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sábado, 1 de febrero de 2014

CHRISTIANE NORTHRUP Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer Una guía para la salud física y emocional.

Compartimos un fragmento del principio de este libro, escrito por una médica ginecóloga que descubrió el poder del cuerpo de las mujeres a partir de su propia experiencia y que a raíz de eso se comprometió y fue más allá; logrando dar cuenta de las falencias que la medicina tradicional ejerce, sometiendo a mujeres todos los días, a través de sus prácticas. Dejamos aquí esta primer parte como un señuelo hacia el libro completo. De forma introductoria, CHRISTIANE NORTHRUP caracteriza las herencias culturales que el <> produce y reproduce, en detrimento de la mujer.


El mito patriarcal y el sistema adictivo

La conciencia crea el cuerpo. Nuestro cuerpo está hecho de sistemas energéticos dinámicos influidos por la dieta, las relaciones, la herencia y la cultura, y la interacción entre todos estos factores y actividades. No estamos ni siquiera próximos a entender cómo interaccionan entre sí nuestros sistemas corporales y mucho menos cómo interaccionan con los de otras personas. Sin embargo, a lo largo de veinte años de ejercicio de la medicina, se me ha hecho evidente que no puede producirse curación para las mujeres mientras no hagamos un análisis crítico y cambiemos algunas de las creencias y suposiciones culturales que inconscientemente todas heredamos e interiorizamos. No podemos esperar recuperar nuestra sabiduría corporal y nuestra capacidad innata para crear salud sin comprender primero la influencia de nuestra sociedad en lo que pensamos de nuestro cuerpo y en nuestra manera de cuidarlo.

Nuestra herencia cultural

Durante los cinco últimos milenios, la civilización occidental ha descansado sobre la mitología del patriarcado, la autoridad de los hombres y los padres. Si, como dice Jamake Highwater, «todas las creencias y actividades humanas nacen de una mitología subyacente», entonces es fácil deducir que si nuestra cultura está totalmente «regida por el padre», nuestra visión del cuerpo femenino e incluso nuestro sis- tema médico también siguen leyes de orientación masculina. Sin embargo el patriarcado es sólo uno de los muchos sistemas de organización social posibles.
Incluso así, no seremos capaces de crear otro tipo de organización social mientras no nos sanemos dentro de la cultura en que estamos. He estado incontables veces en la sala de partos cuando nace una niña, y la mujer que la ha dado a luz mira a su marido y le dice: «Lo siento, cariño». ¡Le pide disculpas porque el bebé no es un varón! Es terrible presenciar cómo se rechaza a sí misma la madre al pedir disculpas por el producto de sus nueve meses de gestación y el laborioso parto. Sin embargo, cuando nació mi segunda hija, me horroricé al oír surgir en mi cerebro esas mismas palabras de disculpa a mi marido, provenientes del inconsciente colectivo de la raza humana. No las dije en voz alta, pero aparecieron en mi cabeza, con absoluta espontaneidad. Entonces comprendí qué antiguo es y qué arraigado está este rechazo de lo femenino tanto en los hombres como en las mujeres.
Nuestra cultura da a las niñas el mensaje de que su cuerpo, su vida y su feminidad exigen pedir disculpas. ¿Has notado con qué frecuencia pedimos disculpas las mujeres? Hace poco iba yo por la calle cuando un hombre chocó con una mujer que iba caminando tranquilamente e hizo que se le cayera un paquete al suelo. Pues fue ella quien se deshizo en disculpas. En algún recóndito lugar de nuestro interior llevamos una disculpa por el hecho mismo de existir. Anne Wilson Schaef escribe: «El pecado original de nacer mujer no se redime por las obras». Por muchos títulos que obtengamos en la universidad, por muchos premios que recibamos, en cierto modo nunca damos la talla. Si hemos de pedir disculpas por nuestra existencia desde el día en que nacemos, podemos suponer que el sistema médico de nuestra sociedad nos va a negar la sabiduría de nuestro cuerpo de «segunda clase». En esencia, el patriarcado proclama a voz en grito el mensaje de que el cuerpo femenino es inferior y debe ser dominado, controlado.
Nuestra cultura niega habitualmente lo insidiosos y omnipresentes que son los problemas relacionados con el sexo. En el ejercicio de mi trabajo, descubrí que el abuso sexual contra las mujeres es epidémico, ya sea sutil o descarado. Y he visto cómo ese abuso prepara el camino para la enfermedad en el cuerpo femenino. Consideremos los siguientes datos: un estudio realizado por la doctora Gloria Bachmann estima que un 38 por ciento de las mujeres adultas de Estados Unidos sufrieron abusos sexua- les en la infancia. Dado que es corriente no denunciar estos abusos, sólo entre un 20 y un 50 por ciento de estos incidentes llegan a conocimiento de las autoridades, de modo que el porcentaje podría ser mayor. Una de cada tres mujeres residentes en Estados Unidos tienen posibilidades de ser violadas alguna vez en su vida, y el 50 por ciento de las mujeres casadas son golpeadas al menos una vez en su vida conyugal. La investigación de la doctora Leah Dickstein ha documentado que el maltrato conyugal es la causa de uno de cada dos intentos de suicidio entre las mujeres negras, y uno de cada cuatro entre las blancas. Estudios realizados por Lori Hesse, del Instituto World Watch, señalan que, en todo el mundo, mueren cuatro veces más niñas que niños de desnutrición porque el alimento se da de preferencia a los niños. En China, se calcula que cada dos semanas 440.000 niñas son abandonadas o entregadas en adopción. Según el informe de las Naciones Unidas sobre la situación de la mujer, las mujeres hacen dos tercios del traba- jo del mundo por salarios equivalentes a un décimo de los salarios mundiales, y poseen menos de un centésimo de las propiedades del mundo. Un destacado estudio sobre la discriminación sexual en las escuelas, realizado por la Asociación de Mujeres Universitarias de Estados Unidos, confirmó un anterior informe que decía que, comparados con las chicas, los chicos tienen cinco veces más probabilidades de que los profesores les presten atención, y ocho veces más probabilidades de que se les haga participar en la clase.

