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jueves, 7 de febrero de 2013

Bueno bueno, no se preocupe ni un poquito, querida.


Hace diez años, cuando estaba dirigiendo un programa pedagógico en un gran hospital, una estudiante de Medicina se quejó porque no la estaba tratando con ecuanimidad uno de los profesores médicos. Dijo que la resentía por ser mujer y que hasta le había dicho que las mujeres no cabían en una escuela médica, sosteniendo que tarde o temprano todas irían a tener bebes, desperdiciando su educación.
Le pregunté qué pensaba que pudiera hacer acerca de esta actitud machista, suponiendo que sugeriría una disculpa y que modificara su actitud. En vez me sorprendió insistiendo, con inusitado fervor, que lo echara.
Al principio esto pareció un poco duro, pero luego de pensarlo un poco decidí que el pedido era razonable, o por lo menos no irrazonable. Le dije al médico en cuestión que lo relevaría de sus funciones. Bueno, él no pensó que eso fuera razonable. Y lo consideró tan fuera de lugar que se quejó al principal del departamento, quien tampoco pensó que fuera razonable.
¡A mí me echó!
Probablemente su reacción no debiera haberme sorprendido, porque la actitud de ambos hombres es típica de cada aspecto de la Medicina Moderna. ¿Y por qué no? ¿Por qué razón debieran los médicos ser menos chauvinistas que los demás? Y hay razones más poderosas para que lo sean aún más. A la mujer la discriminan tanto en la escuela médica como en el hospital y en todos los otros aspectos de la práctica médica. Y también la discriminan y maltratan cuando es paciente y asimismo en el comercio, la industria, gobierno y educación; aun en religión. Es una actitud universal, pero mucho más desmedida en la práctica médica. El fanatismo de un director de compañía puede costarle a una mujer el puesto, un aumento o una promoción, y probablemente alguna angustia mental  por la forma como la tratan en su trabajo. Pero el fanatismo de un cirujano o médico puede condenarla a una vida de dependencia de drogas, o costarle la vida o salud de su bebé, sin olvidar la pérdida de sus pechos, su útero, ovarios y de su vida.
Todavía recuerdo un tiempo cuando a las enfermeras les enseñaban a caminar a un paso atrás y otro paso a la izquierda del médico, y a seguirlo cuando recorría las salas. Hoy es más difícil encontrar enfermeras, de modo que gran parte de este sexismo degradante y patente desapareció. Pero aún subsiste la actitud, sólo que en forma subterránea. Aun hoy los médicos consideran a las enfermeras como sirvientas, buenas sólo para limpiar y poner orden tras ellos, y siguen resintiéndolas cuando se esfuerzan por lograr posiciones más elevadas en la profesión.
A la mujer la aceptan como técnica profesional, aunque no debemos tomarlo como evidencia de que los fanáticos médicos están empezando a aflojar. Por el contrario, las labores permitidas a mujeres son las peligrosas y que no quieren hacer los hombres o que evitan en lo posible, como ser la sala de rayos X. Casi siempre las que se arriesgan a la radiación que emana de esas máquinas infernales son las mujeres.
Otro punto peligroso en cualquier hospital es la sala de operaciones. Estudios han demostrado que las anestesistas que se exponen  repetidas veces a los gases presentes durante las operaciones tienen cincuenta veces más probabilidad de desarrollar cáncer de mamas. Y también más abortos involuntarios. Y sus hijos tienen 60 veces mayor probabilidad de tener cáncer y cuatro de sufrir defectos congénitos. También los gases imponen algún peligro. ¿Quiénes entonces pasan más tiempo inhalándolos? No el cirujano o el anestesiólogo, ya que llegan al último minuto y se alejan rápidamente cuando terminó la operación. Las enfermeras y anestesiólogas llegan primero, y deben permanecer para limpiar y ordenar las salas.
A la mujer le otorgan el mismo tipo de oportunidad dudosa en otra zona de alto riesgo: la operación de diálisis renal. La incidencia de hepatitis entre las técnicas que atienden estos aparatos es tan alta que algunos hospitales han removido las máquinas. Pero tome nota el lector: todavía las usan, y no es quien recetó los tratamientos el que corre el riesgo de hepatitis, sino la enfermera técnica que se ocupa de la sangre y opera las máquinas.
Poco nuevo puede decirse sobre la discriminación histórica contra mujeres que quieren estudiar Medicina. Hasta hace poco, no llegaba al 10% la cantidad de mujeres en E.U. entrando en estas facultades. En 1979-80 casi un 28% eran mujeres, pero no fue debido a una claudicación masculina, sino que de otro modo perderían estas escuelas millones de dólares en ayuda federal.
Aunque hoy en día crecen las administraciones femeninas en E.U, sólo hay un 10% de doctoras. Y menos de un 5% de éstas fueron admitidas como residentes quirúrgicas para permitirles especializarse en el área de la práctica médica que guarda el mayor prestigio y goza de los mayores premios. El promedio de salario anual para doctoras no llega a u$s 40.000.En comparación con u$s 67.000 para profesionales varones.
El punto que deseo recalcar a cerca de esta discriminación no es tanto que las tratan injustamente en ámbitos médicos, aunque sí ocurre. Sino que la discriminación sexual practicada por los médicos a las mujeres que practican Medicina se extiende a las que atienden profesionalmente.
