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viernes, 19 de octubre de 2012

La puerta mágica


Los saberes vinculados al parto como práctica autónoma (después los adjetivos proliferan y abundan: amoroso, natural, respetado, en casa, etc.) tienen una fuerza política que se desconoce o se desprecia cuando sólo se lo interpreta como una cuestión de moda. En todo caso, ese prejuicio intenta tapar la fuerza de un poder popular y de un saber de autogestión que obliga a las instituciones a revisarse y a la disciplina médica a pronunciarse. Que la moda hippie chic saque su tajada es inevitable. Lo que se vuelve políticamente insoslayable es poner en primer plano qué batallas dan muchísimas mujeres por su autonomía y cómo se construyen comunidades para enfrentar estos desafíos. Esos saberes muchas veces nos dan la oportunidad de conectar nuestra imaginación con rituales de todos los tiempos. Así fue el inicio del Encuentro Internacional para reflexionar sobre el parto y el nacimiento amoroso y respetado, realizado en La Casona de Flores.

Por Veronica Gago


Casi doscientas mujeres se juntaron en el patio de lo que hace un siglo fue un orfanato socialista para niñas. Estábamos alrededor de quienes oficiaban de maestras de ceremonias. El altar estaba servido: varios aguayos alfombraban el piso, invitaban a muchas a descalzarse y hacían creer que la tierra estaba inmediatamente debajo de esos colores brillantes. Había flores, se quemaron hojas de coca, y un perfume dulzón invadió el lugar. Todo con el murmullo sobrecogedor de una concentración de energía, de unas palabras mágicas que calientan el corazón, de una preparación para un día de fiesta.

Ellas, las que organizaban el primer anillo de la ronda, son parteras. Fueron convocadas por el Colectivo Editorial Madreselva. Mujeres familiarizadas con “la puerta mágica”, dicen riendo. “¿Saben lo que significa bruja?”, pregunta Vivian Camacho, nacida en Cochabamba, médica cirujana especializada en Bélgica. “Viene de la palabra neerlandesa ‘brug’: quiere decir ‘puente’. Esta ceremonia va por todas aquellas que murieron en las llamas por sus poderes fronterizos, por ser puentes entre la vida y la muerte, por ser expertas en ritos de pasaje. También por las que queremos para todxs todo, y porque para nosotras no es ajena ninguna injusticia del mundo.” La generosidad del discurso zapatista se cose con la cita velada del Che y el encuentro arranca.

FRIDA

En la villa 1.11.14 del Bajo Flores, esas prácticas y conocimientos autónomos son los que permiten denunciar el racismo hospitalario y la discriminación institucional, pero también recuperar la confianza en la red de vecinas y amigas que de boca en boca proveen recursos y ahuyentan juntas el miedo. “Nosotras mantenemos vivos nuestros saberes que hacen que la villa sea un territorio donde laten muchas cosas, un territorio vivo”, dice Frida Rojas, cochabambina que vive hace más de dos décadas en el Bajo Flores. Frida desde pequeña fue elegida por la partera de su barrio en Bolivia para que la asista y así se convirtió en una joven aprendiz. Ahora, todos en la villa 1.11.14 saben de doña Frida, porque su nombre circula a la hora de asistir a las niñas embarazadas o a una mujer que casi roza los cincuenta y le llegó un cuarto hijo que no esperaba.

“Nosotras nos fuimos haciendo conocidas porque peleamos. Hace algunos años cuando íbamos con nuestros aguayos por la ciudad nos miraban muy mal. Ni qué decir del hospital, que cuando envolvíamos a nuestros niñxs las enfermeras nos decían: ‘¡lo va a ahogar, lo va a matar!’” Hoy el aguayo estampa carteras, zapatillas y polleras (se consigue harto en Palermo, bromean por ahí), pero en los hospitales todavía despierta recelos.