El patriarcado produce adicción

La manera judeocristiana de ver el mundo que inspira la civilización occidental considera que el cuerpo y la sexualidad femeninos, representados en la persona de Eva, son los responsables de la caída de la humanidad. Durante miles de años las mujeres han sido golpeadas, maltratadas, violadas, quemadas en hogueras y culpadas de todo tipo de males simplemente por ser mujeres. En esta era de cambios rápidos, nos olvidamos de que las mujeres no obtuvimos el derecho al voto hasta 1920.
En 1949, en su libro El segundo sexo, Simone de Beauvoir escribió: «El hombre goza de la gran ven- taja de tener a un dios que respalda las leyes que escribe. Y puesto que el hombre ejerce una autoridad soberana sobre las mujeres, es particularmente afortunado que esta autoridad se la haya otorgado el Ser Su- premo. Para los judíos, mahometanos y cristianos, entre otros, el hombre es el amo por derecho divino; el temor de Dios reprimirá por lo tanto cualquier impulso hacia la revuelta entre las pisoteadas mujeres». La creencia de que los hombres están destinados a mandar sobre las mujeres está muy arraigada en muchas tradiciones occidentales.
La organización patriarcal de nuestra sociedad exige que las mujeres, sus ciudadanas de segunda clase, no hagan caso de sus esperanzas y sueños, o se aparten de ellos, por deferencia hacia los hombres y las exigencias de su familia. Esta obstrucción o negación de nuestras necesidades de autoexpresión y autorrealización nos causa un enorme sufrimiento emocional. Para no conectar con ese sufrimiento, corrientemente las mujeres hemos recurrido a substancias adictivas y hemos desarrollado comportamientos adictivos que han tenido por consecuencia un interminable ciclo de malos tratos que nosotras mismas hemos contribuido a per- petuar. Al ser maltratadas o maltratarnos a nosotras mismas, nos enfermamos. Cuando nos enfermamos, somos tratadas por un sistema médico patriarcal que denigra nuestro cuerpo. Muchas no recibimos una buena atención médica o ni siquiera la misma atención médica que reciben los hombres por las mismas enfermedades. Con mucha frecuencia empeoramos o contraemos problemas de salud crónicos, para los cuales el sistema médico no tiene respuestas ni tratamientos. Este es el ciclo que caracteriza nuestra atención médica actual. Y cada vez somos más las mujeres que descubrimos que esforzarnos por «triunfar como un hombre» también pone en peligro nuestro cuerpo.
Anne Wilson Schaef escribe que «cualquier cosa se puede usar de modo adictivo, ya sea una substancia (como el alcohol) o un proceso (como el trabajo). Esto se debe a que la finalidad o función de una adicción es poner un amortiguador entre nosotras mismas y nuestra percepción de nuestros sentimientos. Una adicción nos sirve para insensibilizarnos, para desentendemos de lo que sabemos y de lo que sentimos». Lo bueno es que cuando reconocemos y dejamos salir nuestro sufrimiento emocional, nos conectamos inmediatamente con nuestros sentimientos, los cuales pueden actuar de sistema orientador o guía interior. Está claro que necesitamos un nuevo tipo de actitud y sabiduría médicas que nos ayude a ponernos en contacto con nuestro dolor interior como primer paso hacia la sanación.
Ver esa conexión entre la adicción y el patriarcado ha sido esencial en mi comprensión de los comportamientos que se ocultan tras los principales problemas de salud de las mujeres. Lamentablemente, la palabra «patriarcado» suele ir acompañada de acusaciones a los hombres, pero la acusación es uno de los comporta- mientos claves que mantienen a las personas atascadas en sistemas que las dañan. Ni las mujeres ni los hombres ni la sociedad en su conjunto pueden avanzar y sanar mientras un sexo culpe al otro. Tenemos que deci- dirnos a avanzar y dejar atrás las acusaciones. Tanto los hombres como las mujeres perpetuamos el sistema en que vivimos con nuestros comportamientos adictivos cotidianos. Dando el nombre de «sistema adictivo» al patriarcado, Schaef ha hecho un progreso importantísimo en nuestra comprensión de los problemas de la sociedad. Demuestra que el modo como funciona nuestra sociedad es perjudicial tanto para los hombres como para las mujeres y que ambos sexos participamos plenamente en este sistema. Le estoy muy agradecida por sus penetrantes percepciones, las cuales comento a lo largo de todo este libro. Dar el nombre de «sistema adictivo» al patriarcado y ver los modos en que este sistema es perjudicial tanto para los hombres como para las mujeres no disminuye de ninguna manera la importancia del feminismo ni sus perspectivas. Caí en la cuenta de que esas perspectivas han hecho importantes aportaciones al pensamiento médico cuando, justo después de acabar mi periodo de prácticas como residente, encontré la siguiente entrada en el índice de la edición de 1980 del venerable libro de texto Williams Obstetrics: «Machismo, cantidades variables de, pp. 1-1102», es decir, todo el libro. ¿Qué corrector o encargado de realizar el índice insertó esa entrada en protesta anónima? Probablemente nunca lo sabremos.
Me gusta la definición de feminismo que da Sonia Johnson, porque contiene una visión de sanación: «Feminismo es la expresión hablada de las antiquísimas cultura y filosofía marginales basadas en valores que el patriarcado ha etiquetado de “femeninos”, pero que son necesarios para toda la humanidad. Entre los principios y valores del feminismo que más se diferencian de los del patriarcado están la igualdad universal, la solución no violenta de los problemas y la colaboración con la naturaleza, entre nosotros y con las demás especies».


Creencias fundamentales del sistema adictivo

Te animo a hacer un intento por comprender de qué modo participas en la sociedad adictiva. Cuando tomes más conciencia de tu papel en este bucle de interacciones, mejorará tu salud como persona y nuestra salud como sociedad. Comprueba si te suenan ciertas las siguientes descripciones de nuestras actitudes culturales con respecto a la mujer y la salud, descripciones que podrían servirte para ser más consciente de tu cuerpo y de tus problemas de salud.