Algunas razones históricas muy profundas han hecho que la discriminación sexual en Medicina sea más virulenta que en cualquier otro campo profesional. Remontándonos a la época de Hipócrates, durante los siglos quinto y cuarto antes de Cristo, los médicos creían que el sistema reproductor femenino era una fuente de histeria y hasta de insanía. Por más de dos mil años, si una mujer se apartaba de la pauta supuesta de sometimiento y humildad, se lo endilgaban a su útero y ovarios. El término histerectomía deriva de la denominación griega histeria (hysterikos) , significando “sufriendo en el útero”. En consecuencia, la remoción del útero era para aliviar la histeria femenina.
En 1809 se practicó la primera ovariectomía, y a través de todo el siglo diecinueve los ginecólogos desarrollaron formas aún más radicales de invasión quirúrgica en la anatomía femenina. Habiendo descubierto la ovariectomía, los cirujanos debían investigar nuevas razones para practicarla, de modo que se removieron habitualmente los ovarios como remedio altamente proclamado contra la histeria, desórdenes psicológicos, insanía, y aún para mantener a la mujer bajo el control social de los hombres. ¡Estas justificaciones para practicar ovariectomías se utilizaban tan recientemente como en 1946!
La literatura médica del siglo diecinueve está repleta de referencias a la flaqueza e histerismo femenino. Si una mujer se rebelaba contra la tiranía de su esposo o no mantenía un papel social familiar apropiadamente subordinado y retraído, se asumía que lo causaban sus órganos reproductores y que para controlarla debían castrarla. En 1896 el Dr. David Gilliam, uno de los numerosos escritores sobre el tema, loaba las virtudes de la castración femenina como forma de asegurarse la obediencia de la mujer. Escribió esto:
Roe, Morton, y otros abrieron la senda; ¿qué nos dicen? Nos dicen que la castración rinde; que la paciente mejora, alguna se cura; se vuelve tratable, dócil, ordenada, industriosa y aseada… Mi propia experiencia en esto ha sido muy feliz.
Ya no se practican ovariectomías para el propósito manifestado de hacer que las mujeres se vuelvan más tratables y obedientes, o por lo menos es poco probable que un ginecólogo admitiera que fuera la razón. Pero cuando observamos las cantidades de estas operaciones que aún se llevan a cabo sin evidencia alguna de necesidad médica, es para preguntarse si algunos cirujanos siguen practicándolas como demostración de autoridad masculina. Ciertamente aún la Medicina Moderna ve a las mujeres como siempre las vieron los médicos: como criaturas débiles, nerviosas e histéricas, sujetas a varios tipos de malestares psicológicos relacionados con su anatomía femenina.
Esta perspectiva domina el tratamiento –o maltrato médico- de la mujer. Asimismo produce una disparidad en el tratamiento de los sexos que podría haber sido modelada sobre la distinción consignada en las leyes de Platón entre la atención médica dispensada a los esclavos y la otorgada a los ciudadanos. Según Platón, el médico de esclavos prescribía “como si tuviera el conocimiento exacto” e imponía órdenes “como un tirano”. El médico  que atendía al ciudadano penetraba “en la naturaleza del desorden”, y “discutía con el paciente y sus amigos”, y no le “prescribía hasta haberlo convencido.”
Consideremos esta dicotomía a la luz de las actitudes  hacia la mujer reveladas por dos internos hospitalarios citados por Diane Scully, una obstétrica/ginecóloga residente:
Pienso que tenemos menos problemas porque nuestros pacientes son mujeres. Pienso que es más fácil tratar mujeres que hombres; en cierta forma es más fácil hablarles. Escuchan más y hasta llegan a creernos. Pienso que es más fácil tratarnos.
El otro residente reveló la insensibilidad que evidencian los médicos hacia los pacientes pobres, en especial si son mujeres. A menudo son consideradas con animosidad y sorna, tratadas como subhumanas, y sin sentido alguno de caridad o apoyo emocional. Este residente reconocía que él también se comportaba así, pero sabiendo que debería cambiar cuando actuara en la práctica privada y temía que fuera difícil. Durante mi profesorado he conocido a muchos internos y residentes que pensaban así:
En la práctica privada servimos un propósito distinto. El médico tiene una imagen paternal o la de un psiquiatra o de un amigo. Aquí no damos ese tipo de servicio a las pacientes y ellas no lo anticipan. Mucho de lo que hacemos en la práctica privada es, a más de qué haremos con el dinero, tratar de ganarlo. Estamos involucrados en metas distintas.
Bueno, algunos las cumplen de un día a otro. Es algo que algunos piensan que es lo que la gente espera de ellos, y puede sr algo muy poco sincero y falso. Uno sabe que es parte de la imagen que uno debiera proyectar. La mujer anticipa y espera. De modo que uno sonríe llamándola muñeca, querida, simpática, y uno le da una palmadita y le habla como a un bebé y, bueno, es algo muy superficial.
Una enfermera que leyó estas citas contestó con una carta a la revista Mother Jones, citando otras cosas escuchadas durante su larga experiencia en las secciones obstétrico-ginecológicas de un gran hospital universitario. Dijo que no todos los médicos hacían estos comentarios, aunque por lo general los consideraban divertidos cuando otros los formulaban. Sus ejemplos:
Un anestesiólogo residente: “Me molesta cuando estas parturientas naturales vienen a dar a luz. Si no desean anestesia cuando estoy por darla, me desorientan. Pero más tarde la quieren, pero entonces me aseguro de que se la doy bien lenta, a mi ritmo.”