“¿Por qué se les ocurre parir en día de fiesta?”, le dicen los médicos de guardia del Hospital Piñero a Celia, otra vecina boliviana del Bajo Flores, cuando llega en las vísperas de Navidad con su hija y fortísimas contracciones. La espera se hace infinita. Ellas mismas se ponen a trabajar. “Se salvó porque empezamos a gritar y porque después yo entraba a escondidas caldos que preparamos nosotras, especiales para las parturientas”, cuenta. “Nosotras ya sabíamos que a otra vecina del barrio cuando se le murió su hijo en el vientre le dijeron ‘no te hagas problema que vos el año que viene estás de nuevo acá pariendo’.” Ya son vox populi las acusaciones de parir como animales que los profesionales les dedican a las mujeres migrantes cuando se acuclillan o se meten en el baño para parir tranquilas. Muchas van al hospital para obtener su documento. Muchas otras ya se animan a hacerlo en el barrio. “Son nuestras rebeldías como mujeres las que nos dan fuerza para parir como queremos, sin la energía negativa que implica recibir esas miradas y palabras de desprecio por portación de piel”, dice Frida.

Esa sabiduría también penetra en algunas instituciones y grupos de profesionales y los convoca a modificar las cosas. Por eso, buena parte del auditorio de este encuentro en La Casona de Flores eran médicas y médicos de hospitales públicos. Sin embargo, la ridiculización como modo de reaccionar frente al desconcierto está siempre a la mano. Liza cuenta la cara de sorpresa del obstetra y de las enfermeras cuando pidió llevarse su placenta. Nunca había pasado en esa clínica y finalmente el médico autorizó. “¿Tenés cómo llevártela?”, atinó a preguntar aun descolocado. Liza dijo que sí mientras escuchaba el runrún de las enfermeras, que decían que seguro querría usarla para hacer cremas. “Ni se imaginan –dice Frida– que nosotros las enterramos porque son una nutrición fundamental para la tierra y porque es una forma de reciprocidad.” En Buenos Aires, en el Parque Avellaneda, donde hay un espacio sagrado de distintos colectivos de pueblos originarios, hay decenas de ellas enterradas como ofrendas. Y allí, la tierra agradecida.

La ley de parto humanizado promulgada en 2004 no es mágica, pero para Frida y las mujeres del Bajo Flores ha sido una herramienta para aprovechar. “Hicimos muchas fotocopias y ahí vamos pues al hospital con la fotocopia. Es importante, especialmente para las paisanas que no se animan a hablar o se inhiben cuando el doctor les habla duro, ahí nomás sacan la fotocopia. Las jovencitas están más cancheras, ya hicieron propia nuestra lucha.”

Frida es también experta en un saber ancestral llamado “manteo”, para lo cual siempre tiene su aguayo listo. Se trata de una técnica poderosa de movimientos y masajes que logra dar vuelta a los bebés que están mal ubicados cuando se acerca la hora del parto. “En el barrio lo hago muchísimo. Especialmente vienen las mujeres que en el hospital ya les programaron cesárea porque en las ecografías las guaguas están dadas vuelta. Así yo lo hago y luego los médicos ven la nueva ecografía y no lo pueden creer. Pero ellas no les dicen del manteo. Es nuestro secreto”, avisa de nuevo riendo.

ROSSINA

“El parto es una ceremonia tan poderosa que no podemos dejar de ir con nuestros muertos”, así empieza Rossina Torterolo, clínica obstétrica de la Escuela de Parteras de la Universidad de la República del Uruguay y del colectivo Nacer Mejor. “No es común hablar de la muerte cuando se habla de los nacimientos y ése es un problema porque están fuertemente ligadas”, dice esta obstetra uruguaya que se presenta como militante de las capacidades y derechos de las mujeres, hija, madre de un hijo/a no nacido, sanadora, partera. “Poner el cuerpo en tránsito, eso es el parto, nos conecta con la vida y la muerte y eso hay que poder trabajarlo. Cuando nuestros muertos nos acompañan la vida toma un sentido más poderoso.” Como partera, aclara, cuando te piden acompañar un parto es necesario hablar de la muerte, porque ante la menor complicación todos los miedos y fantasmas se te vienen encima de la peor manera.