Primera creencia: La enfermedad es el enemigo
Los sistemas adictivos han sido correctamente definidos como sociedades que están preparándose para la guerra o recuperándose de ella. Estas sociedades elevan los valores de la destrucción y la violencia por encima de los valores del sustento y la paz. Sólo tenemos que mirar lo que gasta nuestra sociedad en armamentos y defensa para ver dónde están sus valores, dado que la cantidad de dinero que gasta una sociedad en algo es una medida del valor que tiene ese algo en esa sociedad. El dinero que se destina a armas por minuto podría alimentar a dos mil niños desnutridos durante un año, y el precio de un carro de combate militar podría pro- porcionar aulas para treinta mil alumnos.
En consecuencia, el sistema médico establecido explica nuestro cuerpo no como un sistema diseñado homeostáticamente para tender a la salud, sino más bien como una zona en guerra. Abundan las metáforas militares en el lenguage médico occidental. La enfermedad o el tumor es «el enemigo» que hay que eliminar a toda costa. Rara vez, o nunca, se la considera un mensajero que intenta llamar nuestra atención. Incluso el sistema inmunitario, cuya función es mantenernos en equilibrio, se explica [en inglés] con terminología mili- tar, con sus linfocitos T «destructores» [en inglés, killer, que matan]. No hace mucho en nuestro centro, en una discusión en grupo sobre un tumor, uno de los radiólogos dijo: «Las municiones que hemos disparado sobre esa zona [la pelvis en este caso] no han logrado limpiarla de la enfermedad».
Creo que la predilección médica moderna por los medicamentos y la cirugía para tratar la enfermedad forma parte del enfoque agresivo patriarcal, o adictivo, de la enfermedad. Aquello que es natural y no tóxico se considera inferior a la «artillería pesada» de los fármacos, la quimioterapia y la radioterapia. Se hace caso omiso de los métodos de tratamiento naturales no farmacológicos que producen beneficios bien estudia- dos y documentados, como el toque terapéutico, por ejemplo. Se denigran los tratamientos que ofrecen cuidados complementarios; tampoco se presta atención a los estudios que demuestran su valor. Un ejemplo clásico de estudio descartado, y hay muchos, es uno sobre los efectos de la oración. Este estudio se realizó verdaderamente con el método de doble ciego: ni los médicos, ni las enfermeras ni los enfermos sabían por quié- nes se estaba orando. Pero el resultado fue que los enfermos de una unidad coronaria de cuidados intensivos por quienes estaba orando un grupo de personas que no sabían por quiénes oraban, quedaron con menos probabilidades de sufrir un infarto, de necesitar resucitación cardiopulmonar o respiración artificial (intubación endotraqueal), de sufrir de infección o neumonía y de necesitar medicamentos diuréticos que los en- fermos de la unidad por quienes no se oró.
Si un medicamento demuestra tener un efecto tan increíble, se consideraría no ético no usarlo. Dados los beneficios y la total ausencia de efectos secundarios de la oración, a un verdadero científico le fascinarían esos resultados y desearía estudiar aún más sus efectos. Sin embargo, cuando el doctor Bernie Siegel puso este artículo en el tablero de anuncios de la sala de médicos de su hospital, a las pocas horas ya un colega había escrito en la primera página: «CHORRADAS».
El sistema adictivo subordina el cuerpo al cerebro y a los dictados de la razón. Con frecuencia nos enseña a no hacer caso del cansancio, del hambre, de la incomodidad o de nuestra necesidad de cuidados y cariño. Nos condiciona a considerar el cuerpo un adversario, sobre todo cuando nos da mensajes que no quere- mos oír. Nuestra cultura suele tratar de matar al cuerpo como mensajero junto con el mensaje que trae. Sin embargo, el cuerpo es el mejor sistema sanitario que poseemos, si sabemos escucharlo.

Segunda creencia: La ciencia médica es omnipotente
Se nos ha enseñado que nuestro sistema de cuidado de la enfermedad nos ha de conservar sanos. Estamos condicionados socialmente a acudir a los médicos cuando estamos preocupados por nuestro cuerpo y nuestra salud. Se nos ha inculcado el mito de los dioses médicos, que los médicos saben más que nosotros sobre nuestro cuerpo, que el experto tiene la cura. No es de extrañar que cuando les pido a las mujeres que me digan lo que les pasa a su cuerpo me respondan: «Eso dígamelo usted, que es la médica». Para algunas mujeres los médicos son figuras de autoridad, junto con su marido y los sacerdotes. Ahora bien, cada mujer sabe más de sí misma que cualquier otra persona.
La ambivalencia de la mujer hacia su cuerpo y su propio juicio la perjudica psíquicamente. No hace mucho me decía una mujer: «No confío en los médicos; no me gusta la medicina. Sin embargo, me obsesionan y estoy siempre examinándome a ver qué me funciona mal. Voy a muchos médicos en busca de respuestas, y después me enfado cuando lo único que me ofrecen son fármacos y cirugía». Otras mujeres rechazan las alternativas cuando se las ofrecen, porque están convencidas de que sólo los fármacos o la cirugía las podrán ayudar. Sea como fuere, la mayoría de las mujeres están entrenadas para buscar las respuestas fuera de ellas, porque vivimos en una sociedad en la cual los supuestos expertos desafían y subordinan nuestro juicio, una sociedad en la cual no se respeta, no se alienta e incluso no se reconoce nuestra capacidad para sanar o estar sanas sin una ayuda externa constante.
En mi calidad de médica, se me formó para ser paternalista, la experta sabelotodo externa. La gente, a su vez, está condicionada a creer que los médicos son los modelos de comportamiento sano. Mis pacientes siempre temen, por ejemplo, que yo las voy a reprender porque han pasado un año sin hacerse una citología, algo que yo también he hecho de vez en cuando. Según informes de la Universidad de California, el 50 por ciento de los médicos no tienen médico de cabecera, algo que todos los médicos recomiendan a sus pacientes. El 20 por ciento de los médicos no hacen ningún tipo de ejercicio, sólo el 7 por ciento creen que beben «demasiado» alcohol, y el 50 por ciento de las médicas ni siquiera se hacen el autoexamen mensual de las mamas. Sin embargo, la gente entrega regularmente el control de su salud a esos modelos de vida no sana.
La propia medicina tiene un enfoque muy patológico. Los científicos rara vez estudian a las personas sanas, y cuando personas que sufren alguna enfermedad crónica o mortal se recuperan completamente, desafiando los pronósticos médicos estadísticos, los profesionales de la salud suelen creer que sus diagnósticos debieron de estar equivocados, en lugar de investigar por qué esas personas se han recuperado tan bien. En la Facultad de Medicina yo practicaba con personas enfermas o muertas. Se me formó en lo que podía ir mal. Se me enseñó a prever todo lo que podría ir mal y a estar preparada para ello. En mi especialidad de obstetricia y ginecología, se me enseñó que el proceso normal del parto es un «diagnóstico retrospectivo», y que por cualquier motivo al azar, puede convertirse en un desastre, en cualquier momento y sin aviso. Cuando los médicos no ponemos en tela de juicio estas enseñanzas, el miedo y la tensión que llevamos a la sala de partos aumenta la ansiedad de la parturienta, lo cual produce cambios hormonales en su cuerpo que, si no se interrumpen, propician un torrente de hechos fisiológicos que conducen a un elevado índice de partos disfuncionales y con cesárea.
Nuestra cultura y su sistema médico adictivo creen que la tecnología y los exámenes nos van a salvar, que es posible controlar y cuantificar todas las variables, y que si tenemos más datos de más estudios podremos mejorar nuestra salud, curar las enfermedades y vivir eternamente felices. Para los estadounidenses y sus médicos, hacer más equivale a mejorar el servicio médico. También creemos que podemos «comprar» una respuesta con el suficiente dinero. Tampoco en este caso confiamos en nuestra guía interior ni en nuestra capacidad de sanar.
Los médicos piden muchos análisis y exámenes porque temen no estar seguros. Se les enseña a comportarse como si fuera intolerable no estar seguros. Cuanta más información tienen, más confiados se sienten de la validez de sus diagnósticos, aun cuando su confianza en la información no esté justificada. Los pacientes, por su parte, se sienten igual de incómodos con la incertidumbre de sus médicos. Desean saber las cosas de un modo absoluto. Por ejemplo, cuando mis pacientes me preguntan acerca del herpes genital, quieren saber: «¿Cómo lo cogí?», «¿Cómo sé si no se lo voy a contagiar a alguien?». Es absolutamente imposible con- testar a estas preguntas con una certeza absoluta.