Dijo un residente en obstétrica y ginecología: “Cuando llegue Halloween[1] me cubriré de fango vestido de mujer.”
Un medico luego de examinar a una paciente adolescente: “Bueno, esto confirma mi teoría sobre embarazos de niñas adolescentes. Todas tienen grandes tetas.”
Algunos estudiantes de historia médica, entre ellos G. J. Barker quien escribió The Horrors of the Hakf-Known Life, argumentan que la ginecología, como especialidad, se desarrolló como forma de represalia contra las mujeres y para controlarlas. Afirma que los médicos resentían la introducción de mujeres en la actividad laboral durante la Revolución Industrial, y el movimiento de liberación femenina asociado con esta nueva libertad. Los médicos explotaban su poder para desquitarse y controlar a las que desafiaban la dominación masculina. Los hicieron practicando operaciones quirúrgicas agresivas, tales como las clitoridectomías y ovariectomías para enseñarles a bajar el copete.
Las agresivas intervenciones quirúrgicas que se desarrollaron en la ginecología temprana precedieron a las difundidas y a menudo innecesarias operaciones que hoy proliferan en todos los campos de la cirugía. Aunque en este aspecto –quizá porque lo practicaron por más tiempo- los peores son los ginecólogos y obstetras.
Siempre consideré fascinante y apropiado que uno de estos ginecólogos tempranos, el Dr. J. Marion Sims, sea reverenciado por los practicantes contemporáneos como “el padre de la ginecología”. La base para tal reconocimiento fue el papel de Sims como fundador del New York Women’s Hospital, por inventar varios instrumentos quirúrgicos, y más significativo, por haber desarrollado una técnica quirúrgica para cerrar fístulas vesículovaginales, una condición en la que ocurre una brecha entre la vesícula y la vagina, logro que también le valió el título de “Arquitecto de la Vagina.”
Cuando murió Sims, el Journal of the American Medical Association lo ponderó de forma extravagante: “Toda la profesión médica le honró, porque gracias a su genio y devoción por la ciencia médica ayudó a mejorar sus recursos para aliviar el sufrimiento humano tanto, sino más, que cualquier hombre de este siglo.”
¿Quién era este genio compasivo? En 1835, Sims se convirtió en practicante general en el Sur de E.U. Inicialmente, compartió con otros médicos de su tiempo un disgusto por los problemas ginecológicos y evitó tratarlos. El azar lo condujo a ese campo cuando le intrigó el caso de una esclava llamada Anarcha, quien tenía una fístula vesículovaginal debido a un daño instrumental infligido por Sims durante un parto.
Recuerde el lector que en ésa época las esclavas eran valoradas mayormente por los bebés que producían, cuando algunas plantaciones eran enormes criaderos de esclavos. Sims sabía que debido a que Anarcha no podía tener más niños, su valor había sido destruido por el perjuicio que él le había producido. También sabía Sims que muchas otras esclavas eran consideradas “inútiles” debido a la misma condición.
Sims decidió iniciar un programa de investigación que descubriera un remedio quirúrgico para la fístula vesículovaginal, utilizando esclavas como materia de investigación. Construyó un pequeño hospital/laboratorio y sin dificultad pudo conseguir que Anarcha y seis otras esclavas similarmente afligidas le fueran entregadas por sus amos como cooperación. Entre 1845 y 1849, experimentó con estas infortunadas negras, usando varios procedimientos para cerrar fístulas.
Sims operó repetidas veces a estas esclavas, sin usar anestesia, pero manteniéndolas fuertemente sedadas con opio, lo que posiblemente explica por qué no salieron corriendo. Finalmente perfeccionó su técnica utilizando a Anarcha, quien había inspirado su labor en primer lugar. Este fue el gran logro humanitario por el cual hoy honran a Sims. Olvidada queda Anarcha, la pobre mujer que Sims operó sin anestesia, ¡treinta veces!
Cualquiera que observe de cerca la temeraria intervención que prevalece en la práctica obstetro/ginecológica, constatará que el de Sims es un título apropiado  como “Padre de la Ginecología”. Su obsesión por la cirugía y su falta de compasión hacia las mujeres que soportaron las increíbles torturas que les infligió se reflejan aún en la conducta de muchos que siguen practicando esa especialidad.
La utilización de mujeres como cobayos humanos que practicó Sims no fue privativa de esa época. La Medicina Moderna y sus aliados farmacéuticos continúan experimentando sobre millones de víctimas inocentes, muchas perjudicadas por los fármacos que les dan, y algunas mueren.
Un crítico de esta experimentación masiva, el Dr. Herbert Ratner, ex director de salud pública en Oak Park, estado de Illinois, comentó cierta vez con delicioso sarcasmo que la mujer es el mejor cobayo que pueda hallar la Medicina Moderna. Dice que toma la píldora sin cuestionar, pagando por el privilegio de tomarla, y es el único animal experimental conocido que se auto-alimenta y mantiene limpia su jaula.