“Nosotras como equipo sacamos ese tema porque la responsabilidad es compartida. Claro que la institución te ofrece hacerse cargo de eso, para bien o para mal te quita el problema: ahí la responsabilidad es exterior. Nuestro punto es otro y convocamos desde otro lugar.”

Rossina insiste en que el momento de pasaje del parto es ése en el cual los primeros movimientos del bebé son ambiguos, los gestos e incluso la respiración no es del todo clara: está al borde de la vida. En esos momentos la propia madre ha sido transformada. Nace una mujer y muere otra. Son ceremonias de transformación que tienen una sabiduría propia de cómo lidiar y poner en relación la vida y la muerte, “por eso los partos son tan intensos energéticamente”. Además, “hay que tener en cuenta que el momento del parto es de mucho poder: tenemos entonces la intuición de nuestros cuerpos como cuerpos perfectos en su fuerza”.

Además de partos, ellas acompañan abortos –tan antiguos como los nacimientos–, porque es un tema que, incluso cuando se milita fervientemente a su favor, no logra ser pensado como un proceso de duelo que merece ser sanado. Dice Rossina: “Un aborto, parto prematuro, muerte del feto dentro de útero, en todos los casos es una ‘pérdida’, un duelo. La mujer, su pareja y familia pierden un hijo, nieto, hermano... Por lo tanto es preciso acompañar desde el amor, el respeto y el cuidado como en todo proceso reproductivo. Esta es una entrega y búsqueda cotidiana, pudiendo ser responsables y cuidadosos con el cuerpo y las emociones de otros”.

Tomarlo como una decisión propia y soberana no puede eludir ese cuidado y, menos aún, la ráfaga de emociones: “Muchas veces suponemos que va a ser como un trámite y que apenas pueda vuelvo a mi vida normal. Pero no es así, necesitamos respetar y darle tiempo a ese proceso de pérdida”. También es importante, aclara, hacerle lugar a ese proceso en las familias, tanto por los hijos que vendrán como por los hijos que se tienen y que viven estos procesos y los de su propia madre. ¿Pero hay diferencia entre un aborto deseado y uno no deseado para pensar estas cuestiones? “En realidad, creo que podemos hablar de aborto voluntario o espontáneo. Desde mi lugar como mujer y como partera no le veo diferencia, en ambos casos se ponen el cuerpo, las emociones, las expectativas, el dolor de lo que no podrá ser... Lo que sí creo es lo que cambia la experiencia, y que en muchos casos la hace más difícil, es la ‘culpa’ cultural, en caso de los abortos voluntarios por haberlo decidido y en el espontáneo por no haber sido ‘perfecta’ para gestar. Y se ve la muerte como algo culposo, sufriente y digno de lástima o vergüenzas, según el caso, entorno, familia y/o creencias.” Algunas mujeres contaron experiencias a viva voz sobre sus abortos, otras se acercaban a Rossina en los pasillos. Querían saber más sobre aquello de cómo convivir con nuestros muertos.

MONTSERRAT

“El modo en que nacemos nos hace obedientes”, dice Montserrat Catalán, también médica especialista en obstetricia, directora y fundadora de la casa de nacimientos Migjborn, de Barcelona. Por eso a la frase del famoso obstetra Michel Odent “cambiar la vida requiere cambiar la forma de nacer”, ella le agrega un contundente “y, viceversa”.

“Autonomía en el parto, nacimiento sin violencia, sí. Parto consciente, sí. Dejar que el cordón lata, sí. Pero todo ello tiene sentido en el marco de una vida llena de respeto, de autonomía y libertad, consciente y coherente (el discurso y la actitud), donde el corazón lata y el sentimiento se expanda en un mundo sin violencia, es decir, sin injusticia”, señala esta mujer de pelo blanco y una simpatía inmensa. Catalán aprovechó cruzar el océano y se embarcó en varias actividades por el interior del país, en Chile y en Uruguay. Editorial Madreselva acaba de publicar el libro Parir, nacer, crecer, donde, entre otrxs autorxs, esta madre y abuela narra los diez años de experiencia de la casa de nacimientos catalana.