Tercera creencia: El cuerpo femenino es anormal
Dado que ser hombre se considera la norma en el sistema adictivo, la mayoría de las mujeres interiorizan la idea de que hay algo que está fundamentalmente «mal» en su cuerpo. Se las induce a creer que deben con- trolar muchos aspectos de su cuerpo y que sus olores y formas naturales son inaceptables. La sociedad ha condicionado a las mujeres a pensar que su cuerpo es esencialmente sucio, que requiere una constante vigilancia de su limpieza y su «frescura», para no «ofender». Por naturaleza, las mujeres tenemos más grasa corporal que los hombres. Además, dada la mejor alimentación en las últimas décadas, en la actualidad somos también más voluminosas que nuestras madres y abuelas. Sin embargo, las modelos de alta costura, que representan nuestro ideal cultural, pesan un 17 por ciento menos que la mujer estadounidense normal. No es de extrañar entonces que la anorexia nerviosa y la bulimia sean diez veces más corrientes entre las mujeres que entre los hombres y que vayan en aumento.
Esta denigración del cuerpo femenino ha sido la causa de que muchas mujeres tengan miedo de su cuerpo y sus procesos naturales o sientan repugnancia por ellos. Muchas, por ejemplo, jamás se tocan los pechos ni quieren saber lo que sienten en ellos, porque tienen miedo de lo que podrían descubrir. Es posible que se sientan culpables si los tocan, equiparando eso con la masturbación, ya que los pechos son eróticos para los hombres, lo cual es otra señal de cuán completamente hemos cedido nuestro cuerpo a los hombres.
Tanto entre los profesionales de la salud como entre las propias mujeres se ha convertido en norma habitual considerar enfermedades que precisan tratamiento médico incluso funciones corporales tan naturales como la menstruación, la menopausia y el parto. Da la impresión de que la actitud de que nuestro cuerpo es un accidente a la espera de ocurrir se interioriza a una edad muy temprana, y esto dispone el escenario para la relación futura de la mujer con su cuerpo. Dado lo que se nos enseña, no es extraño que la mayoría nos sinta- mos mal preparadas para relacionarnos con —y confiar en— nosotras mismas. Nos han «medicalizado» el cuerpo desde antes de que naciéramos.
Nuestra cultura teme todos los procesos naturales: nacer, morir, sanar, vivir. Diariamente se nos en- seña a tener miedo. Cuando mi hija mayor tenía siete años, estaba un día en el jardín con su padre podando unos arbustos. De pronto comenzó a llorar y entró corriendo en casa con el dedo ensangrentado. Se había hecho un corte con el filo de una hoja del arbusto. Cuando yo tranquilamente le puse el dedo bajo un chorro de agua fría y vi que la heridita era muy pequeña, ella me miró y me dijo lo que yo considero un principio de sanación importantísimo: «Sólo cuando me asusté comenzó a dolerme».
Dado que nuestra cultura venera la ciencia y cree que es «objetiva», pensamos que todo lo que lleva la etiqueta de «científico» tiene que ser cierto. Creemos que la ciencia nos va a salvar. Pero la ciencia, tal como se practica en la actualidad, es un edificio construido con todos los prejuicios del sistema adictivo en general. En realidad no existe el «dato totalmente objetivo»; el sesgo cultural determina qué estudios merecen continuarse y cuáles se han de dejan de lado. Nadie es inmune a esta conducta; todos tenemos nuestras vacas sagradas. Una vez, en un congreso médico, uno de los ponentes dijo: «La mente humana es un órgano diseñado especialmente para crear anticuerpos contra las nuevas ideas».
Muchos de los procedimientos que se realizan rutinariamente en el cuerpo femenino en particular no se basan en absoluto en datos científicos, sino que tienen su raíz en los prejuicios contra la sabiduría y el po- der curativo innatos del cuerpo. Muchos de estos procedimientos tienen su origen en opiniones emocionales sobre las mujeres, provenientes de generaciones anteriores. Ejemplo de esto son las episiotomías que se practican rutinariamente en el parto (el corte del tejido situado entre la vagina y el recto, que supuestamente da más espacio para la cabeza del bebé). Estudios recientes han demostrado que la episiotomía aumenta la he- morragia, el dolor y el riesgo de lesiones perdurables en el suelo pelviano, algo que las comadronas llevan años diciendo. La episiotomía se ha practicado y continúa practicándose en el parto simplemente porque los tocólogos que lo hacen están seguros de que «protege» de lesiones el suelo pelviano. Sólo hace muy poco que se ha comenzado a poner en duda la conveniencia de este procedimiento, cuando los estudios han demostrado que no es útil y que incluso puede ser dañino.

miércoles, 16 de octubre de 2013

¿Quién pone el cuerpo?

A siete años de sancionada la ley que consagra el derecho de cualquier persona adulta a optar por la ligadura tubaria o la vasectomía, el balance habla de muchas mujeres poniendo el cuerpo a una operación que exige anestesia total y una internación de por lo menos dos días y de muy pocos hombres que piden una intervención con anestesia local, sin posoperatorio y fácil de revertir. ¿Las razones? Inequidad de género, falta de información y prejuicios tanto de los beneficiarios como de los servicios de salud.

Por Mariana Fernández Camacho

Provincia de Buenos Aires, 2005
“Al Sr. director del hospital: me dirijo a usted con el motivo de solicitar que se me realice ligadura de trompas. Tengo 32 años, tengo siete hijos y los siete son con cesáreas. Estamos de acuerdo yo y mi marido. Desde ya muchas gracias. Estoy de 31 semanas.”