Por supuesto las mujeres son tan cooperativas porque asumen que los médicos son profesionales cuidadosos, conscientes y atentos, por eso dignos de confianza. ¿Es que merecen esa confianza? Veamos:
Entre enero de 1971, cuando salió a la venta y junio de 1974 cuando se lo removió del mercado por pedido de la FDA, un dispositivo uterino llamado DIU fue instalado por médico a unos 4 millones de mujeres (2 millones en U.S.A.). Esto sucedió a pesar de que el DIU fue mal testeado, y casi inmediatamente comenzó a producir peligrosos efectos secundarios en las usuarias.
En la actualidad (1980) se estima que un millón cien mil mujeres en E.U. han sufrido una infección pélvica aguda debida al DIU desde 1971. Como resultado, una de cada cinco quedó estéril, y por lo menos diecisiete murieron como consecuencia de usar el DIU. Recién en septiembre de 1980, luego de que las compañías de seguros de su fabricante, A.H. Robbins, pagaran 55 millones de dólares a las víctimas del DIU –quedan aún 600 juicios y 300 demandas pendientes- la compañía Robbins solicitó urgentemente a la profesión médica que se removieran esos dispositivos a las pacientes que aún los usaban. Luego de toda la publicidad advirtiendo sobre el peligro de usar este aparato, queda como lección que no fue necesaria aquella comunicación demorada a los médicos para que éstos no la recomendaran.
Entre 1940 y principios de 1970, recetaron difundidamente la hormona sintética femenina Dietilbestrol para prevenir abortos. Nadie sabía realmente si lo hiciera, o cuáles pudieran ser sus efectos colaterales a largo término, porque la droga no fue testeada por suficiente tiempo. Pero eso no disuadió a los fabricantes para que comercializaran esta droga mal probada o para impedir que la recetaran los médicos.
Para 1972 comenzaron a aparecer los efectos a largo término del DES. Produjo cáncer de mamas en algunas de las mujeres que lo tomaron, cáncer vaginal en algunas de sus hijas y anormalidades genitales en algunos de sus hijos varones.
Debo admitir que los que condujeron el experimento rastrearon a tantas mujeres como pudieron encontrar que sin saberlo lo habían tomado, para advertirles. Mientras tanto, los niños cuyas madres habían recibidos DES por parte de sus obstetras también corrían riesgos. Sin embargo la Medicina Moderna no ha tratado de descubrir un sistema para rastrear esas personas y advertirles de los peligros que enfrentan.
Cada mujer joven cuya madre tomó DES debe ser advertida de que aumentará su riesgo de cáncer vaginal si toma hormonas femeninas como Premarin o píldoras anticonceptivas. Todo médico que recetó DES tiene la obligación moral de recorrer sus ficheros para identificar a las pacientes que lo tomaron, y alertarlas tanto a ella como a sus hijos de los riesgos que corren. Pero dado el costo de implementarlo, y la posibilidad de que estas advertencias sean una fuente de juicios por malapraxis, es poco probable que muchos médicos asuman el gasto para salvar las vidas de sus víctimas.
No es coincidencia que algunos de los peores ejemplos de estos insensibles experimentos en mujeres confiadas entrañen nuevas formas de control natal. Hace unos pocos años, un subcomité del Senado de E.U. investigó informes de efectos dañinos y hasta mortales por la Píldora. El Dr. Philip Ball, internista, atestiguó que la Medicina Moderna al recetar la píldora  anticonceptiva  por más de una década, había llevado a cabo “un experimento masivo a doble ciego y descontrolado” con cincuenta millones de mujeres como cobayos humanos.
El Dr. Hugh J. Davids, profesor asistente de obstétrica y ginecología  en la Escuela de Medicina de la Universidad de John Hopkins, deploraba el hecho de que a las mujeres que tomaban la Píldora no les advertían los riesgos que corrían. “En muchas clínicas” decía, “han distribuido estas píldoras como si fueran gomas de mascar.”
Podríamos preguntar por qué someterían los médicos a sus pacientes a estos riesgos. No parecía lógico, ya que la prevención de partos les corta una buena fuente de ingresos. El Dr. Ball contestó esa pregunta cuando dijo a los senadores: “La sagrada Píldora lleva la aureola de ser la droga que controlaría los masivos problemas sociales de una explosión demográfica. Y podría utilizarse en mujeres pobres, ignorantes y analfabetas que ni siquiera conocen el control de natalidad.”
El Dr. Ratner expresó lo mismo acerca de la Píldora cuando atestiguó que la habían impuesto los estadounidenses “porque fomentaban como la solución al problema de la superpoblación en los países subdesarrollados y al creciente problema de seguridad social E.U.”
Esto encaja con mi propio convencimiento sobre la Medicina Moderna para poder armar una ingeniería social a expensas de la ética médica tradicional, “antes de todo no dañes.”  Para mí es claro que los médicos de hoy en día harán cualquier cosa para evitar que tengan bebés las mujeres, en particular si son negras, pardas, analfabetas o pobres. Los fanáticos del control de población les dieron tal lavado de cabeza que ningún precio –hasta experimentos con millones de mujeres- es demasiado alto para reducir la tasa de natalidad de las madres indigentes o de lo países subdesarrollados del mundo. De esta forma echan a un lado su juramento hipocrático y racionalizan esterilizaciones involuntarias en centros de caridad, histerectomías innecesarias, hormonas cancerígenas, DIU inseguros y no probados y cualquier otro medio de control natal que tanto ellos como los laboratorios pueden inventar.