“Hay una cuestión clasista con los nacimientos que no podemos dejar de pensar: ¿por qué algunas vidas se cuidan con mucho esmero, se les destina una buena porción del llamado gasto social, y otras no son tan importantes? ¿Depende de a qué estadística corresponden? Y más aún: ¿qué muertes se aceptan como inevitables y cuáles no?”, dice.

Montserrat evocó el libro Si me permiten hablar de la boliviana Domitila Chungara para referir a las palabras que necesitamos encontrar porque están en los cuerpos como memoria histórica: los saberes de cómo parir, dijo, se alojan en los cuerpos de nuestras mujeres, abuelas, madres o mujeres aún más ancestrales.

Esa memoria, dice, es una memoria sensible y lo fundamental es no anestesiarla. La casa de nacimientos ha cumplido una década y se ha convertido en una referencia y en un lugar de aprendizaje para muchxs.

Para Montserrat, sin embargo, esta tarea no puede pensarse por fuera de una reforma social más amplia y radical: “Educar actualmente es sinónimo de enseñar a no sentir. Educar supone un entrenamiento para que acepte la impotencia de que no se puede cambiar nada, para que a la cobardía y a la resignación ante hechos y situaciones claramente inhumanas se le llame conducta civilizada, y a la rebeldía, terrorismo, como hace poco tiempo se le llamaba comunismo. El sistema necesita un ‘demonio’ al que adjudicarle todas las culpas para liberarse de todos los males”.

Las preguntas se suceden, los comentarios y cuchilleos crecen. Se hace la hora del almuerzo y el pasilleo se incrementa. El patio de la ceremonia se transforma en un tapiz de picnis improvisados. La parrilla humea choripán, hamburguesas y bondiolas, también hay sandwichs vegetarianos.

Verónica Diz, la organizadora y miembro de la editorial Madreselva, es una anfitriona que, a la vez que cuida cada detalle, llama a la autoorganización. No hay arancel ni entrada. Sólo colaboraciones voluntarias en una piñata de colores.

VIVIAN

No entendía qué hacía trasplantando hígados en Bélgica. Su especialización la había llevado hasta allí pero Vivian Camacho se preguntó “¿cuándo voy a hacer yo trasplantes de hígado en Bolivia?” Se conectó con las parteras de aquel país y vio que eran respetadas y reconocidas y volvió a preguntarse: ¿esto sí es importante para nuestras mujeres en Bolivia y en Latinoamérica? Así que Vivian se empeñó en estudiar y aprender experiencias del parto donde el saber femenino tiene el rol protagónico.

Ahora, como en otras partes del mundo, pronuncia su ponencia vestida con la ropa de sus abuelas cochalas (pollera a la rodilla, blusa bordada, sombrero y trenzas y una chuspita de colores que cuelga): dice que así sana sus heridas, las de aquellas ancianas que padecieron la discriminación y el racismo. Vivian tiene el don de la palabra ágil y conmovedora, pero se ayuda con imágenes que proyecta en un powerpoint. Usa a cada rato la palabra científica, un poco para poner en conexión el lenguaje de los saberes ancestrales con el de un paradigma alternativo de la medicina que ella llama cuanticoholográfico, otro poco para señalar que la sabiduría femenina, la que se teje en comunidades de mujeres cuidadoras, no tiene nada que envidiarle (y sí mucho que pelearle) al conocimiento académico.

Vivian plantea desde el vamos la interculturalidad contrahegemónica. “Cuidado porque interculturalidad es una palabrita que les gusta a muchos, el FMI y otros organismos internacionales ya la han adoptado”, advierte. “Yo hablo de parteras como las mujeres mayas, que son por su rol también líderes políticas y espirituales: son las que ayudan a nacer a su pueblo, con todo lo que eso significa. Ellas, por ejemplo, me contaron que cuando están tristes no atienden partos: esa inteligencia del cuerpo es lo primero. Y esa tristeza es la que el sistema capitalista necesita para desarmar nuestro deseo de una vida digna. Cuando nos bajoneamos demasiado es porque le estamos dando nuestra fuerza al sistema. Cuando nos podemos decir que así tal cual somos y de donde venimos, valemos la pena, pues entonces nuestra vida cobra sentido.” Y esos saberes se vuelven dignos y políticamente potentes.