Provincia de Buenos Aires, 2005
“Sr. director del hospital: solicito por la presente, nuevamente, se me realice una ligadura de trompas en mi próxima cesárea. Estoy cursando el quinto mes de mi décimo embarazo. En el último de ellos no se me realiza la ligadura por no tener el informe que se habría realizado autorizándome. Mis antecedentes constan en la historia clínica, el servicio de obstetricia y en el comité de bioética del hospital. A la espera de una respuesta satisfactoria. Atentamente...”

La ley nacional Nº 26.130, hace siete años, incorporó la ligadura de trompas de Falopio y la vasectomía como métodos electivos de anticoncepción definitivos en los servicios del sistema de salud, a partir de la autodeterminación de las personas mayores de edad y sin necesidad de consentimientos conyugales, indicaciones terapéuticas o autorizaciones judiciales. Se daba fin así a un largo camino de gestiones y de evaluaciones psicológicas, sociales y médicas que legitimaban (o no) deseos personales de otras. De esas otras mujeres que a través de cartas pedían al Estado ser escuchadas, y exponían su intimidad y sus dolencias empeñadas en obtener permiso para actuar sobre su propia vida. Mujeres que consiguieron transformarles la vida a todas.

En su libro Salud reproductiva y derecho a decidir. Experiencias sobre ligadura de trompas en la provincia de Buenos Aires –donde se recogen las cartas cuyos fragmentos son acápite de esta nota–, la licenciada Liliana Siede exploró la gestación del proceso de decisión de mujeres que se acercaron a hospitales públicos de la provincia de Buenos Aires para evitar tener más hijos, antes de la sanción de la ley. Para la mayoría de las mujeres de la muestra, llevar a cabo una ligadura de trompas significó sentir que por primera vez en sus vidas tomaban solas una decisión. Según Siede, la experiencia sobre el propio cuerpo enseña a construir valores: “Como si el apropiarse de decidir no tener más hijos quedara inscripto en un tiempo definido de cambio, de una necesidad interior que da lugar a una nueva etapa con otras perspectivas”.

Luces y sombras

Patricia Urbandt es especialista en bioética, coordinadora del centro quirúrgico en el Hospital Interzonal Especializado Materno-Infantil de la ciudad de Mar del Plata, y una testigo de los últimos 30 años del sistema de salud público: “Desde residente he pasado por todas las etapas. He conocido a médicos que decían ‘Esta señora no puede tener más hijos porque no tiene dientes, el marido está sin trabajo, se le murieron dos nenes, basta’ y entonces decidían la ligadura de trompas sin avisarle a la mujer, hasta ahora que con la ley las embarazadas piden las cesáreas para hacerse la ligadura aunque ésa no sea la indicación. Es decir, se pasó de una actitud paternalista por parte de los profesionales a otra donde a veces parece que el médico estuviera en un negocio vendiendo cosas. Con la operación de cesárea hacen dos por uno y se privilegia la distribución operativa de recursos físicos y materiales. Yo creo que las mujeres tienen derecho a elegir, pero sobre todo tienen derecho a saber y a estar informadas, porque no se están cambiando el color de pelo, se están haciendo algo de carácter permanente”.

Ante la falta de estadísticas, algunos estudios que a partir de la ley vienen siguiendo la evolución de la lisis tubaria en el partido de General Pueyrredón de la provincia de Buenos Aires reflejan que el 50 por ciento de las mujeres que hicieron uso de su derecho eran menores de 30 años, llegando a un 25 por ciento las menores de 25 (cifras relevadas entre septiembre de 2006 y agosto de 2011). También se evidencia un constante incremento en el número de prácticas realizadas en hospitales públicos y la aparición con mayor frecuencia de mujeres de entre 18 y 21 años que piden turno para operarse.

En sus cuadernillos informativos, desde el Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable del Ministerio de Salud enumeran el tener menos de 25 años y desconocer otras opciones de métodos anticonceptivos entre los factores de riesgo de arrepentimiento a la ligadura. Se plantea además que una adecuada consejería preoperatoria es fundamental y que las arrepentidas son más cuando se ligan las trompas durante una cesárea.

En este punto, Urbandt abre el fuego: “Se debe partir de una idea central: la ligadura tubaria es una opción anticonceptiva permanente (la más gravosa), entre varias otras disponibles que tienen carácter reversible. Por eso, este tipo de intervención no puede funcionar en forma aislada de la normativa vigente en materia de salud reproductiva y procreación responsable. Si las mujeres recurren a la ligadura de trompas de Falopio como único método de anticoncepción por la fácil accesibilidad, el bajo costo que les genera, su innecesario control posterior y la alta efectividad, no podemos hablar de una opción legítima alcanzada entre otras alternativas válidas. Sería muy positivo que los jueces y efectores de salud pusieran el mismo celo que mostraron para ordenar y acordar las esterilizaciones por vía amparo, para hacer cumplir las leyes de salud reproductiva. No es posible, por ejemplo, que existan períodos en los que un hospital discontinúe la provisión de preservativos o anticonceptivos orales e inyectables. Es de esencial importancia que se encuentren disponibles los insumos para que todos los esfuerzos de información, educación y ejercicio de la autonomía personal no caigan en el vacío, ni se concentren sólo sobre una opción drástica de planificación familiar para las mujeres en edad fértil”.

Poner (siempre) el cuerpo

La operación de las mujeres consiste en la oclusión bilateral de las trompas de Falopio para que no se unan las gametas (óvulo-espermatozoide) y evitar los embarazos. En la vasectomía se realiza el corte de los conductos deferentes, por donde viajan los espermatozoides. El resultado es semen estéril. En general, se usa anestesia local y no requiere reposo. Ese mismo día el hombre vuelve a su casa y al siguiente puede ir a trabajar. En cambio, el post de la lisis tubaria es compleja, y si se realiza durante la cesárea se trata de una doble intervención que puede necesitar entre 48 y 72 horas de internación. Por otro lado, el nivel de eficacia de la vasectomía es del 99 por ciento, y a su vez tiene un porcentaje más alto de reversibilidad que la ligadura de trompas.

Es importante, además, echar por tierra los mitos que se le endosan a la esterilización masculina: no disminuye la libido, ni se goza menos, ni se tienen pocas erecciones y eyaculaciones. Todo sigue igual (de bien o mal) que antes de la intervención.