Cualquier mujer un poquito atraída por este concepto de control indiscriminado de población debiera preguntarse si desea que su médico emule a Dios ¿es posible que la Medicina Moderna apoye un ataque a dos puntas contra la explosión demográfica matando algunas mujeres para prevenir que nazcan otras? Antes de contestar esto, cada mujer debiera preguntarse si aceptaría dicha proposición tratándose de su propia vida. Y si es así, porque la Medicina Moderna ha demostrado una y otra vez que los experimentos que inicia con los pobres, al final son infligidos a todos, incluso a los ricos.
De hecho, algunas de las más exóticas abominaciones quirúrgicas parecen haberse inventado sólo para los ricos, o suficientemente afluentes para no necesitar ayuda social. Una de éstas es un procedimiento favorito de un ginecológico en Dayton, estado de Ohio, que por fortuna no ha sido compartido ampliamente.
En apariencia este buen doctor considera que cuando Dios concibió los genitales femeninos cometió un terrible error. Puso el clítoris donde no correspondía. Pero no afanarse: por unos 1500 dólares el cirujano y su fiel bisturí le prestarán a Dios una mano demorada. Embellecerá su vida sexual permitiéndole alcanzar la máxima potencia orgásmica, creando lo que algunos críticos han llamado la vagina Mark II. Ud. señora podrá alcanzar una sexualidad máxima porque su clítoris se encontrará donde supone el doctor que pertenece. Según este doctor más de 4000 mujeres han recibido esta operación, incluyendo algunas a las cuales ni siquiera se molestó en preguntar si la querían o no.
Otra especialidad que se concentra primordialmente en mujeres, y sumamente abusiva, es la cirugía plástica. En el curso de mi práctica médica veo a mujeres perturbadas por sus relaciones maritales y que con angustia ignoran la razón. Algunas atribuyen sus problemas al hecho de que sus atributos físicos ya no las califican como modelos en la tapa de una revista de modas.
De vez en cuando alguna de estas mujeres perturbadas me consulta sobre si una visita a lo de un cirujano plástico revitalizaría un matrimonio moribundo, dándoles la lozanía perdida y devolviéndoles la atracción del esposo. Le aseguro al lector que no las aliento. Aparte de una operación para corregir una deformidad real y traumatizante, considero que la cirugía plástica es la mayor estafa en la escena médica.
No soy el único en pensarlo. Mi punto de vista es compartido entre otros, por la doctora Elisabeth Morgan, especialista en cirugía plástica. En su libro The Making of Woman Surgeon, deplora el hecho de que algunos miembros de su especialidad se comportan como peluqueros y le dan “mala fama”.
La Dra. Morgan cita el caso de un cirujano plástico que distribuye su tarjeta profesional en los supermercados y otro que durante una fiesta le dijo a una señora que podía embellecer sus ojos.
“Otro”, escribe, “le dijo a una mujer que sólo quería eliminar un par de lunares que tenía en el rostro, que podía ofrecerle un paquete de medidas por sólo 3500 dólares, arreglando su nariz y los ojos. La mujer me consultó y nada vi de malo en su nariz y ojos.”
Una tragedia inexcusable afecta a una gran proporción de costosas operaciones plásticas practicadas en mujeres que tienen la esperanza de que no sólo cambiarán sus rasgos, sino que también podrán salvar sus vidas conflictuadas. El impacto psicológico de la desilusión subsiguiente -algo que el cirujano podría haber anticipado si hubiese explorado las motivaciones de la paciente para hacerse operar, en vez de aprovechar un buen emolumento- es casi seguro de producir un estado depresivo más profundo aún que el que sufría con anterioridad.
En una discusión sobre sexología en Medicina, una de mis amigas expresó el convencimiento –basado en su propia experiencia- de que, concediendo que los médicos son instintivamente chauvinistas, reflejan las actitudes de la paciente y responden a su percepción de la conducta y las expectativas de la misma. Por lo tanto es imperativo que, desde el principio, mantener la salud sea un acuerdo con el doctor en el cual la mujer guarda el voto mayoritario.
La paciente no debe reforzar los sentimientos de omnipotencia  del médico permitiendo que la patronice e intimide. No debe bajar la guardia, debe hacerle explicar y defender todo diagnóstico efectuado, toda droga que receta y/o preparación que recomiende. No se debe dejar dominar, y debe obligarlo a que le acepte como una igual, porque merece su respeto, tanto por lo menos, como él merece el suyo.




[1] Nota del Traductor: Víspera de Todos los Santos.



Dr. Robert S. Mendelsohn. Práctica Médica Machista. Publicaciones GEA.

lunes, 7 de enero de 2013

"Tenme confianza, querida."


El fanatismo machista satura a la Medicina estadounidense desde las puertas de la Facultad de Medicina hasta las losas de la morgue hospitalaria. Sin duda el comportamiento sexista yace en el corazón del abuso médico que afecta a la mujer, aunque incrementado por el hecho de que la mujer visita a médicos siete veces más que el hombre, con el correspondiente riesgo.