Muchas veces estos discursos son tomados como esotéricos o supersticiosos, como un modo banal de minorizarlos. Vivian arremete: “Las astrólogas y las parteras tienen mucho que ver porque entienden la conexión profunda entre fuerzas distintas. Interpretar esas energías es algo que se realiza desde hace miles de años, con un saber riguroso y profundo porque somos parte de ese campo de energía más amplio”.

Así Vivian sigue conversando y da la sensación de que podría hablar por horas. Tiene mucho que contar. Por ejemplo, cómo ha ido armando, tomando de aquí y de allá como científica y como joven sabia, su teoría de “la fuerza sanadora de nuestros vientres”: “Los embarazos son procesos de sanación de nuestras heridas del corazón y de nuestro lado femenino. Recuperar el saber propio es sanar el abandono social que a muchas nos lastimó”. Esa autogestión de los cuidados no es poesía ni medicina para pobres, es poder social.


Fuente:
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-7507-2012-09-21.html

jueves, 18 de octubre de 2012

El borde de la vida

Guatemala es uno de los países del mundo donde las comadronas o parteras podrían ayudar a reducir la muerte de gestantes por causas evitables. Allí, parir en la propia casa no es una experiencia de mujeres acomodadas, como puede serlo en ciudades como Buenos Aires; es, sencillamente, la única opción: el idioma de sus comunidades no se entiende en los hospitales, sus tradiciones no son respetadas y las distancias las aíslan de las instituciones. Entonces, el apoyo de una partera que pueda combinar los saberes ancestrales con los beneficios de la medicina resulta fundamental. Esto que sucede en Guatemala, sin embargo, también puede registrarse en nuestro país, tanto en pueblos alejados de centros urbanos como en barrios periféricos de Buenos Aires, donde las mujeres migrantes son menospreciadas cada vez que quieren poner su sabiduría tradicional en juego a la hora de parir.


Por Florencia Goldsman

Más allá de Juanita Viale y de Carla Conte, dos exponentes argentinas de la tendencia cool del parto en casa, hay una realidad. Parir con la ayuda de una comadrona es la única opción para muchas mujeres en el mundo. Sin muchas aristas elitistas ni tampoco tras la huella una tendencia neo hippie. De acuerdo con cifras de las Naciones Unidas cada año mueren 358 mil mujeres durante el embarazo o al dar a luz, cerca de dos millones de neonatos fallecen en las primeras 24 horas de vida y 2,6 de fetos mueren a causa de cuidados médicos deficientes.

Se necesitan más de 350 mil comadronas en el mundo, señala el mismo estudio de Unfpa y da una solución: esta antigua profesión ayudaría a evitar un 90 por ciento de las muertes maternas. Entre los países con mayores necesidades en esta área se listan: Camerún, Haití, Nigeria, Somalia y Guatemala.

Daniela Abadi es una obstetra y comadrona argentina, integrante de Médicos sin Fronteras, quien junto a un grupo de mujeres tiene el proyecto de una escuela de Comadronas en el lago de Atitlán, en Sololá, un municipio de Guatemala. Abadi señala que su actual país de residencia tiene uno de los porcentajes más altos de muerte materna después de Haití. “Lo que se sabe es que en departamentos como en Sololá un 80 por ciento de las mujeres siguen pariendo en domicilios con comadronas tradicionales. Y agrega algunos datos para ilustrar: “La mortalidad materna en Guatemala es alrededor de 200 por 100 mil en número de muertes maternas por nacidos vivos. En países europeos es de 8 por 100 mil, al tiempo que en algunos países de Africa subshariana es de 400 por 100 mil o más”.