Para Urbandt, la defensa del género también tiene que ver con reclamar que alguna vez el cuerpo lo ponga el otro: “La mayoría de los métodos anticonceptivos están preparados y pensados para la mujer, aquí y en el mundo. Hay una cuestión de machismo que hace que el varón ni siquiera se coloque el preservativo, entonces la anticoncepción siempre recae sobre nosotras, con las consecuencias que cada método conlleva. Somos las mujeres las que ponemos el cuerpo para reproducirnos y para dejar de reproducirnos. Tenemos que entender que la reproducción es responsabilidad compartida, del varón y de la mujer. ”

Fuente:
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-8321-2013-09-20.html

Información para decidir sobre nuestro cuerpo

Por Florencia Kot Hansen

En enero de 2012 empecé con un cuadro de mucha angustia y ansiedad que me impactó profundamente, dado que no tenía ningún motivo objetivo para estar mal: estaba de vacaciones, mis hijos estaban sanos y hermosos, con mi pareja habíamos llegado a un momento de estabilidad óptima y mi trabajo me gustaba. Sin embargo, como el cuadro no mejoraba, con el correr de las semanas consulté a un psiquiatra, que me recetó un antidepresivo.

Pero el cuadro no desapareció y lo que me llamó la atención fue que se agudizaba con los síntomas premenstruales. Entonces decidí hacer lo que todos desaconsejan: buscar respuestas en Internet. Quería saber si existía alguna relación entre los dolores menstruales, el uso del Dispositivo IntraUterino (DIU), la ansiedad y la angustia. En mi primera búsqueda en español, sólo aparecieron vínculos relacionados con el DIU hormonal. Repetí la búsqueda pero esta vez en inglés. Fue como abrir la caja de Pandora. Con gran sorpresa descubrí que el DIU de cobre, el cual me fue presentado por el obstetra como un método barrera e inocuo, en realidad funciona gracias a la interacción del cobre con el organismo. El cobre impide que se genere la pared en el útero donde anidan los óvulos fecundados y, además, es altamente espermicida. El rol del cobre es primordial en este método anticonceptivo, tanto como lo son las hormonas en el DIU hormonal. Después de cruzarme con varios foros donde cientos de mujeres presentaban cuadros similares al mío (cuadros de depresión, ansiedad y pánico que aparecen de la nada), me enteré de que, al parecer, un exceso de cobre en el organismo puede generar, entre otros, síntomas de depresión, ansiedad, pánico, acné, pérdida de cabello. Tuve todos estos síntomas. Ninguno de los profesionales que consulté admitieron la relación de éstos con el DIU. Todos coincidían en señalar que la cantidad de cobre es mínima para producir algún efecto nocivo en la salud.

Como mujer y como feminista, me resulta doloroso “embarrarle la cancha” a un método anticonceptivo tan eficaz para tantas mujeres. Sin embargo, creo que todas tenemos derecho a tomar una decisión informadas, todas debemos saber qué riesgos estamos asumiendo a la hora de optar por un anticonceptivo y evaluar si realmente vale la pena. En http://cuidadoconeldiudecobre.wordpress.com/ estoy subiendo en castellano la información que voy encontrando. Mi objetivo es acercar esta información a la población de habla hispana y abrir un interrogante acerca de la real inocuidad del DIU. Lo vivido, lo leído y lo investigado me llevan a pensar que hay mucho más que lo informado en los prospectos. Los invito a leer y sacar sus propias conclusiones.


Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/20-7685-2012-11-30.html


lunes, 15 de octubre de 2012

Factores nutricionales en el dolor menstrual y en el síndrome premenstrual


de Società Scientifica di Nutrizione Vegetariana (Italia)
por el Dr. Neal D. Barnard