Esto puede parecer contradictorio si a Ud. le han convencido de que es vital para su salud visitar regularmente al médico. Pero créame, no es así. Sobre la puerta del consultorio médico debiera colgar una advertencia del Ministerio de Salud Pública señalando que los exámenes físicos de rutina son perjudiciales para la salud. ¿Por qué? Porque los médicos no se consideran como guardianes de nuestra salud y han aprendido ben poco para asegurarla. En vez, como quijotes actualizados luchan contra enfermedades a veces reales pero a menudo imaginarias. La desastrosa diferencia es que los médicos no luchan contra los molinos de viento, sino que la gente es dañada por aquella búsqueda insistente de enfermedades dudosas que conquistar.
Es ilimitada la ingenuidad con que la Medicina Moderna diagnostica enfermedades –reales o no- para tratar. Al médico le enseñaron a buscar, encontrar y tratar enfermedades, no a conservar nuestra salud. En consecuencia, cuando visitamos al médico para nuestra revisación física de rutina, poco importa nuestro grado de salud o cómo nos sentimos. Nuestra presencia desnuda e indefensa en el consultorio es una invitación total para que el médico nos declare enfermos. Para cuando hemos sido psicológicamente traumatizados por sus preguntas, aguijoneos, estímulos y testeos, y hemos tomado algunas de las píldoras que recetó contra ciertas aberraciones inocuas que creyó descubrir, llegaremos a experimentar tantos efectos secundarios como para sentirnos realmente enfermos.
Veamos como hipótesis la historia de un caso para constatar lo que puede pasar:
María es una recién casada gozando de perfecta salud. Queda embarazada y, como la mayoría de las mujeres, le han hecho creer que tanto ella como el bebé estarán más sanos si visitan al obstetra una vez por mes para un examen pre-natal. Prestamente éste empieza a tratar su embarazo como si fuera una enfermedad precisando una intervención médica radical, en vez de ser un evento fisiológico gozoso y perfectamente normal. Al final, luego de mucha hechicería obstétrica, convirtiendo en lo posible la experiencia en algo difícil, peligroso y agobiador para la madre, el médico –y no la madre- tiene el bebé. Por cesárea, por supuesto, porque si no el partero llegaría tarde a la cancha de golf.
Si el bebé de María sobrevive a los peligros proporcionados por drogas y dietas pre-natales, amniocentesis, anestesia, parto inducido y las difundidas inyecciones pescadas en la guardería hospitalaria, la feliz madre puede llevárselo a casa. Con suerte es posible que se vaya a casa con su bebé aunque es difícil que lo sepa, porque durante su estadía hospitalaria se lo retaceaban constantemente. Pero sea el bebé suyo o no, de hecho la Medicina Moderna ya tienen nuevo cliente para servir y explotar.
A continuación, María y su bebé inician una dilatada serie de visitas rituales al pediatra, quien aconsejará varias prácticas dietéticas malsanas en vez de amamantamiento, administrando peligrosas inoculaciones, e implementando solemnes estadísticas sobre el largo y el peso del bebé, cuándo se da vuelta, se sienta, se para, habla y deja de mojarse los pañales.  Todos estos datos son consignados en un librito que se guarda como recuerdo. Y que también se comparan con un montón de datos sobre su progreso pediátrico registrado en los insignificativos gráficos, lo que siempre supone problemas. Si el bebé de María no se conforma al promedio general de altura y peso, o a realizar los movimientos según el manual, el pediatra aprovechará la oportunidad para lanzar al pobre niño a una vida de intervenciones médicas. Con mucha probabilidad no le dirá a María que los gráficos estándar de peso usados por la mayoría de los médicos fueron redactados hace añares de una muestra de 200 chicos irlandeses en un barrio de Boston, con poca relevancia o ninguna para el bebé de María.
Mientras tanto, a María la engañaron con la bondad del Papanicolao anual, un rito innecesario y desacreditado que enriquece a los ginecólogos. Si uno de los resultados de estos testeos notoriamente inexactos parece un poco sospechoso, el ginecólogo la convencerá de someterse a una histerectomía, “por las dudas”. No sea que en su útero se escondan algunas células cancerosas. Y mientras tanto decide –sin permiso- sacar también las trompas y los ovarios. Esto produce una probable perturbación en las funciones sexuales, creando un gran negocio para el psiquiatra, sin contar la incomodidad de una menopausia prematura. Pero esto no causa problemas, sólo para María y quizá su esposo. El ginecólogo le impone una porción diaria de estrógenos para aliviar los síntomas menopáusicos, y esto la hace retornar para nuevos exámenes y más recetas que continúan, aunque no debieran, por años y años.
Eventualmente, si María es realmente desafortunada, se encuentra en manos de un cirujano, enfrentando el prospecto de una mastectomía radical por un cáncer de mamas. No le indican los procedimientos menos radicales y menos desfigurantes que pueden usarse y que producen resultados iguales o mejores. Y puede Ud. apostar que a ella no le dirán que su cáncer de mamas fue producido por los estrógenos que le dieron.
La experiencia de María, aunque hipotética, suministra un pastiche poco apetitoso de las insensibles, indiferentes y peligrosas intervenciones que la Medicina Moderna impone a la mujer. La mayor tragedia es que se infligen en pacientes que no saben, ni sospechan, que su propio médico causa muchas de las aflicciones que trata. La Medicina Moderna se ha rodeado de una mística tan intimidatoria que la mayor parte de los pacientes acepta las órdenes de su médico, sus pociones y operaciones, sin dudar o cuestionar. No tienen por qué preguntar, sólo tomar las píldoras y morir.