Mientras que en la capital guatemalteca y en algunos departamentos del país el acceso a la salud mejora de forma progresiva, en otras provincias las comunidades ven bloqueados derechos fundamentales como el acceso a la alimentación, educación, transporte y la salud. De la población total guatemalteca, el 38,4 por ciento son indígenas, según datos del Instituto Nacional de Estadística de Guatemala (INE), aunque según algunas organizaciones indígenas este porcentaje supera el 60 por ciento de la población del país. En este contexto, la situación de las mujeres indígenas a la hora de parir es particular a razón de sus escasos recursos económicos y la dificultad en el uso del español en detrimento de sus idiomas originarios como el kaqchikel, tz’utujil o quiché, entre otros. Si bien muchas mujeres ni se imaginan acudiendo al hospital, cuando los embarazos se complican el cuadro general eleva su complejidad. Señala Abadi: “Cuando las comadronas tradicionales que se dirigen al sistema de la salud, en general las retan, las critican, no les dejan asistir, las dejan afuera, las tratan como si fueran unas ignorantes”. Por estos meses en Guatemala, mientras más de 20 candidatos se disputaban la presidencia, el problema de la salud quedó desplazado por el discurso de la “mano dura” y la “seguridad” al tope de la agenda política.

Ester Pop (48) es comadrona desde hace más de 30 años en San Pedro la Laguna, un pueblo de 13 mil habitantes, cuyo idioma nativo es el tz’utujil y que tiene 28 comadronas activas. Ella cuenta que “sintió el llamado” de ser comadrona cuando todavía era adolescente y no podía explicar por qué la imagen de una mujer en la postura de parto la conmovía. Tal vez sus padres que iban de pueblo en pueblo ayudando a las mujeres a parir la inspiraron. En el presente, sendas carreras de enfermería profesional mediante, entrega su tarjeta que la identifica como “Educadora de Planificación Familiar” y realza cómo la tensión entre la sabiduría tradicional y el sistema hospitalario se extiende en el tiempo. “Siempre hay un roce. A muchas personas les digo que lo que nos hace la diferencia es ¡el pedazo de cartón! Por eso es que nos miran. Siempre me ubico como comadrona, no como profesional, y digo: lo que Dios me ha dado es lo que valoro. No estudié para ser comadrona, entonces inicié de la nada: es una sabiduría que proviene desde lo alto. Porque los médicos han estudiado sobre los partos, cómo debe pujar la señora, cuánto tiempo y qué debe hacer uno con el bebé. El ser de comadrona una lo obtuvo del cielo, nadie, nadie le instruyó a la comadrona en los tiempos ancestrales. Si nosotros como generación estamos vivos es ¡gracias a ellas! Pero llevamos a una paciente al hospital y ¿qué nos dicen? `Deje a su paciente y se va para afuera’. Pienso que es por un celo porque la mayoría de partos son atendidos por comadronas. Que le gritan a uno y la mayoría no sabe hablar español y todo el mundo habla el español y nadie lo atiende. A uno le gustaría expresar lo que siente, pero si nadie lo entiende mejor se queda callado. Y por otro lado, los médicos a veces tienen razón porque muchas mujeres llegan a última hora muy manipuladas o con otras complicaciones que se debieron evitar.”

PARIR EN CASA

Elena Chabajay tiene 31 años y es una mujer de origen maya, cuyo primer idioma es el tz’utujil. Las flores del comedor combinan con los motivos de su huipil (blusa tradicional) y su mirada cálida invita a pasar a su hogar. Revive con la periodista de Las 12 el nacimiento de su único hijo Lanchito (Lorenzo) que ese día cumple 10. Su comadrona fue Ester y de ella rescata lo simple: caminar. Ese fue uno, entre todos los consejos que recibió durante el embarazo, de los aprendizajes más fáciles y sabios. Hasta el día del parto, Elena bajó a pie la cuesta junto con su abuela “cuando decidimos volver a la casa yo les dije `vamos a pie’ ¡y fuimos a pie todavía! Pero venía caminando pero ya con los dolores y le dije ‘cuando lleguemos a la casa que venga el bebé’”. Y así fue: cuando llegaron las comadronas el trabajo de parto ya había comenzado, el tiempo voló y en sólo dos horas Lanchito ya había llegado al mundo.