Para muchas mujeres los trastornos de la función menstrual pueden suponer un gran fastidio y en algunos casos incluso impedir el seguimiento normal de las actividades diarias. Más de un 10% de mujeres y adolescentes sufren de dolor menstrual muy severo cuya causa no se logra identificar. Sin embargo, en algunos casos, este dolor puede tratarse de uno de los síntomas presentes en la endometriosis (una condición en la que las células que normalmente estarían en el útero se desplazan a la cavidad abdominal), adenomiosis (existencia de islas de células uterinas dentro de la pared del músculo uterino), fibromas (presencia de un crecimiento anormal de células musculares en las paredes del útero), u otras patologías 1. Los factores nutricionales juegan un papel muy importante en el control y alivio del dolor menstrual.
El síndrome premenstrual se caracteriza por sentimientos de tensión, hipersensibilidad e irritabilidad así como por síntomas físicos tales como retención de líquidos. Al igual que ocurre con el dolor menstrual, la nutrición también influye en el control de este síndrome.
Uno de los tratamientos que se están evaluando es el seguimiento de una dieta vegetariana con bajo contenido graso que seguida con precisión ha mostrado efectos muy positivos en la reducción de la cantidad de estrógeno en la sangre, en ocasiones hasta extremos asombrosos 2-12. Algunas mujeres que evitan el consumo de productos de origen animal y restringen los aceites vegetales a un nivel mínimo experimentan una reducción considerable del dolor menstrual, algo atribuible presumiblemente al efecto de la dieta sobre las hormonas.
Existen diversas razones por las que la dieta que sigamos afecta a las hormonas. Para empezar, al reducir la cantidad de grasa de los alimentos consumidos, se reduce la cantidad de estrógeno en la sangre. Esto ocurre con todas las grasas - tanto las animales como las vegetales.
Además los productos vegetales contienen fibra lo que facilita la eliminación de estrógenos del cuerpo. El hígado filtra estrógenos de la sangre y los envía a un diminuto tubo llamado conducto biliar que se encargará de transportarlos al aparato digestivo. Una vez allí la fibra de los cereales, legumbres, verduras y frutas absorbe los estrógenos como si de esponjas se tratasen. Si la dieta se compone de alimentos vegetales fundamentalmente, se contará con suficiente fibra en el organismo. Sin embargo cada vez que se consuman yogures, pollo, huevos u otros productos de origen animal la cantidad de fibra en la dieta se reduce, porque la fibra sólo existe en los vegetales. Sin una ingesta de fibra adecuada, los estrógenos del aparato digestivo son reabsorbidos hacia la sangre.
Algunos alimentos típicos de las dietas vegetarianas tienen efectos especiales. Los productos derivados de la soja contienen fitoestrógenos que son estrógenos vegetales muy débiles que reducen la capacidad natural que los estrógenos poseen de acoplarse a las células. El resultado es una menor estimulación estrogénica de las células.
Además se ha demostrado que si se sigue una dieta vegetariana baja en grasas el dolor asociado a la menstruación puede disminuir considerablemente y está comprobado que las mujeres vegetarianas padecen de menos trastornos relacionados con la ovulación. Los investigadores han descubierto que los estrógenos en exceso juegan un papel importante en los síntomas del síndrome premenstrual también, y que reducir el contenido de alimentos grasos en la dieta para aumentar el de alimentos vegetales ricos en fibra es beneficioso.13
Un enfoque dietético
Una dieta que ha sido muy exitosa en diferentes individuos ha sido la que prescinde de alimentos de origen animal y reduce hasta niveles mínimos el consumo de aceites vegetales. Nuestra experiencia nos dice que se debe de seguir la dieta de modo muy estricto para asegurarse de que funcione a la perfección. Esto significa que no se deben consumir productos de origen animal en absoluto - ni siquiera leche desnatada ni huevos. El consumo de aceites vegetales ha de ser mínimo. Aunque el aceite de oliva y la mantequilla de cacahuete son sin ninguna duda mejores que las grasas del pollo o de la ternera en lo referente a niveles de colesterol, su efecto sobre las hormonas es lo que nos preocupa aquí, y todas las grasas -animales y de aceites vegetales- deben evitarse ya que todas ellas provocan que el organismo elabore cantidades extra de estrógeno.
Así pues,además de no ingerir productos de origen animal, es importante prescindir de aliños para ensaladas con aceite, patatas fritas, mantequilla, margarina, aceites para cocinar y grasas utilizadas para hacer galletas y dulces. También parece ser importante hacer este cambio en los hábitos alimenticios durante todo el mes y no sólo en los días previos a la menstruación.
No cabe ninguna duda de que esto supone un gran cambio respecto a la dieta seguida habitualmente. Sin embargo, una breve prueba te mostrará si funciona en tu caso personal. Sus efectos se hacen notar desde el primer o segundo mes tras implantar el cambio. También es una forma excelente para controlar tu peso sin tener que contar calorías. Algunas personas también notan que otros problemas, como las migrañas, son menos comunes con este tipo de dieta. Para probar si un cambio dietético te resultará útil, te sugerimos que sigas una dieta vegetariana baja en grasas muy estrictamente durante dos meses.
Hagamos ahora un breve repaso a los factores fundamentales de una nutrición completa. Siguiendo una dieta vegetariana es sencillo obtener todos los nutrientes necesarios y sólo se ha de prestar atención especial a la vitamina B12.
Proteínas: El obtener la cantidad adecuada de proteínas no supone ningún problema para los vegetarianos, pues los alimentos vegetales contienen bastantes proteínas. Cualquier alimentación variada compuesta por productos de origen vegetal aporta más que suficientes proteínas para las necesidades del cuerpo.
Calcio: En hortalizas de hoja verde y en legumbres se encuentra una abundante cantidad de calcio. Otra buena fuente de calcio es el zumo de naranja fortificado. Además, al seguir una dieta vegetariana, la cantidad de calcio que se pierde a través de los riñones cada día es inferior a la que un individuo omnívoro desperdicia.
Hierro: El balance de hierro suele ser mejor en aquellos que siguen una alimentación puramente vegetariana. Las hortalizas de hoja verde y las legumbres (alubias, lentejas y guisantes) son fuentes muy ricas de hierro y de muy fácil absorción por el cuerpo humano. Si no se consumen productos lácteos el efecto será todavía mejor, ya que éstos no aportan prácticamente nada de hierro y en realidad pueden impedir la absorción de este mineral.
Vitamina B12: Es indispensable para un sistema nervioso y sanguíneo sano. Fuentes de B12 vegetarianas son la leche de soja o cereales, pero se recomienda tomar algún suplemento a diario para evitar deficiencias. Aunque la mayoría de las autoridades sanitarias coinciden en que sólo es necesario ingerir suplementos de vitamina B12 si se ha seguido una dieta vegetariana estricta durante más de tres años, o durante la infancia, durante el embarazo o en fase de amamantamiento, nosotros sugerimos utilizar suplementos desde los primeros meses como vegetariano, sobre todo para adoptar el hábito de asegurar una nutrición completa.
Para menús, recetas e información adicional, sugerimos que consulte los libros "Eat Right, Live Longer" ("Comer bien para vivir más años", Editorial Paidós) o "Food for Life", escritos por el Dr. Neal Barnard, "The Peaceful Palate" de Jennifer Raymond, cualquiera de los libros de nutrición del Dr. John McDougall, o los libros de cocina de Mary McDougall.
Otros factores nutricionales que pueden empeorar o mejorar los síntomas relacionados con la menstruación son los siguientes:
ácidos grasos esenciales