En la introducción de “Confesiones de un Médico Herético”, expuse las razones por mi falta de confianza en la institución de la Medicina Moderna. Para que sepa Ud. de entrada de dónde vengo cuando discuto los abusos médicos a la mujer, permítame que vuelva a exponer esas creencias:
Considero que el mayor peligro para nuestra salud es el doctor que practica la Medicina Moderna.
Considero que los tratamientos de la Medicina Moderna para las enfermedades son pocas veces efectivos y a menudo más peligrosos que las aflicciones que pretenden tratar.
Considero que el peligro aumenta por el uso difundido de procedimientos peligrosos para tratar enfermedades inexistentes y que producen enfermedades reales, que en tal caso el doctor tratará con procedimientos aun más peligrosos para recuperar el daño que cometió.
Considero que la Medicina Moderna vulnera a sus víctimas al atacar molestias menores con tratamientos riesgosos que sólo debieran usarse cuando peligra la vida del paciente.
Considero que en su mayoría los médicos son herramientas dispuestas, aunque inconscientes, de los laboratorios. Sus pacientes se vuelven cobayos humanos para el testeo masivo de fármacos, con beneficios dudosos y desconocidos efectos secundarios potencialmente letales.
Considero que más de un 90% de la Medicina Moderna podría desaparecer de la faz de la Tierra –médicos, drogas y equipos- permitiendo una mejoría substancial de la salud a nivel nacional.
Como es dado suponer, mi crítica hereje de la institución de la Medicina Moderna –o de la religión de la Medicina Moderna, como prefiero definirla- a menudo produce ciertas críticas por parte de profesionales médicos que leen lo que escribo o que me escucharon. Un comentario típico es así:
“Concuerdo con Ud. doctor, pero no debiera generalizar tanto, o hablar en término tan absolutos porque destruyen su credibilidad.”
Me parece increíble que tantos médicos que se oponen tan violentamente a mis puntos de vista estén tan ansiosos por aumentar mi credibilidad. Pero sé lo que están tratando de hacer. Están tratando de ganar una dispensa que los distinga del resto de la profesión. Pero no me engañan. Si permitiera la posibilidad de que un solo médico escapara incólume de las destructivas influencias de las destructivas influencias de la Medicina Moderna, mi lucha sería en vano. Cada uno de los médicos del país se apuraría por concordar conmigo, pero alegando excepción por ser un buen tipo, atribuyendo las jugarretas a los demás.
Ni por un momento creo que todos los médicos, ni siquiera su mayoría, traten conscientemente de maltratar, engañar, confundir o trampear a sus pacientes. Algunos lo hacen, porque en mi profesión, como en todas las demás, hay idiotas, tramposos, incompetentes, y bribones. Apunto mi crítica hacia la institución de la Medicina Moderna: la religión de la Medicina. Cada paciente vive bajo las sutiles amenazas que ejercen las tradiciones y enseñanzas de la Medicina Moderna sobre los médicos por el lavado de cabeza que sufrieron en la facultad, para más tarde ser sobrepasados por la presión del ambiente médico en el cual se mueven.
En “Confesiones de un Médico Herético” me ocupé exhaustivamente de este concepto, por eso no lo repetiré aquí. El lector lo encontrará en aquel libro. El punto es, y por eso lo generalizo, que todos los médicos viven más o menos influidos por los dogmas impuestos en la facultad. Esto me preocupa porque sé que las escuelas de Medicina enseñan mucha inmoralidad profesional, envuelta en una piadosa retórica, que altera el carácter y la conducta de los estudiantes. Ud. –el o la paciente- paga el siempre costoso y a veces mortal precio. Es por esa razón que me niego a perdonar a cualquier miembro de la profesión médica, incluyéndome a mí.
A los médicos les gusta ufanarse por los avances técnicos realizados en la medicina: las drogas milagrosas, operaciones exóticas, los sofisticados equipos escáner, tomografías computadas, electrocardiogramas (EKG), electroenfacelogramas (EEG), rayos X y ecógrafos[1]. Pero ¿cuál es el resultado logrado para E.U. luego de un gasto de 212.000 millones de dólares al año?
Las tasas de mortalidad son casi la única medida que podemos usar para cotejar los resultados actuales con los de hace un siglo. Si comparamos, excluyendo las vidas salvadas por mejoras sanitarias y dietéticas, y las mejores condiciones de vida que acompañan a una sociedad afluente, más algunos logros de la epidemiología, como  la conquista de la malaria y el tifus – se disipa el tan mentado proceso médico. Los estadounidenses no están con mejor salud que antes de aparecer en escena todas estas nuevas tecnologías, farmacologías y cirugías. Además, a pesar de aumentar los gastos médicos, más médicos y más camas en hospitales –o quizá debido a éstos- la gente en E.U. no es más saludable que los residentes de muchos otros países en el mundo desarrollado.
Las tasas de mortalidad infantil y materna ofrecen una sorprendente evidencia de lo dicho. El American College of Obstetrics and Ginecology (ACOG) gusta declarar que sus miembros merecen el crédito por la declinación en las tasas de mortalidad de niños y madres durante el siglo XX. No les dicen qué parte de esta declinación ocurría cuando la mayor cantidad de partos eran hogareños, con una mínima intervención obstétrica, y que hubo poco cambio en las tasas de mortalidad desde 1951, año en el cual se formó ACOG. Tampoco les dicen que las tasas de mortalidad infantil en E.U. casi duplican a las de los países escandinavos y es más alta que las de catorce otras naciones. Con toda seguridad nunca le dirá su obstetra que si desea tener su bebé en el lugar más seguro, debería irse a Suecia, Holanda o Noruega, ¡o que estaría aún mejor en Islandia o Taiwan!