La comadrona Ester señala que su trabajo comienza a las pocas semanas de embarazo: “Con 15 días de retraso menstrual la gente me busca. Los primeros meses ellas vienen al consultorio. Ya los últimos meses voy a sus casas”. El seguimiento lo realiza con consejos de alimentación, higiene, cuidado de la futura madre y, a posteriori, del niño o niña. Y a diferencia del vínculo entre las parteras que brindan el servicio en las grandes ciudades, las comadronas de los pueblos no les piden a las mujeres indígenas ningún pago a cambio. “Aquí cuando es gente indígena no cobro ni un solo centavo, es voluntad de las familias. Tanto como para los controles prenatales, el plan educacional, el parto, es voluntad de la familia. Ya cuando hablo con familias extranjeras es diferente porque ellas ya tienen una tarifa”, explica. En su oficina, los alaridos de los gallos se cuelan por las ventanas y las paredes muestran carteles con información médica. Un detalle: las mujeres visten los coloridos trajes tradicionales, el corte (falda larga hasta el tobillo) y huipil.

Elena, por su parte, sostiene que el parto en un hospital es una posibilidad cada vez más usual para algunas familias indígenas (en especial para aquellas que tienen medios económicos). Sin embargo, la gran diferencia reside aun en el vínculo entre médicos y pacientes. “Creo que la clínica atiende bien, pero un tiene un límite para pagar. En cambio, la comadrona no le pide a la familia ningún dinero. Pero tampoco es que uno no le da un quetzal sólo, sino lo que está en sus posibilidades. La comadrona ayuda a la persona. Y yo le tengo mucha confianza al igual que mucha otra gente que cree en ella. La forma en que la trata a una y después también te da tratamientos para reestablecerte, tomar vitaminas, qué hacer con el bebé, porque al principio una no sabe qué hacer. En cambio, si una va al hospital se regresa sin nada, sin ninguna sugerencia, sin ninguna recomendación. Pero la comadrona al siguiente día después del parto viene a verte, para ver cómo estás, cómo está su bebé. Ayuda bastante en una primera experiencia. Yo nunca he ido al hospital pero cuentan que cuando va una la dejan ahí tirada porque hay mucha gente que atender. En cambio, Ester no. Lo que he visto de ella es que está al tanto de todo lo que pasa, su trabajo no lo hace igual ahora de cómo lo hacía hace diez años. Está actualizada y te dice: mira esto ya no se hace así”.

Mariu Gobbato (23) es madre de dos niños, pero a diferencia de Ester proviene de otra esfera social guatemalteca. Esta sociedad aún parece dividirse con un abismo tajante entre clases populares, comunidades indígenas y un establishment muy poderoso dueño de los medios de producción. “También yo nací en mi casa, como mis tres hermanos. Mi mamá es una ladina de clase media alta, un ambiente alternativo, de la clase de Guate que decidió que no iba a ir al hospital a parir a sus hijos. En esa época parían con un médico acupunturista. Pero fue un poco atreverse y hacerlo.” La experiencia de Mariu con las comadronas se sitúa en España hace unos cuatro años. Cuando decidió dar a luz por fuera del sistema hospitalario se dio cuenta que iba a tener que pedir dinero prestado ya que, cuenta, el precio por un parto en casa oscilaba entre los mil y dos mil euros. Superado el obstáculo comenzó un proceso personal de preparar el momento único de convertirse en mamá. Narra Mariu que comenzó a leer y a “entrar en contacto con el bebé, conocer tu cuerpo, entender cosas interesantes acerca del proceso fisiológico del parto para no tener miedo de lo desconocido”. De su parto no recuerda haber sentido temor, pero sí la sensación del agua corriendo desde sus hombros en tobogán por la columna. “Cuando me acosté en la cama, rompí aguas y ocurrió que en el líquido vimos meconio. Ahí nos preocupamos un poco, pero estuvimos escuchando el corazón de mi hija y latía bien. Descartamos la posibilidad de ir al hospital. Entonces decidimos quedarnos en la casa y ahí quise meterme en la bañera. La partera me decía que no, que esperara porque quería ver cómo salían las aguas. Al fin, cuando me pude meter en el agua fue un alivio aaah ¡tan rico! Seguía el trabajo de parto, las contracciones, me servía mucho el agua, estirar los pies y quería sentir el agua corriendo en mi piel. Entonces tenía al papá de mi beba echándome agua todo el rato. En ese momento ya había llegado la otra comadrona, porque trabajan de a dos, y una hora después de que entré en el agua finalmente nació mi hija. Ahí en la bañera.”