Como bien es sabido diferentes tipos de grasas reaccionan de modo diferente en tu cuerpo. Las grasas animales contienen una cantidad elevada de grasa saturada, que es el tipo de grasa que se solidifica a temperatura ambiente, mientras que los aceites vegetales contienen más grasas no saturadas, que son líquidas. Además de esta diferencia obvia, hay muchas otras sutiles diferencias entre los distintos tipos de grasas.
La grasa influye en la producción de prostaglandinas en tu cuerpo. Estos agentes químicos naturales están implicados en la inflamación, el dolor, las contracciones musculares, los vasos sanguíneos, y la coagulación de la sangre. Se cree que las prostaglandinas juegan un papel muy importante en el dolor menstrual, migrañas y dolores gastrointestinales ya que muchos de los medicamentos empleados para tratar dolores menstruales inhiben los efectos de las prostaglandinas 14.
La gente que sigue una alimentación variada con abundantes ácidos grasos omega-3 no suele tener síntomas menstruales muy severos. Algunas personas varían su balance de grasas intentando añadir a su dieta cantidades extra de aceites omega-3 como los que se encuentran en el aceite de lino o aceites de pescado para de este modo contrarrestar el efecto negativo de las grasas de las carnes y productos lácteos. Desgraciadamente esta estrategia incrementa considerablemente la cantidad de grasa en la dieta, lo que a largo plazo puede afectar a nuestra salud en diferentes aspectos.
Una estrategia más recomendable sería el seguir una dieta rica en hortalizas de hoja verde y legumbres (alubias, guisantes y lentejas) y que prescinda de carnes y derivados lácteos. El resultado será una dieta equilibrada con un contenido más alto de ácidos omega-3 14.
Vitamina B-6
En diferentes estudios se ha demostrado que la vitamina B-6 (piridoxina) reduce el dolor. Se ha utilizado para aumentar la resistencia al dolor en personas adictas a antiinflamatorios (para liberarse de dolores de cabeza) y que desean dejar de depender de éstos, y también ha ayudado a gente con síndrome del túnel carpiano, dolores de las terminaciones nerviosas relacionados con la diabetes y dolor de la articulación de la mandíbula (TMJ) 15.
De algún modo, no es nada sorprendente, puesto que se sabe desde hace tiempo que el organismo utiliza esta vitamina para fabricar neurotransmisores, las sustancias que conducen los mensajes en los nervios, incluyendo aquellas que afectan al modo en que sentimos el dolor.
La vitamina B-6 no afecta a la condición que causa el dolor sino al dolor en sí mismo. Por ejemplo, cuando se trata con B-6 a pacientes que sufren del síndrome de túnel carpiano o diabetes, la vitamina no parece afectar a la enfermedad directamente pero ayuda a reducir el dolor. También se ha demostrado su eficacia para reducir depresiones, irritabilidad y otros síntomas en ciertos estudios de investigación16,17.
Las vitaminas del grupo B parecen jugar un papel importante en el control de los estrógenos, ya que facilitan su expulsión vía hígado. Si tu dieta es baja en vitaminas B, el nivel de estrógenos en sangre puede incrementarse considerablemente.18
Las fuentes de B-6 más saludables son los cereales integrales, las legumbres, los plátanos y los frutos secos. Los cereales refinados pierden una gran cantidad de vitamina B-6 junto con la fibra. Las dietas norteamericanas y europeas tradicionales es más probable que sean deficientes en vitamina B-6, ya que su elevada ingesta de proteínas procedentes de la carne, los productos lácteos y los huevos, requieren una cantidad extra de vitamina B-6.
FUENTES SALUDABLES DE
VITAMINA B-6 (contenido en miligramos)
 Fuente Cantidad
 Nueces 7.3
 Harina de soja 7.2
 Aguacates 4.2
 Harina de maíz 2.5
 Patatas (crudas) 2.5
 Pan de trigo integral 1.8
 Guisantes (crudos) 1.6
 Espinacas 1.5
Los estudios que han usado suplementos de vitamina B-6 normalmente utilizan dosis entre 50 y 150 miligramos diarios. Siempre se han de tomar suplementos bajo supervisión médica. No se aconseja en consumo de cantidades superiores ya que pueden acarrear problemas en los nervios. Los suplementos de B-6 tardan al menos 3 meses en actuar.
Azúcar
El consumo de azúcares simples puede contribuir notablemente a crear sentimientos de irritabilidad y depresión. Los investigadores han descubierto que el azúcar aumenta la cantidad de ciertos neurotransmisores cerebrales que son los encargados de controlar nuestro humor. Sin embargo ha de tenerse en cuenta que cada individuo es un caso diferente en cuanto a cómo el consumo de azúcar le afecta. Para algunas mujeres, especialmente antes de la menstruación, una chocolatina o cualquier otro alimento con un alto nivel de azúcar (incluso un zumo de naranja) puede causar un dramático aumento de la irritabilidad, mientras que otras mujeres presentan una reacción más moderada.16
Es curioso que justo antes de la menstruación es cuando el cuerpo 'pide' chocolate y alimentos dulces, y es entonces cuando has de intentar evitar consumirlos para observar las diferencias en cómo te sientes.
Los alimentos con alto contenido en carbohidratos complejos y fibra, tales como el trigo integral, el arroz integral, la avena, las verduras y las legumbres, no parecen provocar irritación, mientras que alimentos de alto contenido proteico como legumbres o tofu tienden a bloquear el efecto negativo del azúcar sobre el estado de ánimo.
Calcio
Existen evidencias que muestran que un buen balance de calcio en nuestro cuerpo ayuda a reducir tanto el dolor relacionado con la menstruación como los síntomas premenstruales. No obstante, el efecto probablemente no es muy grande, y no todas las mujeres notan su efecto.
La creencia general es que un buen balance de calcio significa incrementar el consumo de éste notablemente con suplementos o productos lácteos. Y, ciertamente, los suplementos de carbonato cálcico reducen los incómodos síntomas premenstruales.19
Pero potencialmente es mucho más importante reducir la cantidad de calcio que el organismo está perdiendo continuamente. Los investigadores han demostrado claramente que el consumo de proteínas animales incrementa la pérdida de calcio al aumentar la cantidad de calcio que los riñones retiran de la sangre y excretan por la orina. Cuando se evita el consumo de proteínas de origen animal, las pérdidas de calcio se reducen a menos de la mitad que antes.20
Además se puede reducir la pérdida de calcio evitando una ingesta excesiva de sodio, limitando la cafeína (no se aconsejan más de dos cafés por día), evitando el tabaco, haciendo ejercicio regularmente, y asegurando la obtención de vitamina D bien mediante exposición solar o tomando un complejo vitamínico.
Manganeso
Un buen nivel de manganeso en el organismo repercute en la mujer reduciendo las fluctuaciones de humor y el dolor menstrual.21
Cafeína
El consumo de cafeína empeora notablemente la intensidad de los síntomas premenstruales y cuanta más cafeína se consuma -en forma de café, te, bebidas de cola o chocolate- más empeorará tu situación 22. Aunque dependiendo de las marcas pueden variar, estas son las cantidades aproximadas de cafeína en diferentes productos:
CONTENIDO DE CAFEíNA (en miligramos)
 Fuente Cantidad
 Café estilo rústico, 1 taza 115-180
 Café convencional, 1 taza 80-135
 Café instantáneo, 1 taza 65-100
 Té negro, 1 taza 30-50
 Coca-Cola, 20 onzas 77
 Pepsi, 20 onzas 63
 Chocolate, 1 onza 6-26
Comparte tus experiencias
A pesar del elevado número de mujeres que sufren de dolores menstruales y síndrome premenstrual, no se dedican demasiados estudios a esta condición. Es por ello que tu testimonio puede ser de vital importancia para muchas mujeres. Si quieres compartir tus experiencias al respecto y contar que métodos mejoran tu condición y que factores la empeoran, ponte en contacto con Neal D. Barnard, M.D., 5100 Wisconsin Avenue, Suite 400, Washington, D.C. 20016. Gracias.
Referencias
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2. Goldin BR, Adlercreutz H, Dwyer JT, Swenson L, Warram JH, Gorbach SL. Effect of diet on excretion of estrogens in pre- and postmenopausal women. Cancer Res 1981;41:3771-3.
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Este artículo procede originalmente del:
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