Lo que hemos visto en Medicina no es progreso sino la ilusión de progreso. Muy a menudo, el “progreso” de un año causa las molestias del año siguiente, para las cuales se desarrollarán nuevas formas de “curas” intervencionistas. De modo que gran parte del denominado progreso no es sino una serie de intervenciones dañinas en una rueda sin fin.
Lo que me preocupa, y debiera preocuparle al lector, no podrá responderse hasta descubrir todos los efectos a largo plazo de todas las intervenciones farmacológicas y quirúrgicas radicales de las décadas recientes. En gran parte infligidas a mujeres. Ya tenemos evidencias significativas de que las altamente tóxicas drogas que los médicos han recetado, las operaciones radicales que han practicado, y las innecesarias radiografías que solicitaron, han matado más pacientes que los que curaron. Pero estoy convencido de que esto es sólo el principio. Pasarán años antes de que mucho de los perjuicios latentes ya causadas comiencen a aparecer.
Durante los dos años pasados de publicarse “Confesiones de un Médico Herético” varios cambios potencialmente significativos en prácticas médicas recomendadas han sido anunciados por algunas de las organizaciones médicas principales, y aparecen otros signos esperanzadores. Los siguientes son ejemplos:
La American Medical Association (AMA) revertió su posición respecto al uso rutinario del examen mamográfico para detectar cáncer de mamas. Esto provino de un reconocimiento tardío de que a menudo estas radiografías llevan a operaciones innecesarias y pueden causar más cáncer de lo que detectan. También la ACS revirtió su recomendación de efectuar pruebas anuales de Papanicolao, excepto cuando se justifiquen por necesidades específicas.
La National Institutes of Health (NIH) destruyeron el prolongado concepto obstétrico de que una vez que se ha tenido una cesárea, irremediablemente cada parto posterior deberá producirse de esta forma peligrosa.
La U.S. Food and Drug Administration (FDA), luego de casi 20 años de demora, anunció que ordenaría la remoción de 3000 fármacos del mercado. ¿Por qué? Porque aunque la gente ha gastado millones de dólares en drogas, aún los laboratorios no han probado su efectividad.
A los entrevistadores de radio y televisión les gusta insistir en que yo tome el crédito por estos cambios, debido a los cargos que formulé en “Confesiones…”. Es tentador, porque sería lindo que me ufanara por algo que no merezco como oposición a toda la crítica inmerecida que recibo. Pero antes de hacerlo, quiero ver si las políticas anunciadas por sus líderes se reflejan en el comportamiento de los médicos. Lo dudo, porque nunca he visto que la Medicina Moderna descarte voluntariamente cualquier tipo de intervención peligrosa o innecesaria a menos que tenga a mano un procedimiento más peligroso e innecesario listo para ocupar su lugar.
Mis expectativas aumentaron en el otoño de 1980 cuando participé en un debate con el presidente entrante de ACOG. Si hubiese sido un poco más ingenuo, este hombre podría haberme ablandado, porque me trataba muy bien. Declaró a la audiencia cuán útil era tener un miembro de la profesión médica usando un espejo para que los médicos pudieran mirarse y mejorar su forma de ser. Ahora los maridos, dijo, eran bienvenidos a las salas de partos de los hospitales y hasta a la sala de operaciones cuando se practicaban cesáreas. En los hospitales surgían como narcisos las salas de hospitales hogareñas. Los obstetras alentaban al amamantamiento.
La implicancias de todo esto era que mis críticas previas, que él no disputaba, habían despertado conciencias. La Medicina Moderna se había reformado, y ya todas mis viejas acusaciones eran obsoletas. Tanto los obstetras como los ginecólogos habían aceptado mis quejas y ya no precisaban mi espejo, así que podía guardarlo.
Para cuando terminó la reunión, cualquier deseo que hubiese tenido de solicitar crédito para inducir cambios en las prácticas médicas se había esfumado. Era obvio que las reformas anunciadas eran mucho jarabe de pico. La usarían como cortina de humo para convencer a los clientes de la Medicina Moderna de que los abusos y la malapraxis ya eran cosas del pasado, y que estábamos viendo el amanecer de un brillante nuevo día.
No negaré que estoy un tanto alentado por los cambios por la AMA, la ACS, la NIH, el ACOG y la FDA. Si esos segmentos del alfabeto médico son suficientemente serios con sus nuevas reglamentaciones, disminuirán las oportunidades de que muchos muramos prematuramente. Pero retórica no es realidad. Hasta constatar evidencias palpables, convincentes y sostenidas de que los médicos están practicando lo que sus líderes predican, no descartaré mi espejo.


Dr. Robert S. Mendelsohn, Práctica Médica Machista. Publicaciones GEA.


[1] Nota del Dr. Díaz Walker: la inocuidad de las ecografías ha resultado falsa al provocar su uso desde abortos hasta dificultades de aprendizaje, y los errores producidos por las mismas llevan a intervenciones médicas obstétricas innecesarias.