racionalmente, muchas mujeres tienden a bloquear en toda ocasión el flujo de información <<lunar>> inconsciente que les llega antes de la menstruación o durante ella. La información lunar es reflexiva e intuitiva.Nos la transmiten los sueños, las emociones y los anhelos. Se nos presenta bajo la capa de la oscuridad. 

 Cuando bloqueamos rutinariamente la información que nos llega durante la segunda mitad del ciclo menstrual, ésta no tiene otra alternativa que volver como síndrome premenstrual o el llamado furor menopáusico, igual como nuestros otros sentimientos o síntomas corporales suelen causar enfermedades si no les hacemos caso.
 La fase lútea, desde la ovulación hasta el comienzo de la menstruación, es la fase en que las mujeres están más sintonizadas con su saber interior y con lo que no funciona en su vida. Se ha demostrado que los sueños son más frecuentes y más gráficos durante las fases premenstrual y menstrual del ciclo. Antes de la menstruación es más delgado el <<velo>> que separa los mundos visible e invisible, lo consciente de lo inconsciente; tenemos acceso a partes con frecuencia inconscientes del yo que nos son menos accesibles en otros momentos del mes. De hecho, se ha demostrado experimentalmente que antes de la menstruación se activa más el hemisferio cerebral derecho, es decir, la parte relacionada con el conocimiento intuitivo, mientras que disminuye la actividad del hemisferio izquierdo; curiosamente, también aumenta la comunicación entre ambos hemisferios. La fase premenstrual es, por lo tanto, un periodo en que tenemos más acceso a nuestra magia, a nuestra capacidad de reconocer y transformar los aspectos más difíciles y dolorosos de nuestra vida. Antes de la menstruación estamos más sintonizadas de modo natural con lo que tiene más sentido en nuestra vida; somos más propensas a llorar, pero las lágrimas siempre están relacionadas con algo que tiene sentido para nosotras. Diversos estudios de la doctora Katerina Dalton han documentado que las mujeres son más emotivas antes de la menstruación, tienden más a desahogar la rabia, son más propensas a los dolores de cabeza y al cansancio, y es posible incluso que experimenten una exacerbación de enfermedades ya existentes, como la artritis, por ejemplo. Mientras estemos desconectadas de nuestras partes ocultas vamos a sufrir antes de la menstruación. Años de experiencia personal y clínica me han enseñado que los problemas premenstruales dolorosos o desagradables son siempre reales y deben tratarse.
Es necesario creer en la importancia de los problemas que nos surgen antes de la menstruación. Aunque es posible que nuestro cuerpo y nuestra mente no expresen estos problemas e inquietudes del modo como lo harían durante la primera parte del ciclo (los llamados días buenos), nuestra sabiduría interior ciertamente nos pide que le prestemos atención. Una mujer me contó, por ejemplo, que siempre que está en la fase premenstrual se inquieta por la casa, el coche y las inversiones que están solamente en nombre de su marido. Cuando se lo dice, él le contesta: <<¿Y qué hay de malo en eso? ¿Acaso no confías en mí?>>. Yo a eso lo llamaría <<chequeo>> premenstrual de una realidad que necesita atención. Un hombre me explicaba que durante la fase folicular su esposa era fabulosa, estaba siempre alegre y animada, tenía la casa en orden y cocinaba; pero que después de la ovulación se <<dejaba estar>> y hablaba de volver a estudiar y salir más. Yo le dije que esos problemas que surgen antes de la menstruación deberían tomarse en serio, y le pedí que considerara que las necesidades de su mujer eran para su pleno desarrollo personal. Le señalé que ese comportamiento difícil antes de la menstruación era su manera de expresar sus necesidades. ¡Claro que ella también necesita aprender a expresar verbal y francamente sus necesidades!
Durante todo el ciclo menstrual hay una estrecha relación entre la psique de la mujer y el funcionamiento de sus ovarios. Antes de la ovulación estamos extrovertidas y animadas; durante la ovulación estamos muy receptivas hacia los demás, y después de la ovulación (antes de la menstruación) estamos más introvertidas y reflexivas. Un asombroso estudio realizado en los años treinta apoya mis observaciones. La doctora Therese Benedek, psicoanalista, estudió las historias psicoterapéuticas de un grupo de pacientes mientras su colega el doctor Boris Rubenstein estudiaba los ciclos hormonales ováricos de esas mismas mujeres. Fijándose en el contenido emocional de la mujer, la doctora Benedek era capaz de decir con increíble precisión en qué fase de su ciclo menstrual estaba. Los autores escribieron: <<Nos complace y sorprende descubrir una correspondencia exacta de las fechas de ovulación determinadas independientemente por los métodos>>, es decir, el material psicoanalítico contrastado con los hallazgos fisiológicos. Descubrieron que antes de la ovulación, cuando el nivel de estrógeno está en su cúspide, las emociones y el comportamiento de las mujeres estaban dirigidos hacia el mundo exterior. Durante la ovulación, sin embargo, se sentían más relajadas y contentas y estaban muy receptivas al cariño y la atención de los demás. Durante la fase postovulatoria y premenstrual, cuando es el nivel de progesterona el que está en la cúspide, las mujeres tendían más a centrarse en sí mismas y estaban más interesadas por actividades orientadas hacia el interior. Curiosamente, en las mujeres que tenían reglas pero no ovulaban, los autores encontraron ciclos similares de emociones y comportamiento, sólo que alrededor de la fecha en que la ovulación debía haberse producido, estas mujeres no sólo no presentaban la ovulación, sino que tampoco tenían las emociones que suelen acompañarla; es decir, no estaban relajadas, ni contentas, ni receptivas a la atención de otras personas.
Dada nuestra herencia cultural y las creencias acerca de la enfermedad en general y del ciclo menstrual en particular, no es difícil entender cómo las mujeres han llegado a equiparar su fase premenstrual con una enfermedad o maldición y no a considerarla un periodo para la reflexión y la renovación. De hecho, se ha demostrado experimentalmente que el lenguaje empleado por nuestra cultura para referirse al útero y a los ovarios afecta al ciclo menstrual de las mujeres; una mujer a la que, en estado hipnótico, se le dicen cosas positivas respecto a su ciclo menstrual, es mucho menos propensa a sufrir molestias relacionadas con la menstruación. Por otra parte, en un estudio se comprobó que las mujeres a las que se le hizo creer que tenían problemas premenstruales cuando en realidad no los tenían, decían que experimentaban más síntomas físicos adversos (retención de líquido, dolor e irritabilidad) que las mujeres de otro grupo a las que se le hizo creer que no tenían problemas premenstruales. Estos estudios son excelentes ejemplos de cómo los pensamientos y creencias tienen el poder de influir en las hormonas, la bioquímica y la experiencia subsiguiente.




 Northrup, Christiane. Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer: una guía para la salud física y emocional. Urano.