RECIBITE DE COMADRONA EN MARZO

Daniela Abadi señala la complejidad de la profesión de comadronas en el país, si bien hay casos como el de Ester Pop, la gran mayoría de ellas no pueden capacitarse y actualizar sus conocimientos. “La autoridad indígena tampoco quiere que estas comadronas formen parte del sistema, quiere conservarlas a un nivel más tradicional. Nosotras pensamos que estas comadronas tienen muchísima experiencia. Muchas veces tienen un conocimiento de la cultura y de las tradiciones muy rescatable que se pierde cada vez más.”

La joven Mariu, junto a Abadi y otras mujeres de la región trabajan sobre una escuela de comadronas en el lago de Atitlán con el objetivo de compartir el conocimiento y mejorar de a poco los servicios que se prestan a las futuras madres. Así, grafica Abadi, la idea es crear una nueva generación de comadronas. “Rescatar todo lo bueno de la tradición y al mismo tiempo tener las competencias necesarias para poder hacer frente a una complicación, si la hay, y referir al sistema de salud.” El proyecto de la escuela lleva varios años en gestación pero no se concreta todavía por falta de fondos. La currícula está completa, convocará a mujeres indígenas pero también a extranjeras: “Pensamos que la formación tenga un precio simbólico para las mujeres de acá, que las comprometa un poquito, les dé más sentido de dignidad y de empoderamiento. La idea entonces es que sea intercultural y que la mitad de las alumnas sea extranjera. Son las que van a pagar y la otra mitad es de Guatemala”, destaca Gobbato. En el reclutamiento, resalta Ester Pop, la comadrona de San Pedro, intentarán identificar el antiguo llamado de la “vocación”. “Si yo he invertido tiempo en esto es para decir ‘he convertido mi sueño en realidad’, porque si puedo formar dos o tres alumnas ya me puedo morir tranquila”, detalla con una sonrisa. Y vaticina que la existencia de este reconocimiento conllevará cambios generales: “Pienso que la relación con los médicos a partir de la escuela sí va a cambiar. Posiblemente los que están ahorita se jubilen y también porque hay una nueva generación de médicos que está más abierta”, resume.

Dar vida o morir en el intento. Plantearse nuevas formas de concebir y priorizar la salud de las madres y en el medio un precipicio: el de las razones tan disímiles de las mujeres por parir o no con comadrona. Y la vida como hermoso paisaje. “Me niego a decirle a nadie que hay riesgo cero, eso no existe ni en la casa ni en el hospital. El riesgo cero tampoco existe en la vida, es un ideal totalmente falso. El parto es un momento más de la vida y quién dijo que la vida no tiene riesgos. El parto es un momento ínfimo en la vida de crear un ser humano. El día que nace el bebé... ahí empieza el baile”, puntea la comadrona Abadi.

La actriz y poeta de origen maya quiché Rosa Chávez describe su llegada al mundo de manos de una comadrona.

“Nací de comadrona, en la casa donde nació mi madre, en casa de mis abuel@s, yo, pequeña rata chillona, enferma y con ojos de quien casi se va de este mundo, dice mi madre que me soplaron guaro, me dieron a oler tabaco, me saturaron con ruda y resistí. Gracias sagrada vida y muerte por los ciclos, por mi lado luminoso y mi oscuridad turbulenta, por las letras zarandeadas, mi hijo, amig@s, el amor desbordado, por las pruebas superadas, gracias por mi paso ensoñado por Kayala.”


Fuente:
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-6764-2011-09-23